De la guerrilla tupamara a la gestión del Estado, una crítica a la memoria política que separa la violencia revolucionaria de sus consecuencias institucionales.
LA SEGURIDAD PÚBLICA EN MANOS NEGRAS
Crónica de la inocencia interrumpida: cuando las armas tenían mejores intenciones que la gramática
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Hay algo profundamente tierno —en el sentido más veterinario del término— en la persistente ilusión uruguaya de que la historia de un país se define en las actas de una escribanía o en el mostrador de un boliche a la hora del vermut.
Durante décadas, la comarca se miró al espejo con la suficiencia de quien se sabe el alumno aplicado de la clase media global: el país de la sopita tibia, del boleto suburbano subsidiado y del presidente que iba al cine sin custodia, comprando las golosinas con el vuelto exacto.
Pero, ay, el trópico mental siempre encuentra la manera de colarse por las rendijas del Palacio de gobierno, aunque el trópico aquí sea de brumas, playa y ron.
Resulta que un grupo de entusiastas muchachos de los años sesenta, provistos de una vocación pedagógica implacable y una bibliografía de manual de guerrilla de cabecera, decidió que la mejor forma de explicarle la plusvalía al cajero de un banco del interior era mediante el método persuasivo del plomo caliente y el secuestro exprés.
Eran los tiempos en que la política nacional sufría de una grave insuficiencia de épica marxista-leninista, carencia que los abnegados Tupamaros se propusieron subsanar a los tiros, convencidos de que la libertad se conquista asaltando bowlings o llevándose por delante la ciudad de Pando.
Lo fascinante de la tesis historiográfica criolla es esa maravillosa alquimia causal que reduce los descalabros institucionales del continente a un par de excepciones caprichosas.
Como si la historia universal fuera una partida de truco donde un par de vivillos se avivaron antes de tiempo y arruinaron el recreo.
Sostener que, sin esos traviesos muchachos y sus entrañables socios del Partido Comunista —siempre dispuestos a afinar el violín ideológico mientras sonaba la marsellesa soviética—, el Uruguay habría transitado por la senda de la concordia perpetua como un tranvía eléctrico sin roturas de stock, es de una ingenuidad supina.
Es la versión rioplatense del Edén antes de la serpiente: un Edén donde nadie cobraba impuestos de más, los sindicatos discutían el precio del asado con corbata michi, y los militares caribeños pasaban las tardes tomando ron y fabricando juegos para niños.
Por supuesto, la realidad suele ser un poco más desprolija que un editorial de bronce.
Atribuirle a un único factor el temblor de las estructuras institucionales es ignorar que los teatros de operaciones no se incendian solo porque alguien pasa con un fósforo, sino porque el rancho ya estaba lleno de viruta seca y corriente de aire.
Pero en el reino de la nostalgia de izquierda, la culpa siempre la tiene el vecino que llegó tarde a la repartija de la utopía o el que les impide saltarse los escalones de la legalidad burguesa, con la excusa de que deben combatir el delito.
Hoy, mirados a la distancia, aquellos guerrilleros de cafetín que terminaron firmando decretos ministeriales y repartiendo subsidios con la misma naturalidad con la que antes robaban un camión de caudales o secuestraban al cónsul brasileño, nos recuerdan que en el fondo el Uruguay es un país extraordinariamente indulgente.
Aquí nadie se jubila del todo de su pasado; simplemente lo recicla con un gajo de menta y un buen asesor de imagen. Pasa de un saque de terrorista a “una vida suprema”; que amerita ignorar cómo compró una chacra sin ingresos previos.
Algunos tienen motivos para quejarse. Eran una parte popular de la democracia cansina esperando la conformación suficiente de focos de revolucionarios en la enseñanza y la industria; apenas contaban con un arsenal en ciernes, natural argumento de convicción de opositores de cualquier partido político institucionalizado, cuando el arrojo adolescente de los Tupas generó un tsunami que los arrastró al calabozo.
Nunca perdonarán semejante afrenta del sistema que querían destrozar, pero, que aún nada atisbaba que fueran a usar semejante arsenal ruso-caribeño, cuando impunemente fueron considerados pre-terroristas.
Al fin y al cabo, si algo nos enseñó esa entrañable épica de barricada es que en el Uruguay hasta las revoluciones más feroces terminan, tarde o temprano, discutiendo pensiones graciables en una comisión parlamentaria.
Algunos malpensados suponen que aún en democracia, aquellos viejos recaudadores, para hacer caja, salen de vez en cuando de caño, por pura nostalgia.
Otros tantos, atribuyen a esos mismos atavismos ideológicos imborrables, esa empatía con quienes hacen “trabajos” contra el capitalismo en bolsillo ajeno, que el sistema perverso considera, aviesamente, acciones delictivas,
Otros más ingenuos, esperan seguridad pública de quienes creen “legítimamente” en democracia, que el sistema es una creación perversa a destruir, de un imperio tozudo en abusarlos.
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