Cómo la autonomía universitaria de 1958 terminó facilitando, según el autor, una transformación política e ideológica que los partidos tradicionales no supieron anticipar.
Cualquier persona que haya, no digo concurrido, sino siquiera pasado por la puerta de un instituto de enseñanza pública en Uruguay, no pudo ignorar las fachadas cubiertas de leyendas políticas. El interior de los edificios no le va en zaga.
Fácil es advertir la tendencia de los eslóganes que registran.
Unánimemente repiten las consignas que la izquierda introduce en las mentes juveniles y las hace repetir como mantras.
No se trata, por cierto, de un fenómeno nuevo.
Los liceos públicos ocupados por supuestos estudiantes.
La cartelería en todas las esquinas.
En otros tiempos la izquierda no representaba un riesgo electoral.
Para los colorados, el rival a vencer en las urnas eran los blancos, y a la inversa.
Eran apenas pequeños grupos de activistas, muy bien organizados, que operaban siguiendo las directivas del partido comunista local, que no era otra cosa que una filial de la URSS.
En 1958 los sectores tradicionales minimizaban la importancia del trabajo que la izquierda realizaba cuando se reclamaba la Ley Orgánica de la Universidad estatal procurando su autonomía.
Sin embargo, fue gracias a los votos de blancos y colorados que la Ley fue aprobada en forma casi unánime.
1958
Orwell usó el 1984 para el título de su famosa novela.
Podríamos ubicar el comienzo de la debacle en 1958.
El Rector de la Universidad en 1958 era el médico Mario Cassinoni, que era socialista y, algunos dicen, que masón.
Tal vez, porque la sede de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay se encuentra precisamente sobre la calle montevideana que hoy lleva su nombre.
Fue diputado del partido socialista en el lapso 1953-1956.
Esa doble calidad le permitiría llegar a los partidos tradicionales, y a la vez, a los sindicatos.
De todos modos, se consideraba a los socialistas, con el prestigio de Emilio Frugoni, de una izquierda moderada y que no era resistida por los partidos tradicionales.
Obtenida la autonomía, las corrientes de izquierda aplicaron la lógica gramscista a la perfección.
Mientras los partidos tradicionales se concentraban en la gestión del estado, las elecciones nacionales y el clientelismo político habitual, la izquierda militante se enfocó en ganar los centros de estudiantes, los sindicatos docentes y los gremios de egresados.
El éxito de ese propósito fue confirmado por el tiempo:
La Udelar se transformó en un espacio liberado para que la izquierda edificara su legitimidad intelectual y formara sus cuadros políticos.
Miopía política
¿Fueron los partidos tradicionales «funcionales» a ese proceso?
Con el periódico del lunes, la respuesta es sí.
¿Por implicancia consciente?
Lo demostrado es que los partidos tradicionales actuaron con una mezcla de ingenuidad ideológica y exceso de confianza.
La Ley Orgánica de 1958 institucionalizó el cogobierno paritario y la autonomía en la Udelar.
El Consejo Directivo Central (CDC) se integró con representación de docentes, estudiantes y egresados, y estableció que incluiría delegados de todas las facultades existentes en aquel momento.
Posteriormente esa integración fue modificada, pero no agrega nada a este análisis.
La Udelar se independizó del gobierno central, lo que le permitió decidir sobre planes de estudio, investigación y designaciones.
Los partidos tradicionales asumieron que el orden de Egresados actuaría como un freno ante al impulso de los estudiantes.
Asumían, indisculpablemente, que los profesionales al insertarse en el mercado laboral, votarían a profesionales de los partidos tradicionales.
No previeron la velocidad con que la izquierda cooptaría también los gremios profesionales.
Contemplando su ombligo
En 1958, el Parlamento uruguayo legislaba bajo la lógica de la «Suiza de América», aunque no era precisamente una lógica, sino una suerte de pensamiento mágico que suponía que las instituciones liberales eran eternas.
No supieron anticipar el impacto inmediato que tendría la Revolución Cubana, que apenas unos meses después de la aprobación de la norma legal, pulverizó el tablero político regional radicalizando a gran cantidad de jóvenes universitarios hacia la izquierda.
Al otorgar una autonomía total y blindada, el sistema político tradicional firmó la independencia de una institución que, en menos de una década, se convirtió en su principal opositora ideológica.
Cotinuaremos en la próxima nota.
Autonomía universitaria
Hegemonía cultural
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