Rural Uruguayan general store connecting everyday products, distribution and local life.

Carrau: cuando el comercio cambia la cultura

De una pulpería fundada en 1843 a una red nacional de distribución: la historia de una familia empresaria que conectó productos, personas y oportunidades durante más de 180 años.

CARRAU: CUANDO EL COMERCIO CAMBIA LA CULTURA
Una pulpería fundada en 1843, una partida de bombachas llegada desde Europa, Yerba Sara, almaceneros perdidos en la campaña y una conversación durante una cena en Londres.
La historia de una familia empresaria que lleva más de 180 años conectando personas, productos y oportunidades.
Por Santiago H. Pereira Testa

En 1996 integré una delegación comercial uruguaya que viajó a Inglaterra para asistir al Royal Show, en una actividad vinculada a la Cámara Británica y la Embajada Británica.
Yo vivía todavía en Tacuarembó y presidía la asociación comercial del departamento.
En aquel viaje compartí bastante tiempo con Ernesto Carrau.
Disfruté enormemente de sus historias. Una de ellas nunca la olvidé.
Tenía que ver, curiosamente, con algo que cualquier uruguayo considera naturalmente propio.
La bombacha de campo.
Según me contó Ernesto, después de la Guerra de Crimea había quedado en Inglaterra una partida de aquellos enormes pantalones confeccionados para las tropas turcas.
Por una de esas peripecias del comercio marítimo del siglo XIX, el cargamento terminó en Montevideo.
Reembarcarlo costaba más que liquidarlo. Fue a remate.
Y, según la tradición que conservaba la familia, Carrau compró aquella partida por monedas.
Después hizo aquello que sabía hacer. La distribuyó por la campaña.
Los hombres de campo encontraron esos pantalones amplios particularmente cómodos para montar y trabajar. Los compraron. Los usaron.
Y terminaron adoptándolos.
Años después tuve oportunidad de contarle aquella historia a Fernando Assunção, probablemente el investigador más importante que tuvo Uruguay sobre la cultura gauchesca. La historia terminó incorporada a uno de sus libros.
Assunção había estudiado el origen de la bombacha y recogía efectivamente la vinculación tradicional de la prenda con los amplios pantalones utilizados por tropas de origen turco y con los excedentes europeos posteriores a la Guerra de Crimea. También encontró documentación que demostraba que prendas semejantes ya circulaban en el Río de la Plata antes de aquella guerra, por lo que la historia de su origen es seguramente bastante más compleja.
Pero lo que me había contado Ernesto agregaba para mí otro elemento fascinante. El comerciante.
Porque las costumbres tampoco viajan solas. Alguien transporta los objetos.
Alguien los compra. Alguien descubre que pueden venderse.
Alguien los lleva hasta lugares donde nunca habían llegado.
Y alguien encuentra para ellos un uso diferente de aquel para el cual fueron originalmente fabricados.
Después ocurre algo extraordinario.
Una mercadería extranjera aparece circunstancialmente en un puerto.
Un comerciante detecta una oportunidad. Los almacenes la llevan hasta la campaña. Los paisanos la encuentran útil.
Una generación después ya nadie recuerda de dónde vino.
Y mucho tiempo más tarde la consideramos parte de nuestra identidad.
Así es como el comercio también cambia la cultura.
Aquella historia me hizo recordar otro detalle de Ernesto que me había sorprendido durante el mismo viaje.
Conocía a los almaceneros de Tacuarembó.
No solamente a los grandes comerciantes de la capital departamental.
Me hablaba de pequeños almacenes ubicados en pueblos perdidos de la campaña y sabía perfectamente quién estaba detrás del mostrador.
Yo conocía naturalmente mi departamento.
Por eso podía apreciar la dimensión de lo que estaba viendo.
Ernesto no conocía “el mercado del interior” como una abstracción escrita en un informe comercial. Conocía a las personas. Y hasta sus familias.
Mucho después comprendí que allí probablemente hubiera una de las explicaciones de la longevidad de Carrau.
Una verdadera empresa de distribución no consiste solamente en colocar cajas sobre un mapa. Consiste en construir relaciones.
Y la historia de esa particular manera de comerciar había comenzado más de un siglo y medio antes de nuestro viaje.
Juan Carrau y Ferrés llegó a Montevideo el 17 de noviembre de 1841.
Uruguay tenía apenas once años de vida constitucional.
Dos años después, con apoyo de la familia catalana Castells, adquirió una modesta pulpería sobre el Camino Real, aproximadamente donde hoy se cruzan 18 de Julio y Paraguay.
La llamó El Navío.
Vendía vino, yerba, aceite, jabón y otros productos elementales de aquel Montevideo todavía pequeño.
De esos primeros tiempos quedó también una frase atribuida al fundador: “Con buen vino, buena yerba, buen aceite y buen jabón el negocio no puede fracasar”.
Y un lema que sobreviviría durante generaciones: “Honradez y Probidad”.
En 1855 Juan llamó a sus hermanos Pablo y Pedro para incorporarlos al negocio.
En 1868 regresó a Cataluña y sus hermanos transformaron aquel viejo almacén minorista en una casa mayorista.
Nacía Carrau & Cía.
Importaban aceite, azúcar, tabaco y vinos.
Exportaban tasajo, cueros secos y otros productos uruguayos.
La pulpería se había convertido en empresa de comercio exterior.
Y allí aparece una primera explicación de su supervivencia.
Carrau nunca se limitó a seguir haciendo aquello con lo que había comenzado.
Una empresa que hubiera permanecido esperando clientes detrás del mostrador de una pulpería del Camino Real habría desaparecido junto con aquel mundo.
Carrau cambió.
Fue minorista. Mayorista. Importadora. Exportadora. Industrial. Propietaria de marcas. Representante de compañías internacionales. Distribuidora. Operadora logística.
Cada generación recibió una organización de la anterior. Pero ninguna pudo limitarse a conservarla.
En 1912 la historia familiar quedó vinculada además con uno de los acontecimientos más conocidos del siglo XX.
Francisco Carrau Rovira había viajado a Europa por negocios y regresaba acompañado por su primo José Pedro Carrau Estévez.
El barco era el Titanic. Ambos murieron en el naufragio. La empresa continuó.
En 1918 creó una marca que terminaría formando parte de la vida cotidiana de generaciones de uruguayos.
Yerba Sara. Más de un siglo después continúa en el mercado.
Otra vez ocurre algo parecido a la bombacha.
Pocas cosas nos parecen más naturalmente uruguayas que tomar mate.
Sin embargo, la yerba no crece naturalmente en nuestros campos.
Detrás de ese producto cotidiano hubo que organizar abastecimiento, selección, elaboración, importación, almacenamiento, marca, transporte y distribución.
Alguien tuvo que conseguir que aquella yerba llegara finalmente hasta el almacén de un pequeño pueblo de Tacuarembó.
Quizá por eso resultaba menos sorprendente que Ernesto conociera al almacenero.
Formaba parte del negocio.
Durante el siglo XX Carrau continuó transformándose.
En 1944 se convirtió en sociedad anónima.
En 1960 comenzó a elaborar en Uruguay el whisky Old Times, que anteriormente importaba desde Escocia.
En 1969 incorporó la representación de Castrol, relación comercial que la empresa mantiene hasta hoy.
Y volvemos entonces a Londres en 1996.
En una de las cenas a las que fuimos invitados yo había quedado sentado junto al gerente de United Distillers. Ernesto se acercó.
Me preguntó si podía cambiarle el lugar para sentarse junto a él. Naturalmente acepté.
Pasaron buena parte de la cena conversando.
Mi recuerdo es que de aquella relación terminó surgiendo para Carrau la representación de Old Parr, que hasta entonces no tenía.
Lo interesante es que existe además un dato documental que sitúa perfectamente aquella escena.
Precisamente en abril de 1996 se había concretado una asociación denominada United Distillers Carrau para comercializar en Uruguay marcas internacionales del grupo británico.
Una publicación de aquel año mostraba incluso juntos a Ernesto Carrau, Ernesto Carrau hijo y al gerente general de United Distillers.
No puedo saber qué parte exacta de aquel negocio se decidió durante esa cena. Sí puedo contar lo que vi.
Ernesto identificó inmediatamente a la persona con quien le interesaba conversar. Vio una oportunidad. Me pidió el lugar. Se sentó. Y habló de negocios.
Puede parecer una pequeña anécdota social. A mí me parece exactamente lo contrario. Eso también es oficio empresarial.
Reconocer una oportunidad cuando aparece y saber qué hacer con ella.
Hay empresas que sobreviven porque poseen enormes activos.
Otras porque tienen una patente. Una mina. Una tierra excepcional. Una tecnología difícil de reproducir.
La ventaja competitiva de una distribuidora es bastante menos visible.
Consiste muchas veces en una enorme trama de relaciones construidas durante décadas.
Con proveedores. Con marcas internacionales. Con supermercados. Con almaceneros. Con transportistas. Con vendedores. Con consumidores. Con personas.
En una entrevista realizada años después, integrantes de Carrau explicaban que la empresa se encontraba en manos de miembros de la quinta y sexta generación y que una de las claves para conservarla había sido evitar la fragmentación indefinida de la propiedad familiar.
Cuando las generaciones crecían, quienes permanecían vinculados a la empresa procuraban recomprar participaciones y volver a concentrar la dirección.
Había además una expresión familiar reveladora. Los jóvenes crecían dentro de “el almacén”. No era solamente una empresa heredada. Era un oficio aprendido.
Otro Ernesto Carrau, ya representante de la sexta generación, explicaría después que consideraba una obligación desarrollar la empresa para poder entregarla a las generaciones siguientes.
La expresión merece atención. No recibirla. Entregarla.
Hay una enorme diferencia entre ambas cosas.
Actualmente Carrau continúa siendo una gran organización de distribución. Declara más de cinco mil clientes propios, decenas de vendedores y vehículos dedicados a llegar al mercado nacional.
Pero cuando veo esos números recuerdo otra cosa.
A Ernesto hablándome del dueño de un pequeño almacén en un pueblo perdido de Tacuarembó.
Probablemente allí estuviera la verdadera infraestructura de Carrau. No solamente en los depósitos.
En la memoria. En el conocimiento del territorio. En las relaciones construidas durante generaciones.
Y entonces vuelvo a aquella historia de las bombachas.
No importa demasiado si aquel cargamento fue exactamente el primero que llegó al Río de la Plata o si la prenda ya había comenzado a circular por otros caminos. Lo que importa para esta historia es otra cosa.
Una empresa comercial puede parecer menos espectacular que una gran fábrica. No tiene chimeneas. No transforma acero. No extrae petróleo. No fabrica automóviles.
Pero conecta mundos.
Lleva un producto desde un puerto europeo hasta un almacén perdido en la campaña.
Lleva una marca internacional hasta un consumidor uruguayo. Lleva yerba brasileña hasta un mate oriental. Conecta a un ejecutivo británico con un empresario montevideano durante una cena.
Y algunas veces pone en circulación objetos que terminan modificando nuestra manera de vestir, consumir o vivir.
Eso también crea riqueza. Y algunas veces crea cultura.
Cuando Juan Carrau abrió El Navío en 1843 difícilmente pudiera imaginar que más de 180 años después una empresa continuaría trabajando bajo su apellido.
Yo tampoco podía imaginar, durante aquella visita a Inglaterra en 1996, que treinta años después terminaría recordando las historias de Ernesto para intentar comprender por qué aquella empresa había sobrevivido tanto tiempo.
Pero hoy creo que lo entendí un poco mejor.
Carrau no sobrevivió haciendo siempre lo mismo. Sobrevivió haciendo esencialmente algo mucho más profundo.
Conectando personas con oportunidades.
Desde una pulpería del Camino Real hasta los almacenes de la campaña.
Desde un cargamento llegado por mar hasta una prenda que terminaríamos creyendo nuestra.
Desde un ejecutivo sentado en una cena en Londres hasta un nuevo negocio en Montevideo.
El comercio también construyó Uruguay.
Y algunas veces, sin que nos demos cuenta, ayudó incluso a construir aquello que llamamos tradición.

Comercio y transformación cultural
Distribución y relaciones comerciales
Continuidad de la empresa familiar

Continuar leyendo en De Lafone a Jodal

Apoyá la continuidad de Perspectiva Liberal

Perspectiva Liberal es un espacio editorial independiente. Si valorás este trabajo y querés colaborar con su continuidad, podés hacerlo mediante un aporte voluntario a nuestra cuenta Prex.

Cuenta Prex: 13440

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll to Top