El negocio siempre es para los “compañeros”
EL PUERTO “SECO”, SORDO Y MUDO
El negocio siempre es para los “compañeros”
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
El noble arte de cobrar mirando el horizonte: Manual práctico para no trabajar en el puerto y vivir para contarlo
Hay pocas postales tan conmovedoras en la economía moderna como la del estibador que, con noble abnegación, decide no mover un solo dedo mientras su cuenta bancaria, y la del dueño del sindicato, experimentan un florecimiento místico.
En el puerto de Montevideo, el socialismo de cabotaje ha alcanzado una cúspide evolutiva tan refinada que los barcos, la carga y la maldita obligación de producir se han convertido en detalles molestos, casi de mal gusto, que ensucian el paisaje de la inercia remunerada.
Porque seamos sinceros: ¿qué clase de salvaje capitalista cree que un salario debe pagarse a cambio de trabajo?
Una idea tan vetusta merece ser incinerada en la hoguera de la solidaridad gremial (con otro patrón futuro que vaya financiando el ocio.
La aritmética del descanso garantizado: De cómo 13 o 25 jornales compran la paz espiritual
Bajo los tiernos auspicios del Grupo 13 de los Consejos de Salarios, la realidad material de los trabajadores portuarios está tan blindada que da vértigo.
Para que usted, querido contribuyente o empresario con complejo de mártir de la productividad, entienda cuánto cuesta mantener a esta aristocracia del muelle en su sagrado derecho a la modorra, aquí están los pisos nominales mensuales actuales, garantizados (ya sea por 13 o por 21 jornales, según el grado de exención de fatiga que dicte el convenio), sin perjuicio que los supere de acuerdo a los realmente trabajados:
Al trabajar un promedio de 21 a 26 jornales mensuales sumando plus, un operario en el Puerto de Montevideo alcanza salarios nominales que superan los $ 140.000 a $ 180.000 mensuales, llegando en los rangos de máxima antigüedad y jefatura técnica a superar esos montos.
Perciben además: Primas por productividad: bonos directos sobre la cantidad de movimientos.
Rotación y nocturnidad que añade 20% sobre el jornal básico.
A estos montos, claro está, se les suman las medallas al mérito por respirar cerca de un contenedor, pluses por antigüedad y bonificaciones por mirar pasar las gaviotas.
Un verdadero insulto a la miseria, la informalidad, el desempleo, financiado gustosamente por el sistema.
La sublime epopeya del «No Hay Barcos, Pero Hay Plata»
El gran genio estratégico del sindicalismo portuario —aplaudido desde las catacumbas ideológicas del PCU y contemplado con tierna y cómplice inacción por un Poder Ejecutivo del MPP más ocupado en no enojar a sus jefes reales ue en gobernar— consiste en haber descubierto el secreto de la piedra filosofal económica: desacoplar el salario de la realidad.
Compartir la plusvalía sin agregarle el plus.
¿Para qué esforzarse en que el puerto sea eficiente, atraiga inversiones, mueva más carga y genere riqueza genuina?
¡Qué visión tan pueblerina!
La verdadera vanguardia revolucionaria consiste en decretar que, aunque no atraque ni una balsa inflable en la bahía, el estibador tiene derecho a cobrar religiosamente su jornal metaverso.
Si hay barcos, se trabaja y cobra; si no hay barcos, se cobra más (por no trabajar).
Es un negocio redondo donde el riesgo empresario lo absorbe el bobo que produce, paga, y se queja del alto costo de los servicios en nuestro Puerto, y la renta fija la disfruta el camarada liberado de las cadenas del esfuerzo.
La solidaridad de trancar la puerta en nombre de los «trabajadores»
Por supuesto, toda esta épica de la holganza subvencionada viene envuelta en el celofán más puro de la «defensa de los derechos de los trabajadores».
¡Una belleza discursiva!
Bajo el lema de proteger a la clase obrera, cada dos por tres se clausuran los servicios portuarios con paros estratégicos porque un dirigente amaneció con los botines torcidos.
Y es aquí donde la farsa alcanza ribetes shakespearianos: mientras se asegura que los popes del sindicato cobren su sueldo intacto por quedarse en casa jugando a la PlayStation o haciendo patria en el comité, le bloquean metódicamente la posibilidad de ganarse el pan a todos los demás que intentan ganarse el pan con el sudor de su frente; y no los dejan.
El fletero independiente, el despachador de aduanas que vive de la comisión, el pequeño empresario logístico y el changador de cuarta línea que necesita que la rueda gire para llevar fideos a la mesa, que se vayan a arreglar como puedan.
¿Quién mandó a esos ilusos a creer que se puede sobrevivir trabajando y no extorsionando?
Los autoproclamados defensores de los vulnerables no dudan un segundo en incendiar la cadena productiva del país entero, asfixiando al comercio exterior y condenando al hambre al prójimo no “compañero”, con tal de custodiar su sagrado derecho feudal a recibir sobresueldos por inactividad.
Conclusión
Menos mal que tenemos sindicatos tan lúcidos para recordarnos que el trabajo es una ordinariez propia del capitalismo salvaje.
En el puerto uruguayo, la consigna es clara: el futuro pertenece a quienes logren convencer al Estado de que la máxima aspiración humana es cobrar un sueldo suculento por vegetar con elegancia, mientras el resto del país aplaude arrodillado la hermosa tragedia de su propia fundición.
¡Salud, camaradas!
Que lo bailado (y no trabajado) nadie se los quite.
Y cuando la realidad del desempleo les golpee, vuelta al reclamo militante de cobrar más impuesto a los explotadores inversores… si es que, como viene pasando en los lares comunistas, queda alguno.
Garantías salariales portuarias
Sindicalismo y productividad
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