A city square at dusk with candles and flowers near the remains of a public demonstration, reflecting social polarization and moral conflict.

La bancarrota moral de Occidente

Cuando la infamia sale a la calle

LA BANCARROTA MORAL DE OCCIDENTE
Cuando la infamia sale a la calle
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

Hay días en que la historia parece ensañarse con nuestra desmemoria, repitiendo sus peores fantasmas bajo disfraces nuevos pero con idéntico hedor a podredumbre moral.
Ayer Freddy Nieuchowicz Abramovich hizo una conmovedora referencia al “ J’accuse”.
Orlando Petinatti (su nombre artístico) cedió ante el dolor de otra acción brutal de la barbarie contra el pueblo israelí.
Si Émile Zola levantara hoy la cabeza, no tendría que buscar en los oscuros despachos de un Estado Mayor antisemita para entonar su inmortal «¡Yo acuso!».
Le bastaría con asomarse a las calles de nuestras democracias complacientes para contemplar el espectáculo grotesco de quienes, con la excusa de una supuesta rebeldía ideológica, salen a marchar, a celebrar o a blanquear la barbarie el mismo día en que el mundo civilizado debería contener el aliento para honrar la memoria de los masacrados por el terrorismo.
Lo que vimos y seguimos viendo no es disidencia política, ni la falsa solidaridad con un pueblo ocupado por el terrorismo; es la bancarrota absoluta del alma occidental.
Aquel 1898, el antisemitismo se escudaba tras la “sacrosanta” «razón de Estado» para sepultar vivo a Alfred Dreyfus en la Isla del Diablo.
Hoy, el nuevo antisemitismo —tan viejo como el odio a los judíos, pero recauchutado con jerga posmoderna del terrorismo de izquierda — parapeta tras pancartas de supuesta solidaridad para justificar, minimizar o frivolizar el exterminio de civiles inocentes a manos del fundamentalismo.
Es el mismo mecanismo perverso de inversión moral: el verdugo se disfraza de víctima, la masacre se rebautiza como «resistencia» y el dolor de los masacrados se convierte en objeto de escarnio público y fiesta callejera.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Hemos llegado porque nuestras instituciones se han arrodillado ante la cobardía y el cálculo electoral, y porque nuestra cultura ha tropezado con la peligrosa pendiente del relativismo militante.
Cuando se vacían los valores republicanos, cuando los ejecutivos y parlamentos titubean por miedo a la cancelación, o se hacen cómplices, y las universidades abandonan la búsqueda rigurosa de la verdad para convertirse en criaderos de dogmatismo sectario, la sociedad pierde las defensas inmunológicas contra el fascismo de camuflaje que se mira en el espejo.
Se normaliza lo abyecto. Se le otorga respetabilidad democrática a los corifeos del terror.
Se argumenta con intencionalidad aviesa la preocupación por el pueblo, sin decir que está sometido al terrorismo, y por el otro se critica a un gobernante democráticamente electo que representa la defensa de sobrevivencia otra vez del pueblo que es víctima de extinción.
La coartada del «contexto» o de la «complejidad geopolítica» no es más que un eufemismo cínico para justificar el antisemitismo más rancio.
¿Qué contexto puede justificar la celebración del asesinato de familias en sus casas, de jóvenes masacrados en un festival de música, de bebés ahorcados o secuestrados?
Ninguno.
Esta escoria es de manual, considera fake lo que no les sirve criticar o angustiarse; y ataca frontalmente, ocultando al terrorismo salvaje, que les sirve a sus instintos inmorales.
Festejar al día siguiente de una masacre de familias, jóvenes y niños indefensos, conmemorar u ocultar el horror terrorista no es libertad de expresión; es complicidad con el crimen.
Es la prueba de que una parte de nuestra sociedad ha renunciado a la decencia más elemental y ha decidido bailar sobre las tumbas con la coartada de una superioridad moral tan falsa como sanguinaria.
Frente a esta orgía de cinismo, el silencio ya no es prudencia: es cobardía.
Ochenta años después de Auschwitz, y más de un siglo después de la infamia contra Dreyfus, el antisemitismo vuelve a demostrar que es el canario en la mina de la libertad: cuando se le tolera contra los judíos, la democracia entera, y especialmente la libertad, está ya sentenciada a muerte.
Porque cuando una sociedad tolera que se celebre el terror y el odio en sus plazas, lo único que está desfilando hacia el abismo es su propia humanidad.
Los que somos nietos de inmigrantes víctimas sobrevivientes del terror inmundo de las guerras, tenemos memoria histórica para distinguir claramente la víctima del victimario.
Para integrar con rigor y crudeza la dimensión exacta de la barbarie cometida el 7 de octubre de 2023 por Hamás, es necesario mirar de frente los testimonios forenses, médicos y de supervivientes que documentaron la premeditada brutalidad ejercida contra los más vulnerables.
Quienes hoy convocan marchas o adhieren genuflexos a ellas, para mofarse de aquella fecha o relativizar el horror olvidan —o eligen ocultar— la naturaleza sistemática y sádica de lo ocurrido en los kibutz y en el festival de música.
Entre las múltiples atrocidades documentadas por forenses e investigadores internacionales contra mujeres y niños, tres episodios condensan la cima de la deshumanización:

La sevicia sexual como arma de guerra, terror y tortura: Informes detallados de la ONU y organizaciones de derechos humanos confirmaron que durante el pogromo se cometieron violaciones en grupo, mutilaciones genitales y agresiones sexuales sistemáticas a mujeres y adolescentes, a menudo perpetradas frente a sus propias familias antes de ser ejecutadas con disparos a quemarropa.
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El infanticidio y la quema de familias enteras: Los comandos terroristas no se limitaron a matar; aplicaron un terror milimétrico que incluyó el asesinato de lactantes en sus propias cunas y la quema deliberada de familias enteras dentro de sus hogares, sellando las puertas y prendiendo fuego a las viviendas para obligarles a elegir entre morir asfixiados o incinerados.

El secuestro de niños y bebés como escudos y trofeos: El cautiverio de menores de edad —desde niños pequeños hasta bebés de pocos meses arrancados de los pechos de sus madres o presenciando el asesinato de sus padres— fue utilizado como botín de guerra y moneda de cambio, sometiéndolos a condiciones extremas de terror psicológico y físico.
¿Qué contexto, qué causa política y qué mente enferma pueden justificar, relativizar o festejar la violación de mujeres, la quema de bebés y el secuestro de niños? Ninguno.
Es urgente recuperar la intransigencia ética de Zola. Desenmascarar a los hipócritas, exigir responsabilidad a las instituciones que miran hacia otro lado por cobardía o bastarda intencionalidad política y recordar, sin complejos ni eufemismos, que la dignidad humana es indivisible.
Porque cuando una sociedad tolera que se celebre el terror y el odio en sus plazas, lo único que está desfilando hacia el abismo es su propia humanidad.

Bancarrota moral de Occidente
Normalización del antisemitismo
Relativismo y cobardía institucional

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1 thought on “La bancarrota moral de Occidente”

  1. Eduardo Zeballos

    El 7 de octubre es una fecha que nos enfrenta con una de las expresiones más oscuras de los seres humanos y aquello que todos deberíamos combatir : el fanatismo.

    Más allá de pueblos, fronteras y credos, aquel día seres humanos fueron asesinados, heridos y secuestrados. Hombres, mujeres, ancianos y niños quedaron atrapados en una violencia que convirtió al otro, simplemente por ser el otro, en un enemigo al que podía despojarse de su dignidad y de su vida.

    Nuestra reflexión no debería dirigirse contra una religión ni contra un pueblo. Debe dirigirse contra algo mucho más universal y, por eso mismo, más peligroso: el dogmatismo que anula la razón, el fanatismo que convierte una convicción en odio y la intolerancia que pretende justificar la violencia mediante una verdad considerada absoluta.

    Debemos reflexionar como combatir simbólicamente toda tiranía. Y quizá una de las tiranías más terribles sea aquella que se apodera de la conciencia del hombre y le hace creer que matar al diferente puede convertirse en un acto virtuoso o sagrado.

    Ningún Dios necesita del asesinato de inocentes para afirmar su grandeza. Ninguna causa adquiere justicia mediante la crueldad. Ninguna fe se ennoblece cuando el hombre renuncia a su humanidad.

    Pero nuestra reflexión tampoco puede detenerse en el horror de un solo día. El sufrimiento posterior de innumerables civiles inocentes nos recuerda que una víctima no deja de ser víctima por su nacionalidad, su religión o el lado de una frontera en que haya nacido.

    Recordar el 7 de octubre, entonces, puede ser algo más que recordar una tragedia.

    Puede ser una advertencia.

    Cuando la razón abdica ante el dogma, cuando desaparece el respeto por la vida y cuando dejamos de reconocer en el adversario a un ser humano, comienza el camino hacia la barbarie.

    El 7 de octubre no nos enfrenta a una salvajada realizada contra un pueblo sino contra los principios y valores occidentales y la humanidad toda .

    Eduardo Zeballos

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