De cómo un Hidalgo Barbado vendió Espejismos por Oro y la Sed de sangre a las Naciones Prósperas
Dejemos a Cervantes hacer fascinante el cuento de esta historia:
En un rincón del mar Océano, donde el sol parece no ponerse nunca sobre la vanidad de los hombres, surgió un caballero de bota alta y palabra torrencial que decidió que su destino no era gobernar una isla, sino ser el dueño de todas las voluntades del Sur.
Bien dicen los discretos que el egoísmo es el único vicio que los hombres perdonan a sus ídolos si estos tienen la delicadeza de llamarlo «sacrificio».
Aquel hidalgo, de cuyo nombre la historia se encargará de olvidarse absolutamente con rigor de escribano, comprendió que el mundo estaba cansado de la grisura de la paz y sediento de la embriaguez de la tragedia.
Uruguay, Argentina y las naciones del equilibrio en estos lares eran, por aquel entonces, década del 60 como casas solariegas bien ordenadas.
Había pan en las alacenas, libros en las estanterías y una clase media que, en su bendita monotonía, se permitía el lujo de soñar con utopías: una casita y un autito.
¡Ah, la clase media! Ese estamento que no posee lo suficiente para ser libre, pero lo necesario para ser envidiado.
Fue contra ella que el Caballero de la Barba lanzó su primer encantamiento.
Porque, ved bien, no hay nada que un intelectual burgués hijosdalgo de terrateniente desee más que la destrucción del sistema que le permite ser, apenas, un intelectual burgués.
La estrategia fue de una elegancia diabólica.
No se enviaron naves de guerra, pues la guerra es cara y ensucia los trajes de lino.
Se enviaron palabras. Se enviaron agentes que, como modernos donceles de la mentira, se infiltraron en los cafés de Montevideo y en las universidades de esa ciudad y de Buenos Aires.
Su misión era simple: convencer al próspero de que su prosperidad era un pecado de egoísmo, y al trabajador de que su esfuerzo era una cadena que lo sujetaba a la pobreza.
«La justicia social es el nombre que los tiranos dan al robo para que la víctima se sienta culpable al protestar.»
Se instaló en la mente de los muy jóvenes la idea de que la vida era una farsa de «blanco o negro».
O se estaba con la «Revolución» —esa dama caprichosa que siempre pide sangre para mantener la épica de juventud— o se estaba con el «Pasado» pecador de explotador.
No había lugar para el matiz, ni para el gris de la Constitución, ni la ley, ni para la hidalguía del diálogo.
El Uruguay, que había sido el jardín del entendimiento con sabor al “pacto del chinchulín, que repartía cargos entre connacionales, comenzó a ver cómo las malas hierbas de afuera, la sospecha crecían entre sus baldosas.
Los archivos que el cronista Yofre ha rescatado de las garras del olvido nos muestran que, mientras en las plazas se hablaba de libertad, en las sombras se contaban los fusiles, esperando que convencieran a los tibios, cuando los focos incendiados de violencia lo hicieran posible.
La «Operación Manuel» no era un sueño de poetas, sino una factura de gastos pagada por potencias lejanas que hablaban con el frío acento de las estepas.
Se preparaba el asalto al cielo, pero para ello era necesario primero convertir la tierra en un infierno de carestía y desabastecimiento.
Se despreció al productor de bienes, se vilipendió al comerciante y se coronó al guerrillero como el único santo varón de la época.
Pero, ¿qué ocurre cuando el pan desaparece porque se ha encarcelado al panadero?
¿Qué sucede cuando el sabio es reemplazado por el comisario político?
El resultado fue una nación que empezó a sentir un hambre nueva: no solo hambre de pan, sino un hambre de volver a entenderse, de formalidad, solemnidad, de verdad y de futuro.
El Caballero de la Barba sonreía desde su isla, pues sabía que un pueblo que solo piensa en su próxima ración es un pueblo que ya no tiene tiempo de pensar en su próxima rebelión contra él.
El totalitarismo se vistió de fiesta, y los invitados, borrachos de retórica, no advirtieron que las puertas del salón se habían cerrado por fuera con llave y candado de hierro.
Pero, ¡ah, lector!, que esta es solo la primera escena de nuestra comedia.
Pues mientras el engaño se consolidaba, un joven médico de espíritu inquieto y asma aventurera preparaba su sangrienta entrada en escena, dispuesto a llevar esta vesania hasta las últimas consecuencias, sin saber que su rostro terminaría adornando más escaparates de remeras, que sus ideas corazones convencidos de morir por una utopía sanguinaria.
¿Qué oscuros pactos se firmaron en las sombras de la Habana para que el Uruguay perdiera su brújula?
¿Quiénes fueron los «tontos útiles» que, por una lisonja o un viaje pagado, entregaron las llaves de su propia casa al enemigo?
Preparaos, pues, para el siguiente capítulo, donde veremos cómo la pólvora comenzó a sustituir a la tinta y cómo el «Caballero de la Triste Guerrera» inició su danza macabra por las tierras del Sur.
Siguiente capítulo: «De los Mártires de Cartón y la Infiltración de los Galanes de la Metralleta».
