De los arúspices de Roma a la interpretación constitucional, la obsesión por descubrir sentidos ocultos puede terminar legitimando decisiones de poder.
En la antigua Roma, los arúspices eran sacerdotes y adivinos que interpretaban la voluntad de los dioses examinando las entrañas de animales sacrificados, particularmente el hígado.
La práctica tenía gran influencia en la vida religiosa y política romana. Sus principales funciones eran el examen, la interpretación y la transmisión de los mensajes divinos.
Examinaban las vísceras de los animales sacrificados para buscar señales favorables o desfavorables. Interpretaban ciertos fenómenos considerados prodigiosos, como rayos, nacimientos extraordinarios o acontecimientos inusuales. Advertían a los gobernantes sobre la supuesta voluntad de los dioses antes de tomar decisiones importantes.
También estaban los augures, que observaban los auspicios, especialmente los relacionados con el vuelo y el comportamiento de las aves, y determinaban si ciertas actuaciones públicas contaban o no con la aprobación divina.
Esa práctica de buscar en las entrañas está relacionada histórica y lingüísticamente con el término «desentrañar». De acuerdo con el diccionario de la RAE, significa literalmente «sacar, arrancar las entrañas» y, en una segunda acepción, «averiguar, penetrar lo más dificultoso y recóndito».
Ya no se trata de consultar vísceras de animales para descubrir el destino, sino de desentrañar un problema para llegar a la verdad.
El Oráculo de Delfos fue uno de los centros religiosos más importantes de la antigua Grecia. Consagrado a Apolo, dios de la profecía, la música y las artes, se encontraba en las laderas del monte Parnaso.
La protagonista era la Pitia, sacerdotisa que transmitía las respuestas atribuidas a Apolo. Sentada en un asiento de tres patas en el santuario, entraba en un estado ritual y pronunciaba palabras que los sacerdotes interpretaban o transmitían a quienes consultaban el oráculo.
Acudían particulares, ciudades y gobernantes para preguntar sobre guerras, colonizaciones, decisiones políticas, matrimonios y otros asuntos importantes. Las interpretaciones no siempre daban pie a respuestas claras. Una profecía podía entenderse de distintas maneras, con consecuencias imprevisibles.
El ejemplo más famoso lo consigna Heródoto. Es el de Creso, rey de Lidia, que consultó a Delfos antes de enfrentarse al Imperio persa: «Si Creso cruza el río Halis [fronterizo entre Lidia y el Imperio persa], destruirá un gran imperio».
Creso entendió que destruiría el Imperio persa. En cambio, Ciro el Grande arrasó con el Imperio lidio. Aunque conservó a Creso como asesor, no lo utilizó como intérprete de oráculos.
La historia ilustra que la profecía podía ser formalmente cierta y, no obstante, inducir a error a quien solicitaba la interpretación.
Es verdad que existe una diferencia con la antigua práctica romana, porque el arúspice buscaba señales en las entrañas de los animales y el Oráculo de Delfos transmitía una respuesta atribuida directamente a la divinidad.
Pero ambos denotan una constante a lo largo de la historia humana: la necesidad de conocer el futuro y la influencia que quienes dicen interpretarlo pueden ejercer sobre quienes gobiernan.
Es una preocupación que no han erradicado los avances científicos y tecnológicos.
Hoy disponemos de modelos meteorológicos, proyecciones económicas y encuestas electorales, a los que se suma la inteligencia artificial. Los métodos seguramente han cambiado, pero la inquietud persiste porque el futuro es contingente.
Para saber si está lloviendo, la forma más segura es sacar la mano al aire libre. Si se moja y descartamos que el agua provenga de un aire acondicionado o de que el vecino de arriba esté lavando la terraza, entonces es agua del cielo.
Pese a todos los artefactos de que disponen los servicios meteorológicos, muchas veces se equivocan. Y, de todos modos, los humanos siguen recurriendo a antiguas prácticas adivinatorias.
La astrología y los horóscopos no han perdido su lugar en los medios de comunicación y muchos no salen a la calle sin consultar qué les deparan los astros o si su pareja les es fiel.
En Uruguay, al menos los periódicos El País, El Observador y Búsqueda; canales de televisión como el 4 y el 10; así como diversas emisoras de radio, dedican espacios a revelar el futuro a los interesados.
Se ofrecen servicios de bioconsultoría, astrología védica, tarot en línea, asistencia mística, cartomancia, numerología y cursos de quiromancia…
Si bien estas prácticas han recibido y continúan recibiendo críticas desde la ciencia, la psicología y la religión, no se ha conseguido erradicarlas.
Hacia 1980, dos filósofos franceses acuñaron el término «interpretosis» para designar la humana compulsión por buscar un significado oculto en absolutamente todo. Esto es, la fijación que padece el ser humano por la hermenéutica.
El término remite al dios griego Hermes, cuya función era comunicar a los mortales los mensajes divinos, traduciéndolos e interpretándolos para su comprensión.
En determinadas situaciones, la «interpretosis» pasa de ser una compulsión espiritual o psicológica a convertirse en un arma del poder.
Cuando el texto constitucional expresa claramente que el presidente de un país no puede serlo durante dos períodos consecutivos y se interpreta que, en realidad, no quiere decir lo que dice, estamos ante un grave fraude.
Este no es un ejemplo ficticio: así sucedió en Nicaragua.
La Constitución uruguaya se encuentra ante un tembladeral semejante.
Cuando expresa que existen dos clases de ciudadanos, naturales y legales, es precisa.
Los naturales son los nacidos en territorio de la República o «los hijos de padre o madre oriental cualquiera haya sido el lugar de su nacimiento», siempre que se avecinen en el país y obtengan su credencial cívica.
Los legales son extranjeros que cumplen ciertos requisitos y solicitan su ciudadanía.
El gobierno pretende convertir la categoría de los legales en naturales.
Pero no por las vías de reforma que la Constitución prevé, sino por una ley interpretativa. ¿Y por qué?
El gobierno uruguayo de Orsi y Lubetkin había eliminado la especificación del lugar de nacimiento en los pasaportes expedidos, lo que redundó en trabas impuestas por países europeos y asiáticos que obligaron a revocar la medida cuando ya se habían emitido dieciséis mil.
¿Por qué esos impedimentos?
Por razones de seguridad fronteriza, antiterrorismo y control migratorio.
¿Estamos ante un nuevo intento de ocultar el país de nacimiento?
¿Con qué objeto? ¿Arrancar las entrañas a la Constitución?
Interpretación y poder
Incertidumbre y predicción
Constitución y ciudadanía
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