Dos orillas del Río de la Plata y dos respuestas opuestas al mismo problema: la desregulación radical de Sturzenegger y el reformismo administrativo de Oddone.
EL ARTE DE LA DESREGULACIÓN Y LA ESTÉTICA DE LA TRABA
Una Conversación sobre dos Repúblicas y su destino
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Lo extraño en los gobernantes de izquierda es que si pudieran aplicarían las exitosas políticas en materia de seguridad, de economía y de desregulación del Estado; pero, tienen que alinearse de apuro con el stalinismo del Comité de Base.
Yamandú Orsi no hizo una loa incondicional, pero calificó el modelo de seguridad de El Salvador como un «ejemplo a analizar» y señaló la alta adhesión popular que genera.
Sus frases más resonantes fueron:
«La seguridad es un tema del que hay que hablar. El ejemplo es Bukele. Es El Salvador. El ejemplo de un proceso… Ejemplo para analizar.»
«¿Por qué genera en la población un nivel de adhesión que nos sorprendería a todos? […]
Hay un nivel de aprobación hacia la figura presidencial que debería hacernos poner las barbas en remojo de cuánto la gente está dispuesta a sacrificar la libertad por otras cosas.»
(Posteriormente, ante la repercusión política, aclaró que aplicar ese método de forma literal en Uruguay le parecía «imposible» e «inaceptable» por la violación de derechos humanos).
A diferencia de una frase laudatoria, el ministro de Economía uruguayo, Gabriel Oddone, ha utilizado el trasfondo de la crisis argentina y la posterior llegada de Javier Milei al poder como un caso testigo de advertencia sobre lo que Uruguay debe evitar en materia de desorden fiscal.
En sus intervenciones, ha señalado que las gestiones macroeconómicas desordenadas terminan propiciando escenarios de colapso que derivan en triunfos políticos como el del mandatario argentino.
Al respecto, ha advertido sobre la necesidad de cuidar las cuentas públicas para que el país no sufra consecuencias drásticas:
«Esa es la historia de cómo terminan las gestiones macroeconómicas desordenadas […] hay unas elecciones y gana alguien que no quiere ninguno de nosotros que gane» (haciendo alusión explícita al fenómeno político de Milei como consecuencia de desequilibrios previos).
El público es un monstruo hidrópico, mi querido lector, que devora con idéntico apetito las estadísticas de comercio exterior y los folletines más escandalosos.
Sin embargo, nada revela tanto la vulgaridad de una época como su fascinación por los sellos de goma.
En el Río de la Plata, esa vasta penumbra donde la melancolía se disfraza de contabilidad nacional, asistimos hoy a dos formas singularmente divergentes de redimir al hombre de su peor enemigo: el burócrata.
Por un lado, tenemos al señor Sturzenegger, un caballero de convicciones tan absolutas que rozan el perfilismo artístico.
Su método es la piqueta; no busca persuadir al Estado, sino desintegrarlo con la alegría salvaje de un dandy sonriente que incendia su propio Palacio prostituido para sacar la resaca.
Para él, la desregulación es una forma de tragedia clásica: implacable, purificadora y de una sinceridad brutal.
Ha comprendido que la única tragedia peor que no ser regulado es estarlo perpetuamente por burócratas sin estilo.
Su motosierra no es una herramienta de carpintero, sino un cetro con el que flagela los altares de la ineficiencia.
Desprecia las instituciones redundantes con la misma elegancia con que un verdadero artista desprecia la sinceridad, y su obra legislativa inversa es un monumento a esa libertad vertiginosa que asusta a los mediocres.
En la orilla opuesta, donde el clima es más templado y los ministros visten trajes de una cautelosa ambigüedad cromática entre negros y grises, habita el señor Oddone.
¡Ah, Uruguay!
Ese jardín de infancia donde las revoluciones se hacen con actas notariales y los excesos consisten en discutir la tasa de interés en el almuerzo del domingo.
El proyecto de ley del señor Oddone no pretende demoler los templos, sino simplemente cambiarles el pestillo y exigirles que limpien los cristales.
Es una reforma exquisitamente menor, un acto de coquetería institucional.
Nos habla del «silencio positivo», esa divina paradoja en la que el Estado, por pura fatiga o distracción, finalmente nos concede la razón al no respondernos.
¡Qué concepto tan deliciosamente cínico!
Es la victoria de la indiferencia sobre la prepotencia del mostrador.
Oddone no desea quemar el ministerio obeso e ineficiente que castra el crecimiento; prefiere digitalizarlo, perfumarlo sutilmente y lograr que la fila sea apenas más corta, de modo que el ciudadano pueda llegar a tiempo a tomar el mate a su casa.
Su desregulación es reformista, educada y profundamente uruguaya: una revolución que pide permiso y usa apargatas cómodas.
Toda regulación, mi querido amigo, es un pecado contra la imaginación. Obligar al alma humana a rellenar formularios triplicados es un atentado tan atroz como el realismo en la pintura.
Y, especialmente en tiempos tecnológicos en los que frenar es impedir.
Pero la diferencia entre ambas orillas es la distancia que media entre el cadalso y el diván.
Sturzenegger aspira a la muerte súbita del Leviatán de impedir cosas absurdas; prefiere el colapso estético de las estructuras creadas con la única finalidad de recurrir al “amigo del amigo”; la persistencia burocrática compañera de la mediocridad.
Oddone, en cambio, cree en la gestoría con el papel sellado que da vida a la Consultora; confía en que, si tratamos a la burocracia con suficiente ternura y eficiencia informática, esta terminará por olvidarse de que existimos.
Veamos algunos ejemplos de esta batalla por la contradicción:
Mientras Sturzenegger elimina marcos regulatorios enteros y los ministerios que se crean únicamente para sustentarlos; Oddone modifica procesos, plazos y digitaliza los mismos trámites que trancan al administrado.
Mientras Sturzenegger disuelve, fusiona o privatiza masivamente organismos, entes reguladores y fondos fiduciarios que equivalen a costos públicos monstruosos; Oddone ordena meticulosamente la misma arquitectura estatal, enfocándose en la interoperabilidad y digitalización (que llama piadosamente «desempapelamiento»).
Mientras Sturzenegger impone el retiro total del Estado de la fijación de reglas sectoriales, precios, o trabas al comercio; Oddone festejaría que el Estado se vuelva de tranca total a facilitador cuando no haya otra alternativa, introduciendo pilares como el silencio positivo y la calidad regulatoria.
Mientras Sturzenegger enfrenta sin tapujos los intereses corporativos degenerados sin temor a la conflictividad directa con sindicatos, corporaciones empresariales prebendarias y estructuras provinciales improductivas que gastan lo ajeno; Oddone evita quirúrgicamente afectar los intereses corporativos burocrático-sindicales y políticos específicos, buscando consensos multipartidarios.
Mientras que Sturzenegger opera con una lógica de «motosierra» antirregulatoria, alterando los cimientos jurídicos absurdos e interviniendo de forma drástica sobre estructuras anquilosadas del Estado argentino para refundar un mercado desregulado, Oddone aplica un enfoque de cirugía fina administrativa.
El proyecto uruguayo busca aceitar los engranajes soldados de una economía cara e ineficiente, mediante incentivos a la agilidad digital, sin poner en cuestionamiento los crujientes cimientos institucionales ni el tamaño estructural insustentable del Estado Leviatán.
Al final, los pueblos siempre obtienen los gobiernos que merecen; tal como estratégicamente aciertan o fallan en interpretar el descontento ciudadano que creen que los toleran.
Y entre la furia iconoclasta del vecino y la prudencia higiénica del compatriota, el encuestado duda entre qué admirar más: si la violencia de la sinceridad o el discreto encanto de la tibieza inconducente.
Desregulación del Estado
Sturzenegger y Oddone
Burocracia y reforma
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