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El manual del perfecto estatista



Cómo administrar la decadencia desde la izquierda “caviar”

EL MANUAL DEL PERFECTO ESTATISTA
O cómo administrar la decadencia por la izquierda “caviar”
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

Las Dos Etapas del Pensamiento Político
Hasta los 20 años, la pulsión natural suele ser la generosidad y el deseo de transformar el mundo de manera radical.
El centro de gravedad está en la empatía con el sufrimiento ajeno y en la aspiración a la justicia social absoluta, muchas veces sin reparar en los costos económicos, los incentivos institucionales o las restricciones de la realidad.
Con el paso de los años, la experiencia, el choque con los hechos y la comprensión de cómo funcionan realmente los mercados y las instituciones inclinan el péndulo hacia el pragmatismo.
La prioridad pasa a ser la preservación de la libertad individual, la generación genuina del esfuerzo por mejorar su situación de base, la responsabilidad fiscal y la eficiencia del Estado, reconociendo que las buenas intenciones sin sustento técnico solo generan pobreza.

El Estancamiento Dogmático
Llevar esta premisa al plano del análisis político actual —y en particular al balance de los gobiernos del Frente Amplio— conecta directamente con la idea de un dogmatismo que se vuelve refractario a la evidencia empírica.
Cuando una fuerza política se atrinchera en relatos, conceptos corporativos o inercias estatistas que ya demostraron científicamente su ineficacia a nivel global y regional, deja de gobernar con perspectiva de futuro para volverse rehén de sus propios mitos fundacionales.
El verdadero riesgo institucional no es el error ocasional, sino la incapacidad de procesar la realidad cuando esta contradice el dogma.
Frente a un mundo que avanza hacia la agilidad, la transparencia mediante nuevas herramientas y la necesidad imperiosa de competir con eficiencia, aferrarse a fórmulas vetustas equivale a confundir la “lealtad ideológica” con la miopía política. O peor, seguir utilizando consignas perimidas para engañar al elector y alcanzar el poder por una farsa de justicia social inoperante y castradora.
Hay algo perverso en la fe religiosa con la que la izquierda uruguaya —y en particular el aparato ideológico del Frente Amplio— contempla el paso del tiempo.
Mientras el mundo real gira a la velocidad de la inteligencia artificial, la globalización y la competencia descarnada, la dirigencia frenteamplista ha decidido consagrarse al noble deporte del inmovilismo fosilizado.
Para estos devotos del dogma de comité, la historia no avanza: se archiva en expedientes eternos que entierran los efectos de lo que se mintió al Comité.
Siguen creyendo, con una ternura conmovedora, que la realidad se pliega a los caprichos de una asamblea sindical o a un decreto redactado a medianoche para defender a una militante o designar un inepto en un cargo de responsabilidad.
Como bien anticipaba Jorge Batlle con su implacable agudeza, «acá creemos que porque se firmó un papel en una repartición del Estado, la realidad cambió. La realidad te patea la puerta todos los días».
Pero el frenteamplista promedio prefiere ignorar los portazos, atrincherado en su fe de que un sello oficial puede más que la ley de gravedad de la economía.

El refugio del empleo público y el «Socio Predador»
En el universo mental de la izquierda criolla, la iniciativa privada, el riesgo y el mercado no son motores de progreso, sino sospechosas herramientas del “gran capital” (ese que paga sus sueldos y prebendas) que hay que gravar, regular o, idealmente, estatizar.
¿Para qué arriesgarse a competir si se puede vivir de la teta del presupuesto público?
Como solía ironizar Batlle con absoluta franqueza sobre esta fauna corporativa, «muchos prefieren ser empleados engrillados con corona antes que empresarios en libertad».
Y vaya si lo han demostrado.
El modelo de los gobiernos del FA consistió, fundamentalmente, en agrandar el Estado para meter adentro a los militantes inservibles para pelear un empleo privado, transformar a las empresas públicas en agencias de colocación militante y cobrar impuestos dignos de un país escandinavo para brindar servicios dignos de una república bananera.
El Estado no actúa como un árbitro imparcial; actúa como un socio predador que te roba el 50% de lo que produces para financiar viajes a congresos de ideología de género, festivales culturales autogestionados y gerentes de la «solidaridad ajena» que no saben lo que cuesta ganarse un peso.

Administradores de la modorra y la culpa ajena
Gobernar bajo los dogmas del progresismo uruguayo no exige audacia intelectual, sino una infinita capacidad de declamar sin aburrirse consignas de los años sesenta, mientras se administra la decadencia con una sonrisa culposa indiferente al daño social.
Ante esa pusilanimidad crónica que le teme a la libertad más que a la peste, la advertencia de Batlle resuena como un diagnóstico forense: «El que quiere conformar a todo el mundo, no sirve para gobernar; termina siendo simplemente un administrador de la decadencia».
Los estrategas del FA han perfeccionado el arte de culpar al empedrado de sus propios fracasos educativos, de sus apropiaciones sindicales y de su incapacidad para generar condiciones de trabajo.
Se comportan exactamente como aquellos vecinos de la orilla de enfrente que —tal como ironizaba Batlle— «se pasan diciendo: «¿Quién es el culpable de no ayudarnos?», y no se dan cuenta de que tienen que ayudarse a sí mismos».
Si una empresa quiebra por falta de competitividad, la culpa es del libre mercado; si la educación pública es un páramo inútil, la culpa es del neoliberalismo que quiere explotarlos; si los impuestos asfixian al que labura, la culpa es de los ricos insolidarios.

El gran logro: malacostumbrar al ciudadano
Quizás el mayor «mérito» de las gestiones frenteamplistas haya sido perfeccionar el clientelismo asistencialista, logrando que vastos sectores de la población acepten resignados la mediocridad a cambio de un subsidio eterno.
Han conseguido validar aquella advertencia lapidaria de que «la peor desgracia de un país no es que le vaya mal, sino que sus ciudadanos se acostumbren a vivir mal y pretendan que el Estado los felicite por aguantarlo».
Mientras tanto, la nomenklatura frentista sigue vendiendo humo con la «justicia social» desde sus cómodos despachos, inmunes al fracaso perpetuo de sus recetas.
Pero la realidad, tarde o temprano, se cobra las cuentas.
Y frente al fracaso estrepitoso de sus dogmas estatistas, la única respuesta que queda —lejos de las asambleas corporativas de quienes se acercan para robar al pueblo, y los rompecabezas ideológicos para perpetuarse en el poder abusando— sigue siendo la más simple, exigente y despreciada por la izquierda:
«¡A trabajar, a estudiar y a producir!».

Dogmatismo y estatismo
Empleo público y clientelismo
Responsabilidad individual y producción

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