Satirical political scene symbolizing Geraldo Alckmin’s shift from Lula critic to governing ally.

Geraldo Alckmin y Lula: de rivales a socios

Mosco repasa el giro de Geraldo Alckmin: de acusar a Lula y al PT de corrupción a integrar con él la fórmula presidencial.

De exigir una investigación penal a ser socios
Breve manual de la milagrosa amnesia de Geraldo Alckmin
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

Luego de 12 años de gobierno, una mayoría exigua del pueblo brasileño puso el repetidor a Lula da Silva.
Unos, porque están muy satisfechos con su reparto generoso de dinero ajeno; otros, porque no se dan por vencidos y esperan que quien ha perpetuado gobiernos deficientes se autoflagele, reconozca sus vesanias y se vaya solito.

Del CSI político al cómodo despacho

Hubo un tiempo en que Brasil no necesitaba analistas políticos ni agencias de inteligencia para investigar la corrupción: le bastaba con sintonizar un discurso de Geraldo Alckmin.
Con la solemnidad de un juez severo que denuncia que están robando al pueblo, y la rigidez del cartón piedra, el eterno líder del PSDB solía enfundarse el traje de detective privado para advertirnos sobre los peligros del populismo rojo que encarnaba Lula, cofundador con Castro del “Foro de San Pablo”.
Pero la política, esa tierna disciplina donde los principios pesan menos que una servilleta mojada, nos regaló una de las transformaciones más bellas del realismo mágico latinoamericano: el día en que la “escena del crimen” se convirtió, por arte de birlibirloque y gracias a una jugosa transformación de supervivencia personal, en una acogedora oficina con aire acondicionado, vistas al Palacio do Planalto y una banda presidencial compartida.
Alckmin comprendió los resortes de la política bastarda: si persigues a un corrupto hasta meterlo preso por robar desde el poder, sus amigos en la Justicia lo liberan a prepo y vuelve a ser candidato, date por vencido y únete a él.

Cuando el estadista se creía Sherlock Holmes

Retrocedamos a diciembre de 2017. Alckmin acababa de asumir la presidencia nacional de su partido con la épica de quien se cree llamado a salvar la República de las garras del demonio; verbigracia, el susodicho Lula.
Con la mandíbula apretada y la voz temblorosa de indignación republicana, nos regaló perlas dignas de antología:
“Depois de ter quebrado o Brasil, Lula diz que quer voltar ao poder. Ou seja, meus amigos: ele quer voltar à cena del crimen.”
“Después de haber roto a Brasil, Lula dice que quiere volver al poder. Es decir, amigos míos: él quiere volver a la escena del crimen”.
¡Qué momentos aquellos!
Uno casi podía ver a Alckmin recorriendo las calles de Brasilia con una lupa y una cinta amarilla de Crime Scene, “Do Not Cross”, dispuesto a arrestar a la historia mafiosa misma en nombre de la decencia brazuca.
Durante décadas, el evangelio según San Geraldo consistía en explicarle al electorado que el Partido de los Trabajadores era una banda de forajidos incorregibles que había venido a saquear hasta las gaviotas del litoral paulista, el Cristo Redentor y las olas de Río.
Los mítines eran un despliegue de pureza moral: el PSDB representaba la modernidad técnica, la seriedad fiscal y el buen gusto, mientras que el lulismo era el caos institucional personificado.
¿Cómo olvidar la tensión dramática de los debates electorales de 2006, donde Alckmin miraba a Lula como si este le hubiera robado el almuerzo a los garotiños en la guardería?
Durante sus años de confrontación, Alckmin lanzó algunas de las más duras críticas contra Lula, contra los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) y contra su líder, viejo rapiñero con banda presidencial.

Acusaciones de corrupción y el escándalo del Mensalão

En las elecciones presidenciales de 2006, cuando se enfrentaron en la segunda vuelta, Alckmin centró gran parte de su campaña en atacar a Lula por los escándalos de corrupción de su administración, particularmente el Mensalão.
Alckmin sostenía que el gobierno petista había institucionalizado la impunidad y calificaba a Lula como “el retrato de un partido envuelto en corrupción”.
Acusaba sistemáticamente a las administraciones de Lula de haber desequilibrado las cuentas públicas, desperdiciado recursos del Estado y mostrado una profunda lentitud en la implementación de reformas estructurales clave, como la tributaria, la laboral y la política.
Argumentaba que el crecimiento económico inercial se debía a vientos internacionales favorables y no a políticas de Estado sólidas.
En algunas reuniones se le escuchaba el vade retro, para diferenciarse del mal zurdo.

El milagro de la elasticidad vertebral

Pero, claro, la intemperie política prolongada es muy fría, aun en el Caribe brasileño.
Pasar de ser el gobernador intocable de São Paulo a ver cómo tu partido se desmorona en las urnas, mientras el bolsonarismo te arrebata la derecha tradicional, es un tratamiento de choque excelente para curar cualquier convicción ideológica rígida y la tozudez de imputar a un exreo cuando eso no conduce a resultado práctico alguno.
Llegó 2022 y, de repente, la geografía criminal sufrió una reevaluación investigativa fascinante.
Pragmatismo amoral, ya en toda su extensión imaginable.
Aquella tétrica “escena del crimen” de 2017, el campito y el departamento, se redecoró con gusto ecléctico: se pintaron las paredes de blanco impoluto, se colocaron plantas de interior, se compraron sillones ergonómicos y se rebautizó el lugar como “Frente Amplio Democrático”.
¿Qué pasó con los arrestos policiales de Alckmin? ¿Dónde quedaron las pruebas periciales? Se evaporaron en el altar del pragmatismo pecaminoso más puro.
Alckmin descubrió súbitamente que los “crímenes” del pasado prescriben mágicamente cuando te ofrecen el puesto de vicepresidente.
¿Para qué insistir en la corrupción sistémica cuando puedes formar un binomio electoral con el mismísimo “delincuente principal”, a cambio de un poco de relevancia institucional y un par de ministerios para tus amigos?

Epílogo: el amor después del calabozo

Hoy contemplamos a Geraldo Alckmin sonriente, enfundado en trajes impecables, haciendo gala de una sobriedad de vicepresidente institucional que asiste a cócteles y recibe embajadores.
Ya no investiga crímenes; ahora los coadministra con una eficiencia pasmosa.
Ha logrado el milagro de que su otrora investigado delincuente-compañero abandonara las ideas de izquierda; aquellas que construyó con esmero, lo llevaron al gobierno y mejoraron notoriamente su patrimonio. Shh, perdón.
Geraldo es paciente. Espera, con el traje de luto pronto, la alternancia; no por el voto de los ciudadanos, sino por la “biología”.
La moraleja que nos deja esta bellísima historia de amor político es profundamente reconfortante: en el mundo de los intereses personales, no hay enemigo que un buen reparto de poder no pueda convertir en alma gemela.
Al final, los discursos inflamados sobre la moralidad republicana verde-amarela no eran más que una rabieta de opositor despechado; cansado de tanta imitación frustrada de Sherlock, es mejor la vicepresidencia.
Porque, seamos honestos: ¿qué importa una “escena del crimen” que te deja una chacrita y un departamento cuando lo que está en juego es volver a tocar el poder con la lupa?

Alckmin y Lula
Pragmatismo político
Contradicción ideológica

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