Small business owner reviewing expenses as public officials enter a modern administrative building in Uruguay.

La república de los privilegiados

Y el espejismo burocrático

LA REPÚBLICA DE LOS PRIVILEGIADOS
Y el espejismo burocrático
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

Hay un contraste que irrita por lo obsceno y entristece por lo previsible.
En un país donde la economía real rema contra la corriente de una presión impositiva asfixiante, costos de producción inadmisibles y un mercado interno exiguo, existe una isla de felicidad inalterable, un búnker blindado contra las turbulencias del mundo: el sector público político.
Mientras el comerciante de barrio, el productor rural o el emprendedor tecnológico se rompen la cabeza —y el bolsillo— para pagar sueldos, aportes y cuentas atados a la intemperie del riesgo privado, el Estado uruguayo premia a sus jerarcas con una generosidad digna de las monarquías más boyantes.
Un legislador uruguayo percibe un sueldo bruto que supera holgadamente los 7.000 dólares mensuales, y la cúspide del Ejecutivo ronda los 14.000. Son cifras que harían ruborizar a economías con un PIB diez veces mayor al nuestro.
Pero el verdadero escándalo no es solo cuánto se paga, sino a quién se le paga y bajo qué lógica.
Históricamente, la política nacional supo abrigar a una élite intelectual, a profesionales de fuste que hacían una pausa en sus exitosas carreras privadas para servir transitoriamente a la república.
Hoy el panorama es otro. Desprovistos en muchos casos de un pasaje previo por el mercado de bienes y servicios, por el riesgo empresarial o por la gestión de la escasez real, los cuadros que ocupan bancas y despachos ministeriales provienen, de forma alarmante, de la inercia sindical, de la militancia partidaria perpetua o de la administración pública misma.
Se premia el carné y la obediencia orgánica por encima del mérito, la idoneidad técnica o la capacidad de crear valor.
Se premia el rencor contra el esfuerzo, la formación técnica, y la generación genuina de recursos para toda la sociedad.
El resultado de esta ecuación es un círculo vicioso de efectos altamente tóxicos para la salud institucional de la república:
Primero, se produce una distorsión salvaje en los incentivos.
Cuando el Estado paga sueldos de primer mundo a perfiles formados en la retórica gremial o en la burocracia estatal, se destruye el atractivo de la innovación.
¿Para qué arriesgar capital, competir en los mercados internacionales o sufrir las calamidades de la legislación laboral criolla si la meta más lucrativa y segura es prenderse de la teta del presupuesto nacional?
El talento joven, en lugar de fundar empresas, aspira al empleo público blindado, para lo cual la militancia “balde” o “foca” es el primer escalón del escalafón.
Segundo, la desconexión con el contribuyente es absoluta. Quien jamás firmó un recibo de sueldo privado, quien nunca supo lo que es afrontar un laudo o lidiar con un banco que no perdona, legisla y regula la vida de los que sí producen con una lividez pasmosa.
Se vive en una burbuja donde la plata siempre está, porque si falta, simplemente se suben los impuestos o se emite deuda.
Tenemos, así, una clase política con sueldos escandinavos, un nivel formativo sesgado hacia el estatismo, anti empresa, y una total insensibilidad ante el costo de vida del ciudadano de a pie.
Mientras no entendamos que el Estado debe estar al servicio de los que producen, porque nos beneficia a TODOS, y no al revés, seguiremos financiando una “casta dorada” que vive en el primer mundo a costillas de un país que rema en el subdesarrollo.
Un mundo contrario a las agujas del reloj, en el que la alternancia es un deporte político gatopardista.

Privilegios del sector político
Incentivos y productividad
Estado y contribuyentes

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