Cuando la competencia electoral se convierte en una guerra de suma cero, la democracia comienza a erosionarse desde dentro.
La democracia devorada
El ajedrez de la ruina y la guerra sin cuartel
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Los que ya hemos vivido algunas elecciones reconocemos que la democracia electoral nunca fue perfecta.
Las diatribas que unos lanzaban contra otros, y que a veces terminaban en el campo del honor; la “compra de votos” demagógica; las acciones preelectorales casi pintorescas, como asar corderos y darles vino a los “correligionarios de última hora” para retenerlos en el comité hasta la votación, y otras artimañas caudillistas, sin duda alteraban intencionalmente el resultado.
Pero, parafraseando al maestro Discépolo, hemos llegado a un punto de maldad insolente y de relativismo moral en el que todo vale para ganar una elección por décimas, aun cuando unos días antes la ciudadanía haya marcado a fuego su preocupación por la decadencia a la que se arrastra a la sociedad, la inmoralidad y la vesania de una facción política para la que sumir a la nación en la devastación no constituye un problema.
Vivimos una época en la que el tablero democrático ha sido usurpado por una lógica de supervivencia facciosa.
Ya no se discute sobre modelos de desarrollo, eficiencia fiscal o justicia social; se disputa una guerra total donde el fin justifica cualquier medio.
Para los nuevos operadores del poder, ganar una elección por unas pocas décimas de voto justifica hipotecar el futuro de naciones enteras.
Es un juego sin escrúpulos en el que todo vale: las normas ceden ante la urgencia de la victoria y los límites éticos, penales o vinculados al interés nacional se disuelven como espejismos.
La política como guerra de exterminio
Bajo esta concepción, la política ha dejado de ser el arte de la mediación y del pacto civilizatorio para convertirse en la continuación de la guerra por otros medios.
La premisa es implacable: el adversario no es un opositor con el que se debate, sino un enemigo existencial que debe ser neutralizado, disminuido o destruido, bajo riesgo de supervivencia.
En este esquema de “ellos contra nosotros”, no hay espacio para la razón económica ni para la moral pública.
Si el país queda arrasado, sumido en llamas o atrapado en una debacle social crónica, se lo considera un daño colateral asumible. Lo imperativo es conservar o capturar el aparato estatal utilizando cualquier palanca disponible, por destructiva que sea para el tejido institucional.
La mercantilización de la miseria
Uno de los mecanismos más perversos de esta confrontación es la instrumentalización de la vulnerabilidad.
En lugar de superar la pobreza estructural, los regímenes y liderazgos extractivos la convierten en su principal activo electoral.
Se institucionaliza la extorsión social: se coloca a amplios sectores de la población en una posición de precariedad deliberada para luego ofrecerles alivios transitorios a cambio de lealtad política.
Corromper mediante la dependencia no es un efecto secundario; es la estrategia central.
Se despoja al ciudadano de su autonomía económica y moral, e incluso de su mínima seguridad de vida, para reducirlo a un cliente electoral cautivo. La miseria, así, se autoperpetúa como el combustible indispensable de la maquinaria de poder.
La postelección: el cementerio de las esperanzas
El momento más trágico de esta dinámica no ocurre el día de la votación, sino al día siguiente.
Cuando las urnas se cierran y se contabilizan las décimas de la victoria, el país descubre que ha ganado una facción, pero ha perdido el futuro.
La sociedad entra en un ciclo recurrente de desesperanza.
Cada elección se vende como la última oportunidad de salvación, generando una expectativa mesiánica que inevitablemente se estrella contra la realidad del saqueo y la incompetencia.
Al comprobar que las reglas del juego democrático solo sirven para reciclar la crisis, el ciudadano pierde la confianza en la política y, consecuentemente, en la democracia como instrumento de transformación.
El punto de no retorno de una sociedad devastada en lo ético, lo moral y hasta en lo humano marca el fin de esta forma de selección de gobernantes.
Incapaces de superar la debacle, las naciones se hunden en un bucle inercial donde la única salida aparente es volver a probar la misma medicina tóxica que causó la enfermedad, para evitar entrar al CTI de la racionalidad, ver la realidad de frente y arriesgarse a devolverles un futuro a las generaciones que ellas mismas produjeron.
Voces contemporáneas sobre el colapso del sistema
En la línea planteada por Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en Cómo mueren las democracias, las democracias actuales no necesariamente mueren a manos de golpes de Estado violentos, sino a través de una lenta y gradual erosión desde dentro, impulsada por líderes que fagocitan las normas institucionales y convierten la polarización en un arma de destrucción mutua.
Por su parte, el sociólogo Jan-Werner Müller ha profundizado en cómo el populismo contemporáneo desfigura la pluralidad democrática al reclamar para sí una representación moral exclusiva: los populistas no solo dividen a la sociedad entre “el pueblo puro” y “la élite corrupta”, sino que deslegitiman de raíz cualquier oposición, convirtiendo la política en un combate moral donde el adversario es visto como un traidor al que hay que aniquilar.
Asimismo, la teórica política Chantal Mouffe advierte sobre los peligros de ignorar la dimensión conflictiva de la política, señalando que, cuando las instituciones democráticas liberales suprimen el debate legítimo de intereses de todos, el conflicto resurge de forma virulenta bajo la figura de antagonismos identitarios extremos. Cuando la política se vacía de proyectos alternativos reales, la confrontación deja de ser sobre ideas y se transforma en una guerra tribal de identidades excluyentes.
La democracia, en su diseño original, requería de un mínimo de buena fe institucional y de un sentido de responsabilidad nacional compartida para funcionar.
Cuando estos límites se evaporan y la competencia se reduce a un juego de suma cero donde todo, incluso lo inmoral, está permitido, el sistema se devora a sí mismo. Es imposible competir contra quien utiliza al sistema para su propio enriquecimiento; es un totalitarismo disfrazado.
Mientras los liderazgos sigan apostando a la extinción del adversario y a la explotación de la miseria como método de supervivencia, los países seguirán atrapados en el purgatorio de sus propias elecciones, perdiendo no solo el presente, sino la capacidad misma de imaginar un porvenir distinto.
Habremos sustituido el menos malo de los sistemas de alternancia en el gobierno electo por el pueblo por su peor versión mafiosa: la que inhibe la conciencia alimentándola con el terror de perder una utopía eternamente postergada.
Erosión institucional democrática
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