Una crítica al sistema previsional uruguayo desde la analogía con el esquema Ponzi y al uso del ahorro obligatorio como mecanismo de financiamiento estatal.
EL ÓPTIMO DEL ESQUEMA PONZI
El Estado estafador: el poder de imperio manejando el dinero de la gente
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Charles Ponzi en la década de 1920 organizó uno de los casos más notorios de este tipo de estafa a los inversores en los Estados Unidos.
El esquema funciona mientras ingresen constantemente nuevos aportes y la mayoría de los inversionistas no exija simultáneamente la devolución de sus fondos.
Sin embargo, al carecer de una base económica legítima, resulta insostenible y termina colapsando cuando disminuye la entrada de nuevos inversores o aumenta la demanda de reembolsos.
El Estado en el Uruguay utilizó este sistema cuando estatizó el ahorro prometiendo luego una devolución jubilatoria. Este sistema colapsó comiéndose prácticamente la totalidad de los recursos obligados a ahorrar a los trabajadores y a los empleadores, dado que la promesa de retribución superaba largamente la rentabilidad, en realidad inexistente, dado que el propio Estado usaba esos recursos privados, disponiéndolos a piacere en su engorde al punto que le daba a sus funcionarios préstamos especiales de vivienda, alhajamiento, y hasta para una segunda vivienda, prácticamente sin intereses frente a una inflación galopante.
Este uso indiscriminado del dinero ahorrado en libertinaje del Estado, condujo a que el sistema previsional tuviera que incluir en la Constitución su forma de ajuste relacionándolo con el aumento de salarios.
Obviamente, el colapso del fraude fue mayor.
Cada vez el Estado tenía que quitarle más recursos tributarios a los mismos trabajadores y empresarios para financiar el esquema Ponzi.
Así hasta que agobiado el presupuesto y a punto de declarar el desfalco, el Estado tuvo que aprobar un sistema privado de ahorro para descomprimir con el tiempo el colapso del esquema Ponzi.
El problema de la adicción a esta estafa es que no puede detenerse.
El negocio redondo y cautivo: sacarse el mochilón de encima y anestesiar el ahorro legítimo del obrero
Hay que reconocerles una enorme habilidad contable y política a los sucesivos gobiernos: lograron hacer el milagro de desaparecer las obligaciones previsionales del Presupuesto Nacional como por arte de magia.
Te dicen con una sonrisa ancha que las cuentas públicas están más prolijas, que el Estado se achicó y que la mochila pesada de las jubilaciones ya no asfixia las erogaciones corrientes del Tesoro.
Hermoso relato sobre el papel. Pero cuando uno rasca un poquito la superficie, se encuentra con que el truco es tan viejo como inescrupuloso: le sacaron el peso al Estado… para enchufárselo obligatoriamente al bolsillo del trabajador en régimen de cautiverio absoluto.
Porque hablemos con propiedad y sin anestesia. Esa plata del ahorro individual que con tanto sacrificio junta mes a mes el sueldo de la gente no es un mercado libre; es un corralito sofisticado. Te imponen por ley que parte de tu esfuerzo vaya derechito a una AFAP, pero a su vez le prohíben por decreto a esos mismos administradores buscar horizontes de inversión rentables, audaces o verdaderamente diversificados en el mundo.
¿El resultado?
Los obligan a calzar casi todo ese capital comprando masivamente papeles de deuda nacional.
Con la desfachatez de no permitir que en Uruguay haya realmente una oferta privada de colocaciones, o sea, un mercado de capitales, la única alternativa nacional de ahorro obligatorio, aplicando el poder de imperio del Estado.
Sustituyó el montepío y el robo en el cálculo del haber jubilatorio, por algo más sofisticado: la inversión “privada” cautiva destinada a financiar otra vez al Estado económicamente liberticida, tomando cada vez más deuda hasta que los calificadores de riesgo avisen que “no va más”.
Dicho en criollo: le armaron al Estado un mercado cautivo formidable.
Como el Tesoro necesita financiarse constantemente y colocar sus bonos y letras, ahí tiene al fondo previsional obligado a comprarlos mansito, absorbiendo una porción gigantesca de toda la deuda pública emitida.
El trabajador labura, aporta, cree que está ahorrando para su vejez, pero en la práctica lo que está haciendo es prestarle plata compulsivamente al mismo aparato estatal para que cubra sus baches financieros.
Y acá es donde el castillo de naipes se vuelve peligroso de verdad.
Porque si todo tu ahorro descansa sobre los propios títulos del deudor —es decir, el Estado—, lo que tenés no es un fondo de pensión robusto, sino una bomba de tiempo atada a la “salud y sensatez” fiscal de la misma administración.
Las cuentas están al borde del desborde en esta irrefrenable dilapidación del MPP (Pepe a la enésima potencia).
Si mañana las cuentas se desbordan, la economía entra en barrena y el país choca contra las paredes de un default… ¿qué pasa con los papeles?
Se evaporan.
Desaparecen los bonos, se esfuman los títulos y con ellos se esfuma, mágicamente, el ahorro de toda una vida que el trabajador nunca pudo elegir colocar en otra parte.
Sacaron el gasto de los números oficiales, sí, pero lo hicieron estatizando el riesgo de la peor manera: maniatando la plata ajena, impidiendo la libertad de invertir donde uno quiera y dejando el futuro de los pasivos pendiendo del hilo frágil de que el Estado nunca más quiebre.
Un negocio redondo para la política, y una estafa en cuotas para el que madruga todos los días.
Lo advirtió Kristalina, del FMI, apenas Oddone quiso apoderarse de 12.000 millones de dólares ahorrados, convalidando el “diálogo socialista” estatizando las AFAPs.
Un socialista, declarando írrita, nula, y sin ningún valor para siempre, la obligación de devolver el dinero ajeno.
Esquema Ponzi estatal
Ahorro previsional cautivo
Riesgo fiscal y deuda
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