A middle-class citizen standing before a large institutional building symbolizing bureaucratic and fiscal pressure in modern democratic systems.

NUESTRA DICTADURA DEMOCRÁTICA – Parte 3

Aproximándonos al vaciamiento del esfuerzo y la inteligencia

El Exilio de la Inteligencia: Cuando la Democracia se Vuelve Confiscatoria
En nuestros países en donde supuestamente gozamos de soberanía popular, padecemos el síndrome del prisionero: cuando alguien está encerrado y no hace nada. Como no hace nada, está cada vez más entregado, y tiene cada vez menos ganas de rebelarse a una situación injusta.
Estamos llegando al nivel de la total desconsideración de ciudadano, y no apelamos a otra alternativa, convencidos que esta degeneración del sistema democrático, sigue siendo el menos malo de los sistemas de gobierno considerados todos los demás.
La clase media ha descubierto una verdad amarga: no se es ciudadano, se es un activo financiero del Estado.
La retórica oficial sostiene que el absolutismo fiscal inevitable; es el precio de la convivencia, pero para el profesional, el emprendedor, el obrero y el creativo, ese precio ha pasado de ser una contribución a ser una expropiación vital.
El Rehén de Clase Media
La clase media vive en un estado de explotación administrativa.
Es el único estrato económico-social que no es lo suficientemente pobre para recibir asistencia, ni lo suficientemente influyente para acceder a exoneraciones.
Está en el peor de los mundos fiscales: cae cada vez que quiere superar su mediocridad en un grado mayor de saqueo, y si no lo intenta es empujado hacia abajo por la requisa de la formalidad.
Sobre sus hombros cae el peso de un sistema que:
Fija valores ficticios: El Estado decide cuánto vale tu casa o tu auto, no para el mercado, sino para calcular cuánto más puede succionarte.
Penaliza el éxito: El esfuerzo se grava con una progresividad que roza lo punitivo al salario. Cada hora extra de trabajo adicional es, en realidad, una donación forzada creciente a una burocracia que se la apropia sin rendir cuentas.
Mientras tanto el argumento hipócrita que debe algo al que menos tiene, beneficia únicamente al redistribuidor político. Y vuelve a la carga.
Monopoliza los servicios: Pagas impuestos por seguridad que no recibe, por salud que demora y lo destrata, y por educación que impide formarse para mejorar.
Debes terminar pagando de nuevo, en el sector privado, si puedes, todo lo que no pagaste, no recibiste, o te cobraron, con la impunidad de un ladrón autorizado .
Es el «doble peaje» de la existencia.
La Exportación de Talentos: La Fuga de los «Expropiados»
El fenómeno más trágico de este absolutismo moderno no es, únicamente, la pérdida de dinero, sino la exportación de futuro.
El talento, el esfuerzo, y el aporte joven durante su tiempo laboral, ese «oro gris» que no necesita chimeneas para producir, ha entendido que la movilidad ascendente es imposible cuando el Estado te pone un techo de cristal de impuestos y precios públicos para despojarte hasta la miseria.
«No se van por falta de oportunidades, se van por falta de propiedad sobre su propia vida.»
Cuando un programador, un ingeniero, un obrero, o un artista decide emigrar hacia donde lo respetan, con mayor libertad económica, no está huyendo de sus deberes cívicos.
Está huyendo de un Engaño sistémico que utiliza la palabra «democracia», para camuflar una estructura asfixiante de vasallaje burocrático, político, y tecnológico.
Para estos jóvenes, el argumento de que «así es la democracia» suena a sarcasmo.
Saben que una democracia sólo les permite votar; mientras les confisca el 50% o 60% del fruto del talento y sacrificio —entre impuestos directos, indirectos, el costo inflado de tarifas públicas y servicios anómicos— ha dejado de ser una sociedad de hombres libres para convertirse en una estancia político-burocrática donde los ciudadanos son el ganado.
El Destino del «Estado Absolutista»
Aún peor que los monarcas franceses del siglo XVIII cuyo cuello estaba en cuestión, estos gobiernos en el 2026 ignoran que el capital más volátil no es el dinero en el banco, sino la esperanza.
Al expropiar la capacidad de ahorro y la propiedad privada bajo el arbitrio burocrático, el Estado está logrando su propia ruina, y por cierto, la de sus agónicos explotados.
Se están quedando con el control total de un territorio vacío de ambición, habitado solo por aquellos que no pueden huir, y por una clase política que, en su ceguera, sigue creyendo que el poder de fijar el monto es el poder de exterminar la riqueza.

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