De la coerción visible a la manipulación invisible: cómo el sistema logra que deseemos lo que necesita
– El pasaje del poder coercitivo al poder seductivo
– La autoexplotación como forma dominante de control
– El rol de las plataformas digitales en la modelación del deseo
LA PSICOPOLÍTICA EN EL SIGLO XXI
En nuestra nota anterior planteabamos, tan esquemáticamente como lo exige este medio, el proceso del control a través de las posturas de Beria, Foucault y Byung-Chul Han.
Se trata de tres enfoques sobre cómo ha ido el poder sobre la mente regulando la conducta social.
Desde el modelo brutal de estilo soviético hasta otras versiones más sofisticadas, y tal vez, más efectivas.
El análisis de Han está dirigido a las sociedades abiertas, a las democracias de Europa occidental, EE. UU., Corea del Sur…
Su diagnóstico no aplica a una sociedad como la de Corea del Norte.
Se trata claramente de dos modelos distintos.
Poder sin límites
La curiosamente llamada República Democrática de Corea es una sociedad cerrada.
El poder es absolutamente visible, la coerción se percibe directamente, la vigilancia es externa y la regla general es la prohibición.
Para Foucault, Corea del Norte sería el ejemplo disciplinario clásico, aunque, lamentablemente no es el único.
Para Han, no vale la pena ocuparse del Norte de la península coreana.
Y no por la mezquina razón de que él viva en Alemania.
Sino porque no representa el problema actual que desea diagnosticar.
Lo que preocupa al filósofo es lo que ve como engañoso: la dominación bajo apariencia de libertad.
Entre la indisimulada opresión y la manipulación seductora, se ocupa de lo segundo.
El problema es que el interés de Han podría hacer perder de vista el contraste entre ambos modelos.
Porque si bien la sociedad abierta, como toda construcción humana no es perfecta, la cerrada es muchísimo peor.
Tampoco Han ofrece una salida a su crítica, y, además, la realiza en el único contexto donde no sería castigada.
En suma: sin contrastar con lo peor, la crítica de lo mejor pierde la brújula.
Pero vayamos a las consideraciones del coreano, insistiendo en que no resultaría totalmente aplicable a sociedad como la uruguaya.
Lo que el sistema quiere
Lo interesante es que el contexto psicopolítico no obliga, sino que convence al individuo de que desea lo que el sistema necesita que desee.
Y, dice Han, que eso funciona porque el individuo se cree libre.
Entonces, se autoexplota porque quiere progresar.
Piensa cada momento de su vida como un proyecto optimizable.
La voz del amo no grita, sino que susurra: «sé tu mejor versión».
El instrumento perfecto son las plataformas digitales.
La gente no solo aporta lo que hace, sino lo que siente.
A final se reduce a algoritmos predictivos
Así, la psicopolítica termina por vaciar la política clásica:
Y el ciudadano pasa a ser usuario, simple opinante sin poder real.
Mucho ruido y pocas nueces.
El individuo se explota a sí mismo y cree que se está realizando.
Psicopolítica vs propaganda clásica
En la propaganda clásica, el mensaje es explícito y está dirigido a un enemigo identificado.
También es claro el emisor, ya sea un partido o el propio estado.
En la Psicopolítica, el mensaje es implícito, el enemigo difuso (el fracaso, la mediocridad) el emisor, invisible (el mercado, el algoritmo).
Busca una autorregulación emocional.
Moldea cómo desear.
La democracia es esencialmente deliberante, lo que requiere son ciudadanos que ofrezcan su tiempo y energía
La psicopolítica produce: cansancio, ansiedad, individualismo exacerbado.
Genera ciudadanos que carecen de tiempo y de energía.
Y que terminan por ser consumidores de política.
Así, elegimos narrativas como series de TV y abandonamos cuando aburren.
La política se transforma en gestión de estados de ánimo.
El poder logró algo, a la vez, brillante y perverso: reemplazar la lucha por la terapia.
En próxima nota desarrollaremos la idea del emisor invisible.
Explorá más análisis en: https://perspectivaliberal.com/orden-global-y-geopolitica/
