Cuando la prolijidad presupuestal sustituye la discusión sobre el endeudamiento, el gasto estatal y las bases económicas que condicionan el futuro de Uruguay
LA LITURGIA DEL FRACASO
La Rendición de Cuentas, el espejo retrovisor de un rumbo extraviado
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Hay una extraña fascinación en la política uruguaya por consagrar la burocracia como sustituto de la gestión. Y justificar al sistema político porque en el último momento, previo al desastre, acuerda que lo que debe rechazarse se tolera.
Cada año, el ritual de la Rendición de Cuentas se despliega en el Parlamento con la solemnidad de una misa laica.
Se acumulan tomos de planillas y pen drive, se discuten decimales de ejecución y se cruzan reproches estadísticos sobre quién gastó más o quién administró con mayor prolijidad la escasez.
Pero este despliegue formal esconde una trampa conceptual profunda: se convoca al Sistema Político a auditar la prolijidad de un naufragio.
El problema central de este ejercicio no es meramente técnico; es la constatación de que venimos arrastrando un presupuesto que trajo estos lodos. Partir de la base de un Presupuesto Nacional equivocado en sus premisas y objetivos, asfixiante en su diseño ridículo, y estatista en su vocación perenne, convierte a la Rendición de Cuentas en una farsa institucional.
Pretender extraer conclusiones positivas, destello de reformas o visos de modernización de un instrumento viciado en su origen es un ejercicio de autoengaño colectivo.
Cada nueva Rendición de Cuentas pone sobre la mesa una tensión fundamental en la gestión pública moderna: la brecha entre la formalidad burocrática de la rendición de cuentas y la eficacia real en la resolución estructural de los problemas del país.
Cuando el formato legal se cumple, pero los nudos gordianos económicos siguen intactos, el ejercicio democrático se convierte en un ritual vacío.
Los cuatro jinetes del estancamiento presupuestal
Analizar la ejecución de este Presupuesto sin cuestionar sus pilares es ignorar las cuatro anclas que hunden sistemáticamente la competitividad del país:
El endeudamiento como inercia ineludible: Se gestionan las cuentas públicas bajo la ilusión de un equilibrio contable sostenido a fuerza de pasivos crecientes.
Cada punto de endeudamiento para cubrir gastos corrientes es una hipoteca sobre el futuro de las nuevas generaciones hasta el 2060; un tributo financiero que se paga detrayendo recursos irresponsablemente de la inversión real y del desarrollo tecnológico.
La previsión social como un pozo sin fondo: La seguridad social continúa siendo tratada con parches cosméticos y recortes marginales, evitando el debate frontal sobre un sistema que consume recursos colosales para tapar un agujero negro estructural que se profundiza con demagógicas prestaciones a pasivos y prórrogas impertérrita de Seguro de Desempleo a activos.
Se prioriza el apaga-fuegos previsional por sobre la capitalización del ahorro individual y la libertad de elegir. Se repiten errores conceptuales financieros que se cargan a lomo de los trabajadores formales y la devolución de los pasivos generada a mandoble de gastos postergados y promesas de devolución intacta.
El castigo sistemático al motor productivo: Lejos de liberar las fuerzas del mercado, la arquitectura fiscal de este presupuesto penaliza con voracidad impositiva a los sectores dinámicos y generadores de divisas que el sistema político considera su acervo personal.
Se castiga la fuente misma de donde brota la riqueza, secando la plaza para favorecer el corporativismo estatal. Una eutanasia lenta del propio sistema, que, mientras intenta prolongar prebendas, va matando a la vaca que ordeña.
La gestión por el espejo retrovisor: La discusión económica nacional sigue atrapada en la coartada de comparar el presente con los errores del pasado, eludiendo por completo las urgencias del futuro inminente.
Mientras el mundo corre hacia la disrupción tecnológica, la automatización y la economía del conocimiento, aquí se celebra haber ejecutado con precisión milimétrica un aumento del gasto con excusas socialistas que atrasa décadas.
El peligro de convalidar el error
Pretender encontrar bases superadoras dentro de este esquema es el equivalente a calibrar una brújula rota analizando el trayecto que ya nos hizo encallar. Limitar el análisis a la letra chica de la Rendición de Cuentas, a supuestos agregados que la prolijan, sin denunciar que el presupuesto mintió recursos y abusó del prestamista que lo alimenta, es convalidar que el Estado crezca a expensas de la libertad y el endeudamiento de los ciudadanos.
Como bien advertía Ramón Díaz, los pueblos no se arruinan por falta de recursos, sino por el persistente error de sus instituciones económicas. Continuar administrando las consecuencias de un modelo fundado en el privilegio corporativo prebendario, y la voracidad fiscal, aplaudiendo la prolijidad con la que se ejecutan los abusos, no es gobernar: es administrar la decadencia con estampilla oficial y firma presidencial.
Es hora de dejar de rendirle culto a las planillas formales del pasado y empezar a rediscutir, sin complejos ni parches, las bases de una libertad económica que este presupuesto, por diseño, se encarga de asfixiar aún más.
Endeudamiento y gasto público
Previsión social estructural
Libertad económica y competitividad
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