Old government office facing a modern city shaped by economic and technological change.

La fantasía estatal choca con la realidad

Una crítica al gasto público, la deuda y la ceguera política frente al cambio de época.

La Gran Ilusión y la Terca Realidad: El Costo de la Fantasía Estatal
Por el Dr. Nelson J. Mosco Castellano

¡Miren, señores, vamos a hablar claro de una buena vez!
Porque en este país nos encanta vivir en el limbo de las palabras hermosas mientras la vía del tren se nos termina diez metros más adelante.
Llevamos años escuchando hablar de la «sensibilidad social», del «delicado equilibrio» y de una infinidad de nuevos derechos que se inventan todas las mañanas en los escritorios de la burocracia montevideana.
Todo eso suena fantástico para un discurso de barricada o para una tertulia intelectual.
Pero la realidad, esa vieja y terca realidad que no vota en los congresos ideológicos, nos dice otra cosa: alguien tiene que pagar la cuenta.
El drama del gobierno actual, atrapado en las redes del MPP y de una izquierda que todavía no descubrió que el Muro de Berlín se cayó en 1989, es que pretenden financiar el paraíso con la billetera ajena.
Y lo peor: con una billetera que ya está vacía.
El cuento del déficit y la tarjeta de crédito institucional
¿Qué es el déficit fiscal, señores?
No nos engañemos con tecnicismos de economistas de la Cepal.
El déficit fiscal es, sencillamente, gastar lo que no se tiene.
Es el gobernante que va al boliche, pide champagne para todos, y cuando llega la cuenta, saca una tarjeta de crédito a nombre de sus hijos y de sus nietos.
¡Eso es la deuda pública!
Un lastre inmoral que le cargamos a las generaciones que todavía no nacieron para sostener los caprichos del presente.
Gobernar a base de deuda para mantener contentos a los muchachos de la corporación estatal o a los sindicatos de la enseñanza no es progresismo; es una irresponsabilidad del tamaño del Estadio Centenario.
Nos dicen que es para «blindar lo social».
¡Mentira!
Lo hacen porque no tienen el coraje político de mirar adentro de la caja negra del Estado y empezar a cortar la grasa.
Los agujeros negros y la «nueva agenda»
A los agujeros negros de siempre —las empresas públicas que juegan a ser petroleras o telecomunicaciones del primer mundo pero que pagamos nosotros con las tarifas más caras de América Latina, el pozo ciego de la seguridad social que nadie quiere reformar en serio por miedo a perder tres votos— ahora le sumamos la «nueva agenda de derechos».
¡Miren si no será perverso el asunto!
Nadie en su sano juicio puede oponerse a que la gente viva mejor o a que se respeten sus libertades individuales. ¡Faltaba más, si soy liberal de nacimiento!
Pero crear un derecho por ley no hace que el dinero llueva del cielo.
Cada vez que el Parlamento vota un nuevo «derecho» que requiere una secretaría, un cuerpo de inspectores, un subsidio o una ONG amiga para gestionarlo, lo que están votando en realidad es un nuevo impuesto para el trabajador rural de Artigas, para el tambero de San José o para el comerciante de Rivera que se levanta a las cinco de la mañana a laburar.
Estamos armando una mezcla explosiva.
Por un lado, una burocracia elefantiásica y políticamente correcta que consume recursos como un motor de ocho cilindros; por el otro, un aparato productivo asfixiado, al que se le exige cada vez más «esfuerzo fiscal». ¿Pero estamos todos locos?
¿Cómo va a crecer un país si al que produce lo matamos a impuestos para mantener al que vive de la ventanilla del Estado?
El destino de la ilusión
La historia no perdona, y la economía menos.
Cuando la izquierda confunde la economía con la astrología, el desbarranque es matemático.
Si Orsi y sus asesores creen que van a poder surfear esta ola manteniendo el «delicado equilibrio» entre el ala radical del PCU y el MPP que pide más gasto y los mercados internacionales que piden cordura, se van a dar de frente contra la pared.
El capital no tiene patria, señores, y tampoco tiene paciencia.
El día que los inversores huelan que Uruguay prefiere el dogma a la disciplina, se van a llevar la plata a Paraguay, a Estonia o a cualquier lado donde se respete al que arriesga.
Y ahí los quiero ver, explicando la utopía en medio de una recesión, con el grado inversor perdido y la inflación comiéndose los salarios de los más pobres; porque —recuérdenlo bien— la inflación es el impuesto más injusto, el que siempre le pega al infeliz que no tiene cómo defenderse.
Hay que dejarse de poesías. Uruguay no necesita más «agendas»; ni “diálogo socialista”, necesita más mercado, menos regulaciones, romper los monopolios estatales que nos encarecen la vida, y abrirse al mundo con un par de zapatos cómodos para salir a vender nuestro trabajo sin pedirle permiso a nadie.
Todo lo demás es la vieja receta del socialismo latinoamericano: repartir la pobreza en nombre de la igualdad.
¡Y a mí no me van a vender ese buzón!
¡Pero miren además el cuadro completo, señores, porque el asunto es todavía más grave!
Estos muchachos están gobernando con el espejo retrovisor puesto, mirando la década del noventa o las teorías de los sesenta, mientras el mundo exterior se está prendiendo fuego y nos pasa por arriba a la velocidad de la luz.
¡No están viendo el cambio de época!
Aquí está la continuación de esa advertencia, metiendo el dedo en la llaga del escenario internacional:
El vendaval de afuera y los ojos cerrados adentro
¡Es que hay que mirar el mapamundi, por favor!
Estamos metidos en el medio de un caos internacional como no se veía desde la Crisis de los Misiles o la Guerra Fría.
El orden que conocimos se terminó.
El comercio global se está fragmentando en bloques duros, las cadenas de suministro se rompen por guerras lejanas pero que nos pegan en el precio del combustible y de los fletes, y las grandes potencias juegan al ajedrez con las reglas del proteccionismo más rancio.
¿Y nosotros qué hacemos?
Nosotros discutimos si el futuro jubilado puede hacerlo un poquito antes, o si el estatuto de un funcionario público tiene que tener tres o cuatro días más de licencia.
¡Es de locos!
Uruguay es un barco de cáscara de nuez en un océano embravecido.
Siempre lo fue.
Nuestra única salvación histórica ha sido la lucidez, la velocidad para reflejar los cambios y la flexibilidad para saltar antes de que nos caiga la ola encima.
Pero hoy, la falta de previsión de este gobierno ante el cambio de época es alarmante.
Estamos atravesando una revolución tecnológica y geopolítica brutal —la inteligencia artificial desarmando mercados laborales enteros, la automatización, la necesidad imperiosa de flexibilizar el Mercosur para salir a buscar acuerdos bilaterales con el que sea— y acá la respuesta es el inmovilismo.
El MPP y sus aliados le tienen pánico al futuro porque el futuro no se deja regular por un decreto de tres párrafos ni se somete a una asamblea sindical.
La parálisis del «mientras tanto»
En lugar de preparar al país para el impacto, de modernizar la educación para que los gurises no queden fuera del mundo laboral que viene, de desregular para que las empresas tecnológicas se instalen acá sin que el Estado las vuelva locas a trámites, nos quedamos en el «mientras tanto».
Seguimos gastando lo que no tenemos para sostener un modelo que ya murió en el resto del planeta.
Cuando el caos internacional golpee en serio —y créanme, va a golpear, porque la terca realidad siempre golpea dos veces más fuerte cuando te encuentra distraído—, ese déficit fiscal y ese endeudamiento que hoy miran con tanta ligereza se van a transformar en una trampa mortal.
Nos va a agarrar debilitados, caros, atados de pies y manos por corporaciones que solo defienden su quintita, y sin un solo salvavidas en el horizonte.
No entender que el mundo cambió, que las viejas recetas de bienestar financiadas con viento de cola de las commodities ya no existen, es el mayor pecado de esta dirigencia.
La utopía no solo es incapaz de producirse puertas adentro; es una ceguera voluntaria frente al tsunami que viene de afuera.
¡Despierten, señores gobernantes, que el futuro ya llegó y nos está cobrando el peaje!

El costo real del gasto público.
La deuda como herencia generacional.
Uruguay ante el cambio global.

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