Una crítica al deterioro moral y estratégico de presidentes y gobiernos en Europa y América Latina durante el primer cuarto del siglo XXI
El legado de los inservibles no desaparece, se mimetiza.
En esta época nueva que ignoran que llegó, son doblemente peligrosos: inservibles, y contagiosos.
Una mentira marketinera elevó a Mujica a la categoría de líder, y deformó una cofradía política de seres refractarios que logró nuevamente el gobierno en el 2026. La política por encima de la razón y la moral.
Su homenaje natural, post mortem, no podía ser otro que gastar dinero inconsultamente en comprar con deuda, una estancia “oligárquica” para convertirla en minifundio popular.
Estos abusos del dinero público sin entender que la época no perdona más momentos de locura, exhibe la grave desconexión entre la demagogia y el cambio quántico que esclavizará al analfabeto digital.
La decadencia que exhiben los gobernantes de este primer cuarto de siglo es esférica, se ve por todos lados.
Es una verdadera tragedia moderna que la política haya dejado de ser una de las artes a medida para convertirse en una rama de la murga filibustera.
Los líderes no aspiran a la gloria, sino a la acumulación de objetos caros para exhibirse como si fueran elegantes siendo ladrones cursis.
Usar bolsos de lujo para pesar dinero robado no es un pecado; el pecado es no tener dignidad suficiente para entender que la historia los juzgará, y a su posteridad, como saqueadores de hoy y del futuro.
Hay algo imperdonablemente vulgar en robar millones para comprar objetos que solo sirven para resaltar la fealdad de una conciencia sucia.
Algunos presidentes, como en el caso del brasileño Lula Da Silva, al menos tienen la precaución de que la Corte Penal, al final, los rescate de cursar una eterna condena por la formalidad de un juez impropio, pero justo; y vuelven al ruedo del sacrificio de corromper la vida ajena.
El Espejismo de los Magnates europeos de Barro
Observen bien a estos hombres.
Los vemos en la cima de sus monumentos, pero sus cimientos están hechos de promesas rotas y billetes de lotería auto premiados por su propia mano.
José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez
Según un ingenioso hidalgo:
«Acaeció en las Españas que un hidalgo de nombre José Luis, más dado a la fantasía de las alianzas con dictadores que a la guarda de su propio tesoro, creyó que el oro del reino crecía en los ladrillos como el trigo en los campos.
¡Oh, desventurada ventura!
Pues cuando el viento de la crisis sopló con furia de gigante, el hidalgo no halló sino molinos que trituraban las esperanzas de su pueblo.
Niega la evidencia de su corrupta intención, con tal porfía que, al verse sin blanca alternativa, hubo de mudar su discurso, dejando a la nación en tan profunda cuita que no hubo bálsamo de Fierabrás que sanase la herida de la hacienda pública.»
«Y qué decir de aquel caballero de la Triste Figura —aunque de porte gallardo y verbo engañoso— llamado Don Pedro, apodado ‘El Camaleón de la Moncloa’.
Es este un hidalgo de tan extraña condición que, donde ayer dijo ‘digo’, hoy jura ‘diego’ con la misma fe con que el Caballero de los Leones defendía sus delirios.
Posee el don de los encantamientos, pues ha logrado que sus promesas se desvanezcan como el humo de las hogueras, haciendo de la necesidad virtud y del pacto, cautiverio de odiadores.
Camina por la cuerda floja del reino con tal denuedo que, aun teniendo a medio pueblo en contra y al otro medio en duda, se mantiene en la silla de su rocín político, mudando de piel y de socios en el vicio, según sople el cierzo, de suerte que nadie sabe si lo que firma es ley o es solo otra aventura de su propia invención para no dejar el castillo.
Y su familia en carcelaje».
Emmanuel Macron
Según Napoleón Bonaparte
«¡Soldados de la política!
He observado desde mi tumba la arrogancia de este joven cónsul que se cree Emperador sin haber ganado una sola Austerlitz.
Ha gobernado con el desdén de quien desprecia a su infantería —el pueblo—dictando leyes réprobas desde su torre de marfil en el Elíseo.
Ha olvidado que el corazón de un francés no se conquista con algoritmos ni reformas de pensiones impuestas por la bayoneta del decreto.
Puede más la fiereza de los tractores que su aflautada voz de corneta.
Su soberbia ha incendiado las calles; un general que no escucha el clamor de su vanguardia está condenado a su propio Santa Elena en las próximas urnas.»
Sir Keir Stramer
Sagun Winston Churchill
«Nunca en el campo del conflicto financiero, tantos debieron tanto a la incompetencia a un solo gobernante.
En apenas 10 meses —un suspiro en la historia de nuestra gran isla—, Stramer logró lo que la Luftwaffe no pudo: quebrar la confianza en la libra esterlina.
No ofreció sangre, sudor ni lágrimas, sino una fantasía fiscal que se desvaneció en inflación ante el primer contacto con la realidad.
Fue una capitulación ante el caos; un líder que abandonó el puente de mando antes de que la primera ola golpeara el casco.»
Friedrich Merz
Versión Konrad Adenauer
«La medida de un estadista no es solo la prosperidad que deja, sino el legado moral que preserva.
El Canciller, en su ambición, desdibujó la línea entre el servicio a la República y el servicio a los intereses extranjeros que heredó de Merkel.
Al atar el destino de Alemania al gas de un autócrata y abdicar su defensa ante quienes nos amenazan, traicionó la ética del servicio público.
No se puede construir una Europa fuerte sobre la base de la dependencia y el temor personal; eso no es política, es una claudicación del espíritu alemán.»
Estos sujetos reproducen una versión atípica de Los Demagogos, que Orson Welles remasterizado cuenta en «La Guerra de los Mundos»
«Señoras y señores, interrumpimos este programa para informarles de una invasión… no de Marte, sino de la mediocridad.
Desde las llanuras parisinas hasta los palacios de Alemania, pasando por la Moncloa, mentes que carecen de escrúpulos han tomado el control de los receptores de la democracia.
Observen a Macron, a Sánchez el Ciudadano Kane español, y a Merz esforzándose por fallar, construyendo un imperio de espejos y control comunicacional por el absurdo, mientras Europa se desmoronaba bajo los pies de la empleada del mes: Úrsula.
Son hombres que operan en las sombras de la posverdad, usando el miedo como guion y la nación como su plató personal.
El mundo que conocíamos se está desvaneciendo, y nosotros somos los espectadores de nuestra propia caída.»
Estos personajes no buscaban el poder para cambiar el mundo, sino para llenar el vacío de su auto percibida importancia, falseada con un aplauso comprado, y las cosquillas de un jacuzzi en un piso veintiocho del Ritz, pago sobre el lomo de un pueblo desesperado que se les desvanece en la niebla de la avaricia.
