Privilegios políticos, gasto público y descontento social alimentan, según el autor, una ruptura de confianza que abre espacio a los outsiders en Uruguay.
EL BANQUETE DE LOS NÁUFRAGOS
Cuando el tablero tradicional empieza a tambalear
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
«¡Qué dulce es el martirio de pagar impuestos para financiar la imaginación creativa de nuestros gobernantes!
Después de todo, ¿qué es un déficit fiscal masivo y un tour ministerial por Europa sino una elegante obra de arte abstracto pintada con el dinero ajeno?»
La gran comedia de la equidad, los viáticos romanos y el cachetazo electoral
Jamás habrá equidad con el sistema político actual en Uruguay.
Gobierno y oposición caminan de la mano en un tierno y corporativo pacto de silencio, compitiendo con idéntico entusiasmo por ver quién despilfarra con más gracia mientras se niegan sistemáticamente a medir las consecuencias socioeconómicas de sus medidas.
Sobreponen tozudamente algo que definen pomposamente como «gasto social» —que no es más que el bache estructural y el sostén de sus propios privilegios— al gigantesco déficit que ahoga aquello que todos los ministros de economía juran fomentar y luego intentan justificar en responsabilidades ajenas: el esquivo crecimiento económico.
El pináculo de esta farsa quedó magistralmente retratado durante el primer año de gestión del canciller Mario Lubetkin, quien acumuló más de US$ 80.000 en viáticos (exactamente 80.511 dólares), autorizaciones de pasajes aéreos por US$ 168.222 y pasó 160 días en misiones oficiales. Entre ellas, destacan 48 días en Italia —incluyendo nada menos que siete visitas a Roma, su lugar de residencia previa—. Mientras tanto, se aplicaban restricciones “de cartón” a los gastos internos de la propia Cancillería y, ante los pedidos de informes y el asombro popular, el Poder Ejecutivo —tan sensible cuando se trata de pontificar sobre los más vulnerables— despachó la indignación ciudadana con una caricia a la desidia: un sublime “son cosas que suceden”.
La crueldad de la asimetría y el costo social:
Mientras el ciudadano de a pie sufre la erosión de su poder adquisitivo y el peso asfixiante de una carga tributaria diseñada para sostener las entelequias del Estado, los recursos públicos se evaporan en los pasajes en primera clase y los viáticos europeos.
Cada dólar destinado a financiar las recurrentes excursiones de este y demás ministros, es un recurso arrebatado a la inversión genuina del individuo privado que lo paga.
Se habla de equidad, pero se dinamita el pacto social básico, transmitiendo el mensaje más cínico posible: la austeridad es una virtud obligatoria exclusivamente para los pobres, mientras que el presupuesto nacional es un botín a disposición de la vanidad ministerial.
El cachetazo de la realidad y el adelanto electoral:
Lo fascinante de estos dislates es que la matemática del descontento no perdona tanta soberbia.
El corporativismo cree que su impunidad es eterna, pero la paciencia social tiene un límite.
Ese divorcio absoluto entre las penurias del contribuyente que madruga para buscarle la vuelta a sobrevivir cada día, y el turismo diplomático se traduce, inevitablemente, en un categórico cachetazo en las encuestas de opinión pública.
Parafraseando a un ex Presidente: “Ellos hacen que trabajan y nosotros cultivamos la decadencia electoral”.
La caída libre en la aprobación no es más que un adelanto electoral anticipado: la factura impostergable que la ciudadanía empieza a cobrarle a una dirigencia que trató al país productivo como un súbdito prescindible.
La patética hipocresía ante los outsiders:
Y claro, cuando la factura llega finalmente a la ventanilla, ocurre lo más divertido y patético de todo: los mismos políticos profesionales que diseñaron este sistema de privilegios comienzan a quejarse, con lágrimas de cocodrilo, del surgimiento de los outsiders.
Se horrorizan ante el candidato improvisado que denuncia lo insoportable, y tildan de peligro antisistema a cualquiera que canalice el hartazgo, guardándose muy bien de admitir su propia autoría.
Parecen ignorar que los outsiders no son más que una criatura fabricada por su propia soberbia, nacida de un Estado convertido en club privado.
Para calibrar el tamaño del sismo que se avecina en el tablero político uruguayo, basta con mirar cómo tiemblan las estructuras tradicionales de la supuesta antagonía de centro izquierda y centro derecha.
Durante décadas, los dos grandes bloques han jugado a alternarse en el poder bajo un acuerdo tácito: cambiar de comisario, pero conservar intacta la estructura del burdel fiscal.
Se turnan para prometer austeridad y crecimiento en campaña y, apenas asumen, se entregan al frenesí del gasto.
Cuando la grieta de confianza se abre del todo, el suelo empieza a temblar bajo los pies de los caciques de siempre.
La aparición de figuras disruptivas no es un accidente meteorológico; es el grito desesperado de una sociedad que prefiere arriesgarse a saltar al vacío con un desconocido antes que seguir alimentando a los mismos comensales en el banquete del Estado.
Como bien sentenciaba el ingenio británico, a veces podemos perdonar a un hombre por hacer algo inútil, con tal de que no lo admire.
Lo malo es cuando hacen estupideces y, además, pretenden que aplaudamos.
La casta política consiguió blindar su sistema a espaldas de la gente; ahora les toca vivir la peor de las tragedias: ver cómo los ciudadanos, hartos de tanta comedia, deciden barrerlos con la fuerza incontenible del descontento.
Privilegios y gasto público
Desgaste electoral
Ascenso de los outsiders
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