Antonio Gramsci above a contemporary crowd symbolising cultural hegemony and ideological influence

Cómo el gramscismo conquistó la cultura uruguaya

La estrategia de la hegemonía cultural desplazó la lucha política hacia la enseñanza, los medios y las instituciones.

En notas anteriores abordábamos el proceso de cooptación de la enseñanza por el marxismo en el Uruguay.
Un trabajo consumado al mejor estilo gramsciano, que puede catalogarse como exitoso, lamentablemente exitoso.
Sostenía el italiano Antonio Gramsci que un estamento dirigente no se mantenía en el poder solo por la fuerza o la legislación.
Consideraba que era, también, porque había logrado imponer valores a la sociedad que eran percibidos como adecuados por la mayoría de los ciudadanos.
Y esa clase dominante lo instrumentaba a través de la enseñanza, los medios, las religiones y la familia.
Así, razonaba Gramsci, el poder solo se alcanza influyendo sobre el estado, como organización política, y sobre la sociedad.
De todo ello deducía que para conquistar el poder debía realizarse lo que él llamaba «guerra de posiciones».
Von Clausewitz afirma que «la guerra es la continuación de la política por otros medios».
Lo que hizo Gramsci fue leer al Mayor General prusiano, tomar esa expresión e invertir los términos, para formular su idea de que la política puede implementarse con una estrategia de guerra.
Cuando la Primera Guerra Mundial se transforma en un conflicto de trincheras, donde el plan es sostener posiciones, ir desgastando al enemigo y avanzar sin prisa, Gramsci ve la verificación de su teoría.
Ese era el camino: conquistar la sociedad civil, la educación, la cultura, la prensa y las instituciones.
Un ejemplo claro: los medios, o al menos muchos de ellos, se refirieron al reciente enfrentamiento electoral en Chile, catalogando al Dr. José Antonio Kast como «ultraderechista», mientras su oponente Jeannette Jara, comunista, era denominada como «izquierdista».
Jeannette Jara es integrante del Partido Comunista de Chile, un grupo político que expresa en su declaración de principios «su más decidido propósito de establecer un auténtico régimen democrático representativo», etc.
El texto hace recordar al león, que dando un discurso a un grupo de ovejas decía, que si lo elegían se volvería vegetariano.
Cierto es, que estas groseras maniobras no hicieron mella en el electorado del país andino, que terminó consagrando al Dr. Kast como «el presidente con más votos en la historia de Chile».
De todos modos, no puede negarse que en Uruguay el gramcismo ha hecho su obra destructora.
Desde la reconversión comunista acordada en el Foro de San Pablo, una reunión convocada por Fidel Castro y Lula da Silva en 1990, la estrategia cambió.
Ahora aceptarían (o simularían aceptar) las reglas de juego de la democracia liberal y someterse a las elecciones.
Las guerrillas abandonaron (o simularon abandonar) su lucha armada y empezaron a reconvertirse en partidos políticos.
Se volcaron entonces a los manuales de Gramsci, y se enfocaron a impulsar la «hegemonía cultural».
Dejaron de lado el obrero industrial y comenzaron a trabajar otros campos, como el feminismo (en la nueva versión marxista), el indigenismo, los derechos de las minorías e identidades de género.
Todo esto bajo otra piel. Ahora pasaron a ser «progresistas» o acuñaron como en Venezuela, el «socialismo del siglo XXI».
Ganaron las elecciones en Venezuela y dieron curso al giro a la izquierda.
Así está Venezuela hoy en día, a la que solo le faltaba para su desgracia, este terrible terremoto que ha provocado un verdadero desastre en pérdida de vidas humanas y destrucción material.
O Nicaragua, donde Daniel Ortega llegó a la presidencia por vía electoral y el país sufre ahora una cruel autocracia de partido único, replicando las mismas características del totalitarismo del siglo XX.
En el Uruguay el intento de constitución de frentes «populares» es de larga data.
En el VII Congreso de la Internacional Comunista, dice Eugenio Gómez en su «Historia del Partido Comunista en el Uruguay», se estableció la «táctica del frente único y el frente popular».
Es decir: «barrer toda la fraseología sectaria y las recetas dogmáticas [y] unir a la política de alianzas más flexible con la afirmación del papel de vanguardia del proletariado y el desarrollo independiente del Partido».
¿No es eso acaso el Frente Amplio en el actual gobierno?
Y ese proceso se edificó gracias al trabajo de zapa que horadó la piedra.
Muchos intelectuales, el feminismo radical, la desvaloración de la mujer, la deconstrucción de la familia, la consideración del neoliberalismo como enemigo común, han contribuido aportando su tonelada de arena.
Algunos de esos postulados son asumidos por la ONU, en la llamada Agenda 2030, lo que parece indicar que también el gramcismo logró permear la organización.
En la próxima nota veremos un intento de acotar esa independencia, que la Universidad de la República considera como un blindaje para hacer y dejar hacer lo que le venga en gana.

La guerra de posiciones.
La reconversión de la izquierda.
La hegemonía cultural en Uruguay.

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