Una reflexión sobre la responsabilidad fiduciaria, los contrapesos institucionales y las consecuencias políticas de sustituir la evidencia por el relato.
LA REPÚBLICA DE LAS ILUSIONES PERDIDAS
Sobre el costo de ignorar la realidad y la gestión sin contrapesos
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
La política contemporánea padece de una patología incurable: la incapacidad congénita para asumir los hechos tal cual son, apreciados con la distorsión del interés político.
Esto ha degenerado en incredulidad, penalización electoral y en las encuestas, y ha desorientado a gobierno y oposición.
Cuando se analiza con rigor intelectual —lejos de la trinchera ideológica y del panfleto partidario— la conducta en el ejercicio del poder, emergen patrones de comportamiento que no son producto del azar, sino de un profundo error de concepción sobre cómo funciona la sociedad, la administración de los recursos públicos y el respeto a las instituciones.
Hoy esa versión de la izquierda ha inficionado por cobardía a todo el espectro de la corporación política, que arruga el ánimo cuando se trata de decir las cosas claramente y asumir responsabilidades sin tapujos.
El mito de los recursos infinitos y la irresponsabilidad fiduciaria
Gobernar es, antes que nada, administrar escaseces con responsabilidad fiduciaria.
Sin embargo, existe una propensión sistemática a tratar los fondos públicos como un botín inagotable o una caja de resonancia clientelar.
Cuando se hipertrofia el aparato estatal y se debilitan los contrapesos institucionales, el despilfarro deja de ser un accidente para convertirse en método.
Los desvíos éticos y los abusos en la función pública no son simples anécdotas morales de tal o cual dirigente circunstancial; son la consecuencia previsible de concentrar discrecionalidad económica en manos de estructuras que operan al margen de la más elemental rendición de cuentas.
Quien no entiende que el dinero del Estado es, en realidad, el esfuerzo sacrificado del contribuyente, termina convirtiendo la gestión pública en una prebenda corporativa que erosiona la confianza ciudadana.
La huida hacia adelante: el refugio en el relato y el enemigo a medida
Ante la evidencia terca del fracaso económico o la ineficiencia manifiesta, la reacción instintiva no es la autocrítica, sino la construcción de una coartada discursiva.
Se inventan conspiraciones planetarias, se culpa a los mercados, a los factores internacionales o a las herencias del pasado con tal de no admitir que las leyes de la economía y de los incentivos humanos no se doblegan por decreto.
Un gobernante con genuina vocación republicana asume los costos y las condicionantes reales sin evadir responsabilidades; el demagogo, en cambio, prefiere inmolar el bienestar de su propia gente antes que reconocer que su dogma teórico era simplemente inviable.
El mérito desplazado y el pragmatismo sin escrúpulos: arbitrariedad y opacidad
La gestión de un país moderno requiere de cerebros lúcidos, equipos técnicos rigurosos y capacidad de ejecución.
No obstante, cuando se prioriza la lealtad partidaria o la militancia por encima de la idoneidad profesional, el Estado se puebla de operadores y se vacía de talento.
Esa pérdida de densidad técnica se traduce, inevitablemente, en un desprecio absoluto por los procedimientos formales y las salvaguardas ambientales o jurídicas.
Lo hemos visto reflejado en decisiones de fuerte sesgo discrecional: desde el intento de ejecutar obras como el embalse de Casupá por mera imposición político-ideológica —expropiando y comprometiendo préstamos internacionales sin contar siquiera con la autorización ambiental previa que garantice la viabilidad técnica—, hasta la alteración de normativas de protección ambiental a medida, como ocurrió al retirar los Bañados de Carrasco de la lista de áreas protegidas apenas días antes de que se concretara una mega inversión inmobiliaria extranjera en la zona.
Cuando la urgencia del relato o los intereses corporativos se anteponen al interés general, la transparencia se vuelve un estorbo.
Esto se evidencia también en el uso sistemático del secreto —como la disposición de mantener bajo reserva el litigio con Cardama— y en la contratación directa de cuantiosos servicios de asesoría jurídica internacional por decisión exclusiva del Poder Ejecutivo, eludiendo los controles ordinarios y escatimando explicaciones a los ciudadanos.
La política como supervivencia: el miedo a perder el cargo y la tentación corrupta
Hay un ángulo raramente abordado en la trastienda del poder cuando se analiza esta dinámica: la psicología del gobernante que sabe, en lo más íntimo, que su modelo es inviable a largo plazo.
Cuando una fuerza política llega al poder prometiendo soluciones mágicas y acumula expectativas imposibles de cumplir, contrae una deuda impagable con sus bases.
¿Qué ocurre cuando los ciclos se cierran, la caja se vacía y la frustración popular se hace evidente?
Para un dirigente cuya única fuente de sustento y proyecto vital es el aparato estatal, la perspectiva de perder el cargo equivale a una muerte civil.
En esa encrucijada, los escrúpulos institucionales se evaporan. El cálculo ya no es cómo asegurar la sostenibilidad de la nación a futuro, sino cómo sobrevivir al próximo ciclo electoral.
Para mantener contentos a los grupos de presión y financiar estructuras, la corrupción deja de ser un vicio individual y pasa a ser el lubricante necesario de un sistema que hace agua. El Estado se coloniza para crear una red de protección mutua y un reaseguro patrimonial; si el partido pierde el gobierno, se pierde la fuente de influencia y la impunidad.
Es el ciclo del jugador desesperado que dobla la apuesta mediante más dogma y discrecionalidad para tapar el bache.
El divorcio perpetuo con la evidencia empírica
Insistir una y otra vez en fórmulas estatistas, controles asfixiantes y atropellos normativos bajo la promesa de que «esta vez sí funcionará» no es rebeldía ni convicción: es ceguera ideológica. La historia ha demostrado hasta el cansancio que la realidad es terca y no dialoga con dogmas.
Las sociedades avanzan única y exclusivamente cuando abandonan las ilusiones colectivistas, respetan la libertad individual, premian el esfuerzo y entienden que el Estado está para garantizar reglas claras, ecuanimidad y transparencia institucional, no para suplantar la iniciativa creadora de los ciudadanos ni operar en las sombras.
Todo lo demás es relato ideológico, costosamente pagado con el atraso y el quebranto de la República.
Responsabilidad fiduciaria
Contrapesos institucionales
Primacía de la realidad
Continuar leyendo en Orden Global y Geopolítica
Apoyá la continuidad de Perspectiva Liberal
Perspectiva Liberal es un espacio editorial independiente. Si valorás este trabajo y querés colaborar con su continuidad, podés hacerlo mediante un aporte voluntario a nuestra cuenta Prex.
Cuenta Prex: 13440

