La incapacidad para corregir el rumbo puede transformarse en un método de gobierno donde la ideología prevalece sobre los resultados y la autocrítica desaparece.
EL MÉTODO DEL ABISMO
Cuando el Plan de Gobierno es el Destino
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Es fascinante observar la precisión casi quirúrgica con la que el progresismo actual logra lo imposible: convertir el éxito electoral en una pieza de museo de la incompetencia.
Existe una ley no escrita en los manuales de la izquierda moderna que dicta que, ante el descontento popular, la solución nunca es cambiar el rumbo, sino pisar el acelerador hacia el mismo precipicio, pero con más convicción y, preferiblemente, con un presupuesto mayor.
La premisa es sencilla y deliciosamente dialéctica: si la aplicación de un programa genera pobreza, ineficiencia y un rechazo social que se mide en porcentajes que harían sonrojar a cualquier gobierno medianamente consciente, el problema no es el programa. El problema, sin duda alguna, es la realidad, que se resiste tercamente a ajustarse a la utopía proyectada desde un ministerio nac and pop.
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La coreografía del error
El gobierno actual ha perfeccionado el arte de la incoherencia integrada.
Es un equipo donde la mano izquierda no sabe lo que hace la derecha, pero ambas están firmemente comprometidas en desmantelar cualquier rastro de eficiencia.
Cuando la ciudadanía señala que las decisiones son erróneas, el aparato burocrático no responde con rectificaciones; responde con pedagogía de la mala comunicación.
La premisa es clara: el ciudadano simplemente no ha entendido la magnificencia de las medidas que lo están empobreciendo.
El arrepentimiento del votante propio, desde las alturas, es visto no como una señal de alerta, sino como una falta de oídos atentos al último dislate que debe decodificar como beneficioso.
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La fe ciega en el naufragio
Lo que vuelve a este experimento socio-político un objeto de estudio antropológico es la convicción de que, si una dosis de veneno causa un malestar estomacal, la solución lógica es una sobredosis.
La profundización del programa es, en realidad, un acto de fe en que el error autoinfligido no se asume magnánimamente por vocación de contraposición negligente.
Se profundiza no para mejorar resultados —eso sería un pensamiento burgués y pragmático— sino para confirmar la pureza ideológica de un nuevo fracaso.
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El Estado como máquina de Goldberg: Se crean ministerios para coordinar comisiones que analizan por qué las políticas anteriores fracasaron, asegurando que la próxima falla sea mucho más costosa y compleja.
La realidad es solo un borrador, cualquier dato que contradiga la marcha del programa es inmediatamente etiquetado como «sesgo mediático» o «falta de visión estratégica».
La realidad, esa molesta entrometida, es ignorada con la elegancia de quien prefiere el mapa que ha dibujado sin conocer dónde está, antes que aceptar el consejo de Google maps.
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El triunfo de la negación
La verdadera maestría del equipo de gobierno reside en su capacidad para interpretar el 76% de inconformidad como un síntoma de que, efectivamente, hay que insistir más.
Cada encuesta negativa es leída como una confirmación de que «la derecha» o «la falta de conciencia comunicacional» están saboteando el paraíso que está a la vuelta de la esquina, justo después de la próxima subida de impuestos.
Al final, la «Revolución» (o lo que sea que quede de ella) se ha convertido en un ejercicio de introspección solitaria.
El presidente y su equipo caminan con paso firme hacia el abismo, asegurando a los ciudadanos —que intentan desesperadamente bajarse del vehículo— que el movimiento se demuestra andando.
Y, a juzgar por la velocidad, la demostración está a punto de ser total.
Este «método del abismo» es una característica intrínseca de esta corriente política que se inició a la vida confrontativa como impostura contra el deseo de vivir en paz de la mayoría de los ciudadanos, y cuando parecía que había entendido el mensaje, llegó al gobierno y aterrorizó del mismo modo.
La «masa crítica de votantes» que hoy expresa descontento parece estar señalando precisamente el mismo problema de hace una década: un gobierno que diseña soluciones (o «Revoluciones”) para problemas que solo existen en su narrativa, mientras la realidad cotidiana —seguridad, costo de vida, burocracia— sigue deteriorándose.
Cuando un sector político expresa que el programa electoral que propuso “es incumplible”, pero se identifica tanto con una forma de hacer política que ante la crisis reacciona profundizando el mismo método, el resultado inevitable es la aceleración del desapego ciudadano.
Para la gente que se siente defraudada, la falta de una «autocrítica real» —esa que implica cambios de fondo en el equipo y en el rumbo— confirma la sensación de que el gobierno está más preocupado por mantener su relato farandulero que por mejorar la vida de la gente.
El hecho de que el propio presidente Orsi declare que «siempre hay que cambiar» pero que a la vez se enfrente a una realidad de alta desaprobación, sugiere que el problema no es solo de «comunicación» (como a veces intenta matizar el oficialismo), sino de fondo: el método de gestión del MPP, enfocado en la política como centro de todo, parece tener dificultades estructurales para gestionar un Estado eficiente que responda a las demandas de libertad económica y bienestar que hoy reclama una parte mayoritaria del país.
La comparación entre el estilo de gestión del MPP durante el gobierno de José Mujica y la actual administración suele centrarse en la noción de un «voluntarismo» que, al chocar con la realidad técnica y económica, deriva en lo que se ha calificado como una cadena de oportunidades perdidas y costos exorbitantes.
El gobierno de Mujica (2010-2015) es el arquetipo de la administración de izquierda fracasada; privilegió la narrativa ideológica sobre la viabilidad técnica, resultando en un costo de oportunidad tan elevado para el país que enterró al siguiente gobierno de Tabaré Vázquez, y, volvimos a tropezar al borde del precipicio.
Ideología.
Gestión pública.
Autocrítica.
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