An unbalanced institutional scale where the executive branch outweighs the legislative and judicial branches in a dark, abstract setting.

El fracaso de los pesos y contrapesos en las democracias modernas.

Cómo el poder ejecutivo, la disciplina partidaria y la captura judicial erosionan el equilibrio institucional y derivan en autocracias electivas.

El sistema de checks and balances (pesos y contrapesos) constitucional es una falacia utópica de un mecanismo democrático donde los poderes ejecutivo, legislativo y judicial debieran limitarse mutuamente para evitar los abusos de la concentración de poder.
La sola definición mueve a risa, en estos tiempos en los que supuestamente el poder “dividido y balanceado”, debiera permitir a cada rama controlar, vetar o revisar las acciones de las otras, garantizando el Estado de derecho humanamente perfecto.
Con esta supuesta división del poder político, Montesquieu nos vendió un sistema idílico para evitar la tiranía y proteger “nuestra” libertad.
En “El espíritu de las leyes” consumó la tiranía posmoderna y extinguió nuevamente la libertad responsable del individuo de decidir en qué sociedad vivir.
Con sibilina sofisticación los degenerados de siempre regresan subrepticiamente a la concentración política del poder, eliminando todo vestigio de rebelión a sus abusos, haciendo volar por el aire a los supuestos contrapesos, para dotar al sistema de una precisión maquiavélica de mandar, y cumplir los designios más abyectos de quienes detentan el poder.
El viejo absolutismo monárquico se ha perfeccionado de tal manera como nunca jamás pudo avanzar, vendiéndonos la ilusión de que elegimos nuestros representantes, elegimos a quienes ejercerán, divididos, el poder ejecutivo y el legislativo, garantizando a la minoría la participación en las decisiones.
Y, por si fuera poco garantizar un proyecto político que satisface todos nuestros deseos, tal como si fueran órdenes de felicidad económica y social colectiva.
Para garantizarnos el resultado, dotamos al poder judicial de un control adicional de constitucionalidad y salvaguarda de “nuestros” derechos.
¿Qué podría salir mal?
Parafraseando a Churchill, en su multicitada frase antes del sacrificio: «Os dieron a elegir entre ser responsable de tus decisiones o la comodidad de delegarla en otros. Elegisteis la comodidad y ahora tendréis tu libertad violada y te someterán los otros».
En un discurso de 1790 del estadista irlandés John Philpot Curran, dijo: «La condición bajo la cual Dios ha dado la libertad al hombre es la vigilancia eterna».
Esta delegación ingenua de aquella libertad, ser individualmente responsable de decidir tu destino, pretendía que quienes asumían aquellos tres poderes eran seres superiores, absolutamente probos, irreductiblemente incorruptibles, perfectamente sabios, y, por cierto, absolutamente ajenos a conspirar contra tus derechos y apropiarse de tus cosas.
Una torpeza que sorprende, particularmente cuando se supone que las revoluciones cuestan vidas para mejorar la situación contra la que el individuo se rebela.
Y se ha sostenido hasta la fecha, apenas interrumpida cuando el fracaso llega a ser rotundo, la corrupción insoportable, y el abuso absoluto.
Volviendo a repetir el plato de entregar el poder cada vez más arrodillados, sometido a la falibilidad humana (incapaz de entender todo y resolver de la manera perfecta), a la falacia de la virtud permanente de algunos “diferentes”, y a la imposibilidad absoluta de que la maldad se concierte en una asociación para delinquir gubernativa.
Cualquiera con buena fe, que sufra los efectos de la “maldad insolente” que advirtiera Discépolo, perpetuada desde el origen de este mundo, correrá el velo de esta farsa, y apreciará las consecuencias inevitables de esta supuesta “separación” política de poderes.
En las constituciones que juramos defender, la división tripartita del poder de Montesquieu adolece, en la posmodernidad, de realismo autonómico, y conforma una línea político-ideológica que repite la causa: el Ejecutivo que tiene la bolsa, y hace bailar a los demás poderes a su arbitrio, a veces fatal.
Este análisis toca el nervio de una discusión política contemporánea muy profunda: la erosión del equilibrio de poderes y la metamorfosis de las democracias representativas en regímenes de fuerte tinte presidencialista o «autocracias electivas».
Una vuelta a la monarquía, disfrazada de democracia, que rara vez acierta con un monarca idílico, altruista, respetuoso, y considerado defensor de los derechos de sus súbditos.
El Ejecutivo como Legislador de Facto
En la teoría de Montesquieu, el Legislativo es el corazón del Estado, sin embargo, nos trajo:
Iniciativa Exclusiva: El Ejecutivo monopoliza la agenda mediante proyectos de presupuestos que el Parlamento apenas puede modificar, muchas veces, para extraer más dinero de sus súbditos.
Disciplina Partidaria: Los legisladores votan en bloque oficialista, convirtiendo al Parlamento en una «escribanía» del Gobierno en lugar de un órgano de perfeccionamiento y control.
La Judicialización y la Fiscalía
Si el sistema penal se basa en la transacción (procesos abreviados) y la Fiscalía depende administrativamente del Ejecutivo, carece de autarquía financiera, pierde la imparcialidad de tercero imparcial.
La justicia, cuyos soportes humanos son designados por acuerdo político, en los que el Ejecutivo es mano, se vuelve una herramienta de gestión política o administrativa de castigo selectivo, más que una búsqueda de la verdad jurídica.
La Inversión del Control del Gasto
Originalmente, los Parlamentos nacieron para poner límites a los impuestos del Rey (el principio de no taxation without representation).
La Paradoja: Hoy, los Parlamentos suelen presionar para aumentar el gasto (repartija de dinero ajeno) en busca de clientelismo electoral, mientras que el control restrictivo queda en manos de tecnocracias del Ejecutivo (ministerios de Economía), que calculan cuánto se pueden endeudar para satisfacción electoral en la próxima contienda.
Ha desaparecido el rol supuesto de vigilancia del abuso al contribuyente.
¿Hacia una Monarquía Posmoderna?
Lo que vivimos se asemeja a lo que algunos politólogos llaman «Presidencialismo Hegemónico».
La diferencia con las monarquías autoritarias de antaño es la legitimidad de origen: el gobernante es elegido, pero una vez en el poder, ejerce facultades que anulan la independencia de los otros dos pilares; y entre los tres se abusan de nosotros.
Una violación colectiva de nuestras libertades, derechos, y propiedad, de la que es imposible defenderse, dado que concentran todas las herramientas de sujeción a su voluntad, por infame que sea.
Tocamos el nervio de una discusión contemporánea profunda: la erosión del equilibrio de poderes y la metamorfosis de las democracias representativas en lo que muchos llaman «autocracias electivas», que siempre están cargadas de ideologismos que coadyuvan al sometimiento de los disidentes.
Continuaremos.

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