Una crítica frontal al Parlamento uruguayo, la inflación normativa, el simulacro institucional y el riesgo de legislar sin pensamiento en la era de la inteligencia artificial.
LA LEY MUERTA Y LA INANIDAD DEL PALACIO
Crónica de una Superchería Institucional
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
El Parlamento se ha convertido en un olla de grillos que ni siquiera molesta con su letanía a un pueblo adormecido.
El convencimiento de que cualquiera sirve para cualquier puesto ha convertido al Poder Legislativo en “nac and pop”; exponiendo al mundo una tragicomedia con actores impresentables, absolutamente alejados del interés de la calle, que, luego de electos, proponen escuchar a la gente para construir un plan a su medida.
Uruguay padece una patología jurídica que la clase política se esmera en ocultar bajo la alfombra de la retórica: la hipertrofia legislativa de cumplimiento nulo. Vivimos en un país que se jacta de su «apego a las instituciones», mientras su Registro Nacional de Leyes se ha convertido en un cementerio de variopintas intenciones y textos estériles.
Es un secreto a voces, pero no por ello menos escandaloso: miles de leyes vigentes son, en la práctica, inexistentes.
Ya en 2011, desde la presidencia de Diputados, Lacalle Pou encargó un diagnóstico de esta contaminación normativa, arrojando una cifra aterradora: casi la mitad de nuestro ordenamiento jurídico es inaplicable.
¿Cuál fue la respuesta de la izquierda?
El silencio y la parálisis. La partidocracia se opuso a declarar esa muerte clínica legislativa.
Prefieren la mentira de una ley vigente que no se cumple, antes que la honestidad de una derogación necesaria, es la definición misma de la decadencia institucional.
La Aristocracia de la Ignorancia y el «Legislador de Oficio»
El problema nace en la génesis misma del candidato a legislador.
Asistimos a una paradoja grotesca: por un lado, una supuesta «profesionalización» de aquellos que se perpetúan eternamente en sus bancas, creyendo que la antigüedad es sinónimo de idoneidad.
Se confunden. No se han vuelto mejores legisladores; se han vuelto expertos en el arte de la supervivencia corporativa.
Han convertido el Palacio en un club privado de privilegios y viajes, desconectado por completo de la técnica jurídica elemental, abortando lo que la Constitución manda: defender el interés general.
Y para disimular esa vacuidad, recurren a la imbecilidad de rituales inútiles.
Llaman a Sala periódicamente a ministros, no para buscar la verdad o exigir responsabilidades, sino para cumplir con una coreografía de gestos huecos que no cambian un ápice la realidad del ciudadano.
El «llamado a Sala» se ha degradado: ya no es una herramienta de control, es la excusa perfecta para que el legislador escape de su casa y de sus obligaciones reales el tiempo suficiente para una travesura, que lo vean en la tele; un lucimiento mediático sin contenido.
Es el teatro de lo absurdo financiado por el contribuyente.
El recambio del caletre ausente
Cada cinco años, el sistema se «oxigena» con un 75% de caras nuevas que llegan con una formación limitadísima, nula en técnica legislativa, pero con una maestría en militancia en pos de la promesa utópica.
Son los ignotos nominados de turno, sin formación alguna para la tarea, pero que votan o callan, gatopardismo: se renuevan para asegurar que nada cambie.
Prometen servir a los intereses de todos cuando, en realidad, tienen el brazo “enyesado”; solo vienen a servir de engranaje a su corporación política.
Es un ciclo de traición planificada: saben, antes de sentarse en la banca, que no cumplirán lo prometido, porque su lealtad no es con la Constitución, sino con el “aparato” que les permitió huir de la irrelevancia, consiguiendo recursos para sentarlo en su despacho, imponerle secretaria, y sumar adulones.
El agravamiento en la era de la IA: Hacia el Parlamento de los Autómatas
Esta degradación moral y técnica alcanza un abismo peligroso con la irrupción de la Inteligencia Artificial.
Estamos huérfanos de capacidad crítica y conocimiento tecnológico.
El legislador contemporáneo, que apenas puede balbucear conceptos del siglo XIX, se encuentra ahora ante una herramienta que no comprende y que lo expone en su vacuidad.
Si tuvimos parlamentarios que comprendían la arquitectura técnica de aquel Estado más simple, hoy tenemos una generación cuya única formación es el eslogan y la lealtad al dueño de su corporación política.
Veremos —estamos viendo ya— leyes redactadas sobre la base de planes diseñados con algoritmos o asesores de marketing, votadas por legisladores que no las leen y que no sabrían distinguir un principio general del derecho de un reglamento de carnaval.
¡Es la capitulación absoluta de la inteligencia humana ante la burocracia digital!
Mientras el mundo discute la gobernanza agentica y la transparencia algorítmica, nuestros parlamentarios siguen enfrascados en la politiquería menor, incapaces de legislar con rigor sobre el futuro porque no han terminado de entender el pasado.
La decadencia de la división de poderes es total: desapareció la iniciativa parlamentaria.
Tenemos un Parlamento que es una fábrica de humo, poblado por figuras que han sustituido el estudio del Derecho por la estética de la imagen grotesca y la avaricia de prenderse al cargo.
Si no somos capaces de limpiar el rastro de leyes muertas que nos asfixia, es porque el sistema prefiere la oscuridad de la confusión al orden de la libertad.
Se confunde controlar al Ejecutivo con la farsa de pedir comisiones investigadoras, o llamar a ministros a Sala sin consecuencia ética, moral, o política, que salvo los periodistas, es olímpicamente ignorada.
La versión final de una troupe carnavalera con la liturgia del escenario del Palacio Legislativo; también en disputa por gastar obscenamente, mientras la pobreza golpea la puerta.
¡Es el fin del Derecho como garantía y el comienzo de la norma como simulación al servicio de una casta que renunció a pensar!
Leyes sin cumplimiento.
Parlamento sin rigor.
IA sin conciencia crítica.
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