Del Morse y los códigos de radio al six-seven: una historia de abreviaturas, generaciones y pequeños idiomas secretos.
En mi adolescencia me sentí atraído por el código Morse. Algo aprendí.
Lo suficiente para descubrir que detrás de aquellos puntos y rayas existía otro idioma.
Después aparecieron los códigos Q.
QTH era la ubicación. QSL, la confirmación. QRM, la interferencia. QRZ, “¿quién me llama?”. QSY, cambiar de frecuencia.
Tres letras podían sustituir una frase entera.
Y estaban los números. 73 significaba saludos cordiales. 88, algo bastante más afectuoso.
Lo interesante es que 73 ya era utilizado por telegrafistas en el siglo XIX.
Un emoji victoriano, pero sin dibujito. Muchos años después apareció ICQ.
Para una generación era simplemente el nombre de un programa de mensajería.
Para quienes alguna vez habíamos jugueteado con radio, claves y abreviaturas, la gracia resultaba inmediata.
ICQ. I seek you. Te busco. No habían inventado nada.
Habían reinventado al telegrafista.
Los estadounidenses, por supuesto, llevaron esta costumbre bastante más lejos.
“What’s your 20?” no pregunta la edad. Pregunta dónde estás.
Viene del 10-20 de los códigos de radio policiales.
“Give me the 411” significa dame la información, porque 411 fue durante décadas el número telefónico de información.
Y 86 surgió en los restaurantes para indicar que algo se había terminado.
Después pasó a significar sacar, eliminar o directamente echar a alguien.
También está el famoso 101. En las universidades norteamericanas identifica tradicionalmente los cursos introductorios.
Por eso “Economics 101” terminó significando simplemente “economía elemental”.
Hasta aquí todo tenía cierta lógica. Los códigos ahorraban tiempo. Reducían errores. Acortaban transmisiones. Permitían entenderse.
Entonces apareció six-seven. No “sixty-seven”. “Six-seven”.
Se difundió por una canción, TikTok, el básquetbol y los adolescentes.
Y lo extraordinario es que nadie consigue explicar exactamente qué significa.
Puede ser una respuesta. Puede ser una broma. Puede querer decir más o menos.
Puede no querer decir absolutamente nada. Y precisamente ahí parece residir su éxito.
El recorrido es admirable. Primero inventamos códigos porque transmitir costaba dinero. Después porque el tiempo de radio era valioso.
Más tarde porque escribir mensajes era incómodo. Luego porque pertenecer a una comunidad exige conocer sus contraseñas.
Y finalmente llegamos a códigos cuya principal virtud es no significar demasiado.
Tal vez cada generación necesite su pequeño idioma secreto.
Los telegrafistas tuvieron 73. Los radioaficionados, QSL. Los camioneros, 10-4.
Nuestra primera Internet tuvo ICQ. Y ahora los adolescentes tienen six-seven.
Después de siglo y medio intentando decir mucho con muy poco, finalmente alcanzamos la perfección. Decir muy poco con todavía menos.
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