Old government hall showing the tension between state power and equal rights.

Cuando el Estado se vuelve contra la igualdad

La vieja división entre izquierda y derecha ya no alcanza para explicar el conflicto entre derechos individuales, poder estatal y degradación institucional.

UNA FRACTURA GATOPARDISTA DEL TOTALITARISMO QUE AÚN ATACA LA IGUALDAD DE DERECHOS
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

La verdadera fractura del siglo XXI, creada como demanda de libertad, igualdad y fraternidad en el siglo XIX, es la vieja dicotomía de «izquierdas y derechas».
Un eje nacido en la Asamblea Nacional francesa de 1789— queda corto, casi como un decorado teatral, para explicar la verdadera tensión de nuestra época.
Hoy, la línea divisoria no es tanto ideológica, sino institucional y moral: es la frontera entre el orden constitucional del derecho y la arbitrariedad del poder estatal utilizado como un fin en sí mismo.
Aquí se cruzan tres factores clave que explican por qué el eje tradicional se ha desmoronado:
La instrumentalización del Estado (El Estado como Arma)
Cuando la prioridad de un gobierno deja de ser la garantía de la igualdad ante la ley (el marco donde todos juegan bajo las mismas reglas), el Estado se convierte en un aparato de captura.
La ley ya no es un escudo para proteger al ciudadano del abuso, sino un garrote para otorgar privilegios a cambio de lealtad política.
Es la degradación de la política en un sistema de clientelismo y sumisión.
La falacia de la «Justicia Social» como coartada
El concepto de justicia social, en su narrativa idílica, se presenta como un mecanismo redentor.
Sin embargo, la experiencia histórica —y la realidad económica— demuestra que cada vez que el poder político se arroga la facultad de «redistribuir» de forma discrecional, necesita acumular un poder hipertrofiado.
Al final, para supuestamente «equilibrar» la balanza, se termina violando la igualdad de derechos fundamentales.
Se despoja a unos no para elevar a otros, sino para engrosar la estructura que sostiene a la propia casta gobernante.
El despertar de los «peores demonios»
La gran ironía —y la tragedia— de los populismos es que terminan desatando las crisis más severas sobre las poblaciones más vulnerables, precisamente aquellas que prometieron defender.
Al asfixiar la iniciativa privada, destruir el valor de la moneda, vaciar de contenido las instituciones y perseguir la disidencia, el resultado no es la igualdad en la prosperidad, sino la democratización de la miseria.
Los «defendidos» se convierten en las primeras víctimas del colapso sistémico.
El verdadero debate actual, entonces, se reduce a una pregunta fundamental:
¿El poder político debe estar limitado y subordinado a los derechos individuales, o es el individuo un mero instrumento maleable al servicio del Estado?
Quienes entienden que la libertad y el orden institucional son las únicas garantías reales contra el abuso ya no se definen por una posición en el hemiciclo, sino por su distancia frente al autoritarismo.
La anomia institucional y moral, el punto de quiebre donde una sociedad es inducida a fagocitarse a sí misma se produce cuando el sistema acostumbra a un sector de la población a vivir del abuso de los derechos ajenos (a través de subsidios arbitrarios, privilegios corporativos o prebendas estatales), se distorsiona por completo la noción del esfuerzo y la recompensa.
Este fenómeno genera un círculo vicioso que destruye los cimientos del desarrollo a través de tres etapas devastadoras:
La inversión de los incentivos (la penalización del creador de valor)
El motor de cualquier sociedad próspera es la confianza en que el trabajo honesto y la inversión rinden frutos protegibles.
Cuando el Estado se convierte en el agente ejecutor de la extorsión fiscal y regulatoria para sostener el entramado clientelar, el mensaje implícito es letal: producir es un error; ser socio obligatorio del Estado es cargar un enorme peso muerto, parasitar es un acierto.
El productor, el comerciante y el trabajador formal descubren que trabajan «hasta quedar sin recursos» para financiar su propia asfixia.
El quiebre del horizonte temporal y el retroceso
Una sociedad solo progresa cuando piensa en el futuro: cuando un abuelo ahorra para sus nietos, cuando un emprendedor invierte a diez años o cuando se planifican infraestructuras a largo plazo.
Pero ante la inseguridad jurídica y el saqueo institucionalizado, el futuro se cancela.
La sociedad entra en un modo de pura supervivencia.
Se frena la acumulación de capital (tanto económico como cultural).
Comienza la involución social: la pérdida de la cultura del trabajo y la degradación educativa, arrastrando a la nación hacia el retroceso económico.
El dilema de la violencia y el «quicio» institucional
Volver al «quicio» —es decir, restablecer el orden, la legalidad y la igualdad ante la ley— es una tarea titánica y conflictiva.
Quienes se han acostumbrado a vivir del derecho ajeno perciben la restauración de la justicia como un «ataque a sus derechos adquiridos».
Ahí radica el dilema violento: la resistencia de las corporaciones y los sectores subsidiados frente a la necesaria depuración del sistema.
La extorsión se vuelve callejera o institucional.
Sin embargo, prolongar la sumisión al abuso por temor a ese conflicto no evita el desastre; solo lo hace más lento, agónico e inevitable.
Romper este nudo gordiano exige una inmensa valentía cívica.
Implica comprender que la paz social auténtica no es la sumisión pacífica ante el extorsionador, sino la vigencia irrestricta de la ley.
Cuando el entramado de abusos ha calado tan hondo en el tejido social, las mafias corporativas y clientelares que actúan bajo un ropaje político o social, chantajean.
Cuando un grupo violento descubre que bloquear calles, sitiar servicios públicos o paralizar la producción le resulta rentable porque el poder político cede a sus demandas, la extorsión se institucionaliza como método de negociación.
El mecanismo de estos grupos funciona bajo una lógica puramente extorsiva.
La captura de los «puntos de asfixia»
Estos sectores no buscan convencer ni competir bajo las reglas del derecho; buscan rehenes.
Identifican los nodos neurálgicos de la vida cotidiana y de la economía —el transporte, la educación de los niños, el suministro de energía o la libre circulación— y amenazan con destruirlos.
La premisa es clara: «O nos financias nuestros privilegios, o te hacemos la vida imposible».
La complicidad o cobardía del Estado
Este chantaje solo prospera cuando el Estado abdica de su función primordial, que es el monopolio legítimo de la fuerza para garantizar el orden.
Cuando los gobernantes, ya sea por debilidad, cálculo electoral o afinidad ideológica, validan la extorsión llamándola «protesta social», están abandonando al ciudadano de a pie.
El mensaje que envían es devastador: el violento que impone el caos tiene más derechos que el trabajador que respeta la ley.
La destrucción de la convivencia cívica
La consecuencia a largo plazo es la erosión del tejido social.
El ciudadano honesto empieza a experimentar una profunda indefensión y un resentimiento justificado al ver que su esfuerzo fiscal se utiliza para financiar a los mismos grupos que lo agreden.
La sociedad se fragmenta y la desmoralización se generaliza; la gente empieza a sentir que la decencia y el respeto a la norma son actitudes de ciudadanos desprotegidos.
Este es el síntoma definitivo de un Estado degradado: cuando la ley ya no protege al que produce, sino que se convierte en el mecanismo para transferir los recursos de este hacia el violento que amenaza con el caos.
Cuando el chantaje callejero y corporativo sustituye a la deliberación institucional, la república cede su lugar a la ley de la selva, disfrazada de “atender el diálogo social”.

La vieja división ideológica pierde fuerza frente al conflicto entre derecho y arbitrariedad estatal.
El clientelismo convierte la ley en instrumento de privilegio y sometimiento.
La extorsión corporativa degrada la convivencia cívica y debilita la república.

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