La Anatomía de la Duplicación: El Estado que se devora a sí mismo
El Laberinto de la Inercia
El presente texto nace de una observación tan simple como devastadora: en el Uruguay contemporáneo, el Estado ha dejado de ser una herramienta de progreso para convertirse en un fin en sí mismo.
Exploremos los conceptos de vesania y deceit (engaño) no como abstracciones literarias, sino como los motores reales de una administración que cobra con rigor y dilapida con entusiasmo.
La vesania, esa falta de juicio que nos lleva a repetir errores esperando resultados distintos, se manifiesta hoy en la estructura misma de nuestro Estado.
Como bien ha señalado el economista Ignacio Munyo, habitamos un sistema donde las reparticiones públicas se duplican y triplican, no por una necesidad del ciudadano, sino por una inercia que nadie se atreve a cuestionar.
Es la locura de un organismo que crea un órgano nuevo para curar la ineficiencia del anterior, terminando por asfixiar al cuerpo productivo que le da vida.
Pero esta locura no es inocente; se sostiene sobre el deceit, el engaño institucionalizado.
Se nos dice que la alta presión fiscal es el precio inevitable de nuestra paz social y de nuestras políticas públicas.
Sin embargo, la analítica moderna y la Inteligencia Artificial han descorrido el velo: gran parte de lo que el Estado nos quita no se traduce en bienestar, sino en el financiamiento de una burocracia redundante.
El engaño reside en hacernos creer que el «gasto social» es sagrado, cuando en realidad una porción alarmante de ese gasto se consume en el peaje administrativo antes de llegar a su destino.
No intentamos sólo una crítica, sino un mapa de salida.
Inspirados en los modelos de eficiencia de naciones que decidieron dejar de mentirse a sí mismas, como Estonia o Nueva Zelanda, plantearemos la necesidad de una microcirugía estatal.
No se trata de recortar servicios, sino de extirpar la grasa que impide que el músculo funcione.
Al final del camino, la pregunta que queda es ética: ¿Hasta cuándo permitiremos que la dilapidación sea la norma?
INVITAMOS al lector a despertar del letargo del engaño y a exigir un contrato social donde lo que se cobra guarde, por fin, una relación honesta con lo que se devuelve.
La verdad es el primer paso para curar la vesania de un Estado que, en su afán de abarcarlo todo, corre el riesgo de no sostener nada.
CAPITULO I
En un acto en plena campaña del 2009, Luis Alberto Lacalle Herrera se refirió a las políticas sociales del Frente y prometió aplicar la «motosierra, firme y dura, a las viejas estructuras y a lo que está disfrazado de progresismo».
Luego aclaró ante el ataque político de que iba reducir la asistencia a los pobres: «Eso es una tergiversación, una picardía bien hecha, con éxito.
Yo no soy tan burro como para decir que voy a cortar el gasto social.
Para mí los rubros que se destinan a lo social no son gasto, son inversiones.
¿Qué político medianamente inteligente, y yo me considero inteligente, va a decir que va a cortar en vivienda o pobreza?»
«Pero calavera no chilla, perdí en cuanto a la imagen, y me ganaron los que la interpretaron, con la ayuda de la prensa, a dar vuelta una cosa que no soy tan tonto como para decirlo».
Durante su ponencia en la Asociación de Dirigentes de Marketing, su hijo, Lacalle Pou, decidió distanciarse de la expresión usada por su padre y aseveró que vendió «la motosierra» y compró «fertilizante».
En este sentido, hizo referencia a su modo de hacer política «por la positiva»; aseguró que «David le termina ganando a Goliat», en referencia a Tabaré Vázquez, remarcando que su triunfo se basará en una campaña de «derribar muros mentales».
Esa discusión económica sigue definiendo elecciones entre los que aumentan gasto a un Estado asfixiante y lo maquillan; y los que aplicarían la “motosierra”, o el “fertilizante”.
Hoy en el mundo es una discusión académica y política de primer orden.
Nosotros la tuvimos, y la mayoría decidió seguir inflando al Estado, sacrificando a quienes pagan esa “fiesta”, que, en definitiva, es una tragedia para todos.
Uno de los grandes hallazgos de los análisis de CERES, bajo la dirección de Ignacio Munyo, es la existencia de un «Estado espejo».
No se trata simplemente de que el Estado sea grande, sino de que es redundante.
El abuso administrativo se manifiesta cuando el diseño institucional pierde de vista su objetivo final para centrarse en su propia supervivencia burocrática.
La fragmentación como motor del gasto
El estudio de CERES revela que el Estado uruguayo opera con una fragmentación extrema.
Existen funciones críticas, como el apoyo a emprendedores o la atención a la primera infancia, que están dispersas en más de una decena de organismos diferentes.
Cada uno de estos organismos posee su propia estructura de mandos medios, su propio departamento de recursos humanos, su propia flota de vehículos y su propio sistema de compras.
Esta duplicación no solo es ineficiente; es una forma de deceit (engaño) al contribuyente.
Se le dice al ciudadano que el presupuesto destinado a «políticas sociales» es sagrado, pero los datos muestran que una parte desproporcionada de ese dinero se queda en el «peaje» de la burocracia antes de llegar al territorio.
Cuando hay tres oficinas en diferentes ministerios haciendo lo mismo, el ciudadano paga tres veces por un resultado que a menudo es nulo debido a la falta de coordinación y de recursos para todos.
El costo de la inercia
Munyo destaca que el presupuesto nacional se discute de forma incremental.
Esto significa que cada cinco años, los políticos debaten sobre el 1% o 2% de gasto nuevo, mientras que el 98% restante (el gasto inercial) se da por sentado.
En ese 98% es donde reside la dilapidación.
Reparticiones que fueron creadas para problemas de hace treinta años siguen vivas, consumiendo recursos y cobrando impuestos, simplemente porque nadie ha tenido la voluntad política de cerrarlas o fusionarlas.
Veámoslo en detalle en el próximo artículo.
