El costo de postergar la reforma del Estado aumenta a medida que se reduce la base contributiva, crece la deuda y se agota la paciencia social.
LA VARIABLE QUE EMPEORA
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
El tiempo no es una variable neutral en esta ecuación de liberar al ciudadano del peso político de un Estado inservible y pasar a uno a su servicio: es el factor que determina si la transición se hace de manera ordenada y civilizada o si, por el contrario, nos impone un ajuste brutal por la vía de los hechos.
Cada año que la política tradicional posterga estas reformas —sosteniendo por pura inercia el déficit previsional, la burocracia redundante y el peso asfixiante sobre la formalidad—, la aritmética del colapso se vuelve más implacable:
La base de sustentación se achica:
Mientras más se tarda en modernizar la economía, más acelera la revolución agéntica y la automatización global.
Esto significa que la base de trabajadores formales tradicionales (de donde hoy se extraen los recursos para pagar jubilaciones y sostener el aparato estatal) se contrae aún más rápido que el ritmo al que la clase política se anima a debatir el problema.
El costo de la transición se dispara:
Honrar los derechos adquiridos de los jubilados actuales y financiar un programa de reconversión inteligente para los empleados públicos excedentarios se vuelve aritméticamente más difícil y costoso a medida que la deuda pública crece y la economía se estanca.
Lo que hoy se puede resolver con inteligencia institucional y reasignación de activos estatales, mañana requerirá una poda dolorosa porque los recursos reales simplemente se habrán evaporado.
El agotamiento de la paciencia social:
La tolerancia de la clase media formal y de los sectores productivos que sostienen el andamiaje tiene un límite.
Si el «costo país» sigue asfixiando el poder de compra y la fuga de talento se acelera, llegará un punto donde no habrá contribuyentes suficientes para financiar ninguna transición ordenada.
Por eso, postergar la decisión no es evitar el costo; es multiplicarlo exponencialmente.
La urgencia de tener los planos listos —como lo está haciendo esta plataforma de pensamiento— radica precisamente en acortar los tiempos de reacción para que, cuando la realidad rompa la inercia del sistema, la alternativa esté redactada, fundamentada y lista para aplicarse antes de que el margen de maniobra se reduzca a cero.
Hasta por sobrevivencia del sistema democrático la urgencia de atender sin demora esta reforma imprescindible e impostergable, impele a quienes integran el sistema de gobierno, en el Ejecutivo y en el Legislativo.
Serán juzgados por lo tempestivo del cambio, o por el retardo en que la factura aumente.
Tiempo y costo de transición
Base contributiva y automatización
Urgencia de la reforma
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