Conceptual contrast between individual liberty, institutional restraint and ideological state power.

Cómo la política explota la inocencia colectiva

De la inocencia de Montaigne al delirio del «buen revolucionario»

EL GRAN CARRUSEL DE LA INOCENCIA VIOLADA
De la inocencia de Montaigne al delirio del «buen revolucionario»
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

Si hay algo que caracteriza a nuestra entrañable y sufrida especie es la desmedida afición por complicarnos la existencia y, acto seguido, culpar a alguien más por el enredo.
A lo largo de los siglos, los intelectuales han afinado el arte de fabricar coartadas metafísicas para explicarnos por qué somos un desastre, siendo el pasatiempo favorito inventar un edén perdido donde todo era paz, armonía y vida vegetal, antes de que nos arruinaran las leyes, los impuestos, Hernandarias y el mercado.
Para entender este monumental autoengaño —que en nuestra América Latina ha cobrado ribetes de opereta trágica— conviene subirse a un «DeLorean» conceptual y recorrer el túnel del tiempo: desde el sensato escepticismo de un señor en su torre hasta la furia mesiánica del salvador de patrias.

Montaigne y la prudencia de no prometer el paraíso

Imaginemos por un momento al buen Michel de Montaigne en el siglo XVI.
Mientras media Europa se masacraba escrupulosamente en las guerras de religión por ver quién interpretaba mejor la ira de Dios, Montaigne se encerraba en su torre a leer, meditar y rascarse la cabeza con escepticismo.
Cuando escribió su famoso ensayo sobre los caníbales del Nuevo Mundo, el bueno de Michel no estaba fundando ninguna guerrilla ni redactando un manifiesto insurreccional.
Simplemente ejercía de aguafiestas del orgullo europeo: observaba que los indígenas americanos vivían de un modo más sencillo, sin las retorcidas hipocresías ni las refinadas crueldades de la civilización de su época.
Pero a Montaigne, que era un hombre de una lucidez desesperante, jamás se le ocurrió proponer que incendiáramos las ciudades, aboliéramos las leyes o destruyéramos el orden institucional para volver a cazar tapires al natural.
Al contrario: era profundamente conservador en lo político porque sabía que la naturaleza humana es frágil y torcida.
Sostenía que las leyes vigentes, por imperfectas que fuesen, debían respetarse, porque el remedio de intentar refundar la sociedad desde cero solía ser infinitamente más sangriento que la enfermedad.
En resumen: Montaigne miraba al «salvaje» con curiosidad antropológica y una pizca de ironía, pero se quedó prudentemente en la orilla del sentido común.

Rousseau y el pecado original de la ingeniería social: la piedra fundacional del estatismo

Aquí es donde la historia se descarrila.
Dos siglos después, Jean-Jacques Rousseau toma la intuición poética del hombre natural y decide transformarla en un dogma político de proporciones titánicas.
Rousseau abandona la prudencia escéptica de Montaigne y decreta el diagnóstico definitivo: el ser humano nació puro, libre y bueno, pero la civilización, la propiedad privada y la sociedad lo corrompieron de cabo a rabo.
Y, como el daño está hecho, ya no vale la pena andar con reformas tibias. Hay que redimir al hombre por la fuerza.
Es aquí donde nace la piedra fundacional del estatismo moderno.
Rousseau se inventa la entelequia mística de la «Voluntad General» —una especie de divinidad laica que nunca se equivoca— y consagra el postulado más totalitario de la modernidad: «el Estado se convierte en el padre, tutor y sálvese quien pueda del individuo ciudadano».
Ya no se trata de proteger la libertad individual a lo liberal —que los hombres hagan sus acuerdos y queden en paz—, sino de someter al individuo a la comunión colectiva desde arriba.
Si alguien se resiste a ser feliz según los parámetros de la «Voluntad General», el Estado tiene el sagrado deber de «obligarle a ser libre», según su particular concepto.
El despotismo paternalista y redentor quedaba bautizado con agua bendita filosófica. Todo el poder al Estado.

Carlos Rangel y la gran coartada latinoamericana: del «buen salvaje» al «buen revolucionario»

Salto temporal de doscientos años y aterrizaje forzoso en América Latina.
Aquí es donde entra en escena el brillante cubano Carlos Rangel para explicarnos por qué nuestra región parece atrapada en un bucle infinito de subdesarrollo, populismo y victimismo.
Rangel detecta que la mentalidad latinoamericana masticó con fruición el veneno rousseauniano.
Si América era originariamente un edén puro —el «buen salvaje» americano—, los sucesivos fracasos institucionales, la pobreza, la inflación y los tiranos locales no podían ser, bajo ningún concepto, culpa nuestra.
Era menester encontrar un villano externo.
Así, el mito se metamorfosea: el indio puro e incontaminado cede su lugar al «buen revolucionario», el justiciero romántico y abnegado que viene a redimirnos de la opresión.
Y el culpable de todos nuestros males deja de ser nuestra propia incapacidad para construir instituciones estables, para pasar a ser el chivo expiatorio oficial: el imperialismo norteamericano, el capitalismo voraz y las oligarquías vendepatrias.
Bajo esta óptica reconfortante, el latinoamericano se exime de toda responsabilidad cívica en la construcción de su destino.
¿Para qué respetar las reglas del juego económico, acumular capital, premiar el mérito o exigir seguridad jurídica si toda la culpa es del «bloqueo» y de las multinacionales?
La revolución se convierte en una religión sustituta, una promesa mesiánica donde la violencia y el estatismo radical con finalidad ideológica están plenamente justificados porque el fin es purificar la tierra.

La gran bifurcación: el «hombre nuevo», la corrupción estatal y el derecho a pensar por uno mismo

Esa confrontación —separada por dos siglos de distancia ideológica en cada eslabón de esta cadena— nos ha depositado de lleno en una realidad inconciliable, dividida en dos veredas que no pueden encontrarse porque parten de premisas antropológicas totalmente opuestas.
Por un lado, los estatistas y su maquinaria de ingeniería social, herederos directos del mesianismo rousseauniano y del victimismo que denunciaba Rangel, ocupan el poder para modelar, desde las altas esferas de la corrupción de Estado, al famoso «hombre nuevo».
Si quienes manejan el poder público son corruptos o corruptibles, ese engendro burocrático que prometía ser la vanguardia moral de la historia hoy no es más que un viejo, cansado e irredento revolucionario que, aferrado a prebendas, privilegios corporativos y dogmas fracasados, parasita el erario público mientras empobrece a la sociedad en nombre de la justicia social.
Por el otro lado estamos quienes, sencillamente, queremos que nos dejen en paz: individuos que, abrazando la prudencia escéptica y el respeto a la dignidad humana individual, exigimos que el Estado devuelva sus tentáculos a su tamaño legítimo, que cese el delirio coactivo de querer salvarnos la vida y que nos deje pensar con absoluta libertad la construcción voluntaria, espontánea y plural de nuestros propios planes de vida lícitos, tanto en lo individual como en lo colectivo.
Al final del día, la disyuntiva histórica sigue siendo exactamente la misma que vislumbró Montaigne frente al fanatismo de su época y que Rangel diagnosticó con bisturí para nuestra desgracia latinoamericana.
O elegimos la humildad de la libertad responsable y el imperio de la ley, o nos condenamos eternamente al despotismo pastoral de los salvadores de la patria que, prometiendo un paraíso de buenos salvajes, terminan gobernando sobre los escombros de una sociedad saqueada.

Naturaleza humana y poder
Estatismo e ingeniería social
Victimismo latinoamericano

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