El nuevo régimen de retenciones convierte a jubilados y pensionistas en financiadores anticipados del Estado.
LA TRAMPA DE LA MANO PÚBLICA EN BOLSILLO AJENO
Cuando quien gobierna asume que tu dinero es suyo
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Hay una vieja verdad en este país, una verdad que a veces nos empeñamos en olvidar pero que la realidad, tarde o temprano, nos termina enrostrando en la cara: el Estado no produce un solo peso.
Todo lo que el Estado gasta, todo lo que el Estado reparte, primero se lo tiene que sacar a alguien.
Y hoy, lamentablemente, la sofisticación del recaudador ha llegado a un punto tal que ya no espera a que el ciudadano vaya a pagar; le mete la mano en el bolsillo antes de que la plata toque sus manos. ¡Es una cosa de locos!
Miren lo que está pasando con nuestros jubilados, con la gente que aportó toda la vida, que trabajó cuarenta o cincuenta años de sol a sol creyendo en la promesa de que los aportes que les descontaban para su jubilación protegían el valor de su esfuerzo.
Resulta que ahora, si una persona tuvo la osadía de trabajar en dos lados, o si una viuda cobra la pensión que le corresponde por ley y por derecho, el sistema informático —esa maquinita perfecta que todo lo cruza— salta y grita: «¡Cuidado, que esta persona está ganando demasiado!».
¡Pero esto ya pasa de castaño a oscuro! Ahora, por un decreto del Ministerio de Economía del pasado 8 de julio, se inventaron una nueva genialidad de la burocracia recaudadora.
Resulta que no les alcanza con cobrar al final del ejercicio; ¡no, señor! Tienen un apuro bárbaro. Necesitan hacer caja y te empiezan a debitar la diferencia acumulada diez meses antes de que termine el año. ¡cinco meses antes de la fecha en que hasta ahora debían efectuar ese pago para financiar su déficit endémico!
Le confiscan la plata al jubilado por adelantado para engordar las arcas del Estado mientras usted tiene que ver cómo llega a fin de mes.
Y la frutilla del postre de este atropello es la soberbia del sistema.
Dice el ministro que es para que no te olvides de pagar y tengas multas y recargos. Pero, si la maquinita del Estado se equivoca —porque los sistemas fallan, la burocracia comete errores y las bases de datos se cruzan mal—, a ellos no les importa un rábano. No esperan a que usted haga su declaración jurada para corregir el error.
¡No! Primero le meten la mano en la jubilación, le debitan el dinero, le dejan el presupuesto familiar tiritando y después… ¡después vemos! Vaya usted a hacer cola, a llenar formularios, a pedir por favor que le devuelvan lo que le sacaron mal. Es el principio del «primero te cobro, y si me equivoqué, protestale a Gardel».
¡Es el mundo del revés! Un acreedor privado, si a usted le va mal o tiene una desgracia familiar, lo considera, o tiene que ir a un juicio, tiene que respetar la porción inembargable de su salario, tiene que escuchar sus razones. El Estado no. El Estado se cobra primero, de forma automática, directa y sin anestesia, porque se autoerige en el socio principal de su vida, pero solo para las ganancias, nunca para las pérdidas.
Frente a una enfermedad, frente a un imprevisto grave, el débito de la pasividad sigue cayendo como una guillotina, ahora potenciado por este decreto atropellado.
Yo lo he dicho mil veces: los países que progresan son los que le dejan el dinero a la gente, porque la gente sabe mejor que nadie cómo gastar lo suyo, cómo cuidar a los suyos y cómo invertir para hacer crecer lo suyo y, con ello, la economía en beneficio de todos.
Cuando el recaudador se vuelve tan perfecto que es capaz de prever y succionar cada diferencia salarial o jubilatoria antes de que el ciudadano pueda siquiera comprar los remedios, lo que estamos haciendo no es justicia social; es asfixia individual.
Tenemos que rebelarnos contra esta lógica burocrática, recaudadora y fría. La tecnología debe estar al servicio de la libertad de los ciudadanos, no para perfeccionar el arte de vaciarles los bolsillos a los viejos cinco meses antes de tiempo y a prepo, porque el recaudador te impone adelantarle lo que te confisca.
O achicamos el costo de este Estado omnipresente y voraz, o el Estado va a terminar devorándose el futuro de todos los uruguayos.
¡Así de simple!
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