Los tratados que prohibían el horror químico fueron firmados… y luego sistemáticamente violados
En nuestra nota anterior nos referíamos a la creación de la Cruz Roja y a los Convenios de Ginebra para la protección de las víctimas de guerra.
Las convenciones y los tratados siguieron realizándose en diferentes lugares, todos revestidos de las mejores intenciones.
Al mismo tiempo la tecnología y la ciencia seguían avanzando, aunque no siempre usadas para fines pacíficos.
El 29 de julio de 1899, el día que Mussolini cumplía dieciséis años, se firmaba la Declaración de La Haya sobre la prohibición del uso de gases asfixiantes.
Eran veinticinco los países que la suscribieron originalmente.
Entre ellos Alemania, Austria-Hungría, Rusia, Francia, Italia, Bélgica, Dinamarca, España, Grecia, Países Bajos, Portugal, Rumanía, Serbia, Suecia y Noruega. El Reino Unido suscribió el convenio en 1907
El pistoletazo de Sarajevo detonó la Primera Guerra Mundial.
El conflicto envolvió a los Aliados: Francia, Imperio Británico, Imperio Ruso (hasta la revolución de 1917).
Italia (desde 1915), Japón y Estados Unidos (desde1917). Serbia, Bélgica, Montenegro, Rumanía, Grecia, Portugal, Brasil, Siam (Tailandia) y Honduras.
El otro frente integraba al Imperio Alemán, el Imperio Austrohúngaro, Turquía y Bulgaria.
¿Y qué pasó con el Tratado de la Haya?
Siguió existiendo en el reino del deber ser, pero…
En abril de 1915, la ciudad belga de Ypres, a unos dieciséis km de la frontera con Francia sufrió un ataque alemán.
Una nube verde-amarillenta de seis km de ancho avanzó sobre la ciudad
Los alemanes habían abierto miles de cilindros de cloro gaseoso.
Combinado con el agua de los pulmones el cloro disolvía los alvéolos pulmonares produciendo la muerte.
Un sistema que funcionaba mientras no cambiara el viento y lo volviera en contra.
El saldo del ataque: cinco mil muertos en diez minutos.
A partir de ese momento, los soldados empezaron a mitigar los efectos empapando pañuelos con orina y usándolos a modo de barbijos.
El último mes del año 15 será cloro con fosgeno lanzado sobre los británicos. La defensa del pañuelo no sirve.
Aquí la muerte se toma 24 horas. Hay que usar máscaras.
Los ingleses copiaron la mezcla a la que apodaron «White Star», y la usaron contra los alemanes.
¿Acaso no ha dicho Clausewitz, que siendo la guerra un acto de fuerza: «no soy dueño de mí mismo, sino que [mi adverario] me justifica como yo a él»?
¿Eso incluirá llenar los puentes de mujeres y niños para evitar un bombardeo? ¿Esa maniobra hubiera detenido a Hitler?
Para el año 16, ya todos equipados con máscaras con filtro de carbón y lentes, se protegían del cloro y el fosgeno.
En julio del 17 los alemanes, atacaron con una nueva arma química: el gas mostaza.
Otra vez sobre Ypres.
Un ataque más efectivo, porque los cilindros marcados con cruces de distintos colores para identificar el tipo de gas, eran impulsados por cañones
Esta vez la violencia caía en forma de líquido atravesando el uniforme y convirtiendo en pocas horas a la víctima en una ampolla.
Tenía baja incidencia mortal, pero dejaba fuera de combate a gran cantidad de soldados.
Cegaba por semanas (el cabo Hitler lo supo por experiencia) , el restablecimiento se prolongaba por varios meses.
La solución era la ropa impermeable.
Además, el gas mostaza contaminaba. La desgraciada Ypres así quedó hasta 1918.
La embestida química incluía varias etapas.
Antes del ataque se saturaba la trinchera enemiga con gas.
Si los soldados permanecían en su sitio, morían.
Si salían, eran ametrallados.
Se usaba el gas mostaza para anegar terreno por días.
El fosgeno, para matar en el momento y atacar enseguida.
Otro medio era tirar gas lacrimógeno primero.
Hacía llorar, y si el soldado se sacaba la máscara para limpiarse los ojos era atrapado por el fosgeno que venía después
Los alemanes tiraron la primera piedra, y sus contrincantes no se quedaron atrás.
Todos los que usaron esas armas habían firmado la Convención que las prohibía.
Las Potencias Centrales perdieron la guerra.
La intervención de EE. UU. en abril de 1917 definió el conflicto
La guerra dejó un saldo de muerte y destrucción, y, además, una experiencia: había que encontrar un medio para que no se volviera a repetir.
Algunos, o al menos, el presidente estadounidense Woodrow Wilson, creyeron que el instrumento podía ser la Sociedad de las Naciones.
Los hechos se encargarían de contradecir esas pretensiones.
Nota – La imagen contiene una foto coloreada por IA, que muestra soldados británicos con máscarasn manipulando una ametralladora a principios de 1916.
Guerra y contradicción
Tecnología y destrucción
Tratados incumplidos
Este episodio revela cómo el orden internacional fracasa cuando la fuerza reemplaza a la norma
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