Broken crown symbolizing the crisis of democratic legitimacy

Democracia cuestionada

Cuando las democracias toleran fuerzas que buscan destruirlas surge una pregunta inevitable: quién ejerce realmente el poder.

– El dilema de la tolerancia democrática
– El poder fuera del circuito democrático
– La fragilidad estructural de la soberanía popular

En nuestras últimas notas hemos ido revisando las respuestas de distintos países con respecto a la legalización de organizaciones políticas que sustenten concepciones contrarias al sistema democrático.
Así, nos preguntábamos si una democracia que prohíbe al nazismo y al comunismo pierde su legitimidad.
¿Se estaría contrariando el derecho a la libertad de expresión?
¿Dónde quedarían esas palabas esculpidas en los textos fundacionales que garantizan las distintas formas de ejercer la libertad?
¿Pasarían las Constituciones liberales a «apacentarse de viento» como dice el Eclesiastés?
Vimos las posiciones de algunos autores como Popper, Schmitt, o el uruguayo Rodolfo Fattoruso.
La idea central manejamos es la de que si una democracia es ilimitadamente tolerante termina por ser destruida.
Peor aún: se suicida.
Los intolerantes acabarán con la tolerancia.
Se trata de movimientos que: niegan el pluralismo, rechazan las reglas democráticas, justifican la violencia como «partera de la Historia», utilizan las libertades de la democracia para suprimirlas.
Así, razona Popper la necesidad de practicar una autoprotección institucional.
No puede perdurar una democracia que no tenga, instituciones fuertes, claras reglas, posibilidades efectivas de alternancia y una debida protección de las minorías.
Pero, Popper advierte que el peligro aducido debe ser real, y no transformarse en un expediente de persecución de disidentes.
Para Popper el problema está en el riesgo externo, los actores intolerantes
La pregunta es entonces, ¿qué se entiende por un peligro real?
¿Aplica aquí aquello de perro que ladra no muerde?
Refrán que, además, tiene la otra lectura: si no ladra, ¿muerde?
¿No será mejor prevenir?
John Rawls sustenta otro criterio.
No es ya el amigo-enemigo de Schmitt.
El autor estadounidense piensa la democracia planteándose cuál sería la sociedad que combinara justicia y estabilidad.
Así, introduce el concepto de razonabilidad.
Hay doctrinas razonables y otras que no lo son.
Igual que Popper, plantea solo el problema de la tolerancia desde el punto de vista del estado como si fuera la única fuente de poder
Fattoruso aborda su análisis apuntando a la práctica histórica concreta en Uruguay y la región.
El núcleo de su planteamiento radica en que el liberalismo no se defendió solo con leyes, sino con coerción, excepción y fuerza organizada, incluso mientras proclamaba derechos y libertades.
Aunque no lo admitiera discursivamente, el liberalismo siempre fue defensivo.
Y esa es la postura que desarrolla en su «Liberalismo Armado».
Eso no significa negar la existencia de otras formas de poder no tan visibles.
¿O acaso no lo tienen las corporaciones económicas, los aparatos mediáticos, los ONGs transnacionales, los lobbies ideológicos, las redes criminales, o los organismos «técnicos» sin control democrático?
Y las múltiples combinaciones a que pueden dar lugar esas otras fuentes.
Sin duda ejercen un poder que no pasa por el estado.
Un poder que está fuera del circuito democrático.
Y cada categoría tiene su propia forma de coacción.
Desde el «plata o bala» narco, al ahogo financiero o la cancelación.
¿Dónde queda entonces, la soberanía popular?
¿Alcanza con votar cada cuatro o cinco años?
¿La alternancia partidaria produce algún cambio estructural?
Es que el poder se ejerce sin necesidad de declararse como tal.
Y eso vuelve difícil hasta la crítica clásica, porque ya no se sabe a quién dirigirla.

Explorar más análisis estratégicos en la sección Orden Global y Geopolítica

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