Soldiers advancing through a heavily damaged urban battlefield with fires and debris, capturing the reality of modern warfare

¿Puede la guerra ser legítima para alcanzar la paz?

La distinción entre legalidad y legitimidad expone el dilema central de la guerra en las democracias liberales

En notas anteriores discurríamos sobre la legitimidad de la ley recientemente aprobada en República Checa castigando con pena de prisión a quienes difundieran propaganda comunista.
Eso nos llevó al concepto de la «legitimidad» de la ley.
Para transformarse en ley, es decir, en norma coactivamente obligatoria, existe un proceso que establece su forma.
Si el procedimiento es válido, entonces, la ley es formalmente obligatoria.
El tema de la legitimidad no pasa por la forma sino por la materia.
El III Reich dictó leyes prohibiendo tanto los matrimonios como las relaciones carnales entre alemanes y judíos.
La ley era válida, pero no legítima.
Vimos que para ser legítima una ley debe ordenarse al bien común.
Rodolfo Fattoruso, en su «Liberalismo armado», toma la distinción entre el significado de las palabras «contrincante», «adversario» y «enemigo».
No es exactamente lo mismo lo que suponen esos términos.
No es igual ser adversarios en una partida de ajedrez, que enemigos en una guerra.
El enemigo quiere someternos o destruirnos.
La guerra supone una lucha armada entre dos grupos de países, o entre grupos del mismo país.
La segunda forma se conoce como guerra civil.
«Quien desee una paz firme y democrática, debe pronunciarse en favor de la guerra civil contra los gobiernos y la burguesía»,
dice V. I. Lenin en El socialismo y la guerra (1915).
La frase es contundente.
Aunque resulta irónico que una «paz firme y democrática» se obtenga destruyendo a los «gobiernos y la burguesía»
No admite otra opción que la guerra civil para construir esa paz firme y democrática.
Esto es, el «paraíso» socialista.
La paz de los sepulcros, y la dictadura del partido comunista
Lo cierto es que la democracia liberal incuba en su seno el gérmen de su propia destrucción.
Los checos, al igual que los países tras la Cortina de Hierro, lo saben y no quieren volver a repetir esa dolorosa y cruenta experiencia.
Los cubanos vienen sufriéndolo desde 1961 en que Castro sacó el comunismo del armario.
Mientras, América parece despertar del letargo socialista, aunque algunos países todavía parecen derivar hacia el mismo fracasado sistema.
La experiencia firme es la que se aprende en carne propia.
Nos duele más un callo que el asesinato de cristianos en Nigeria.
Así, se adoptan consignas que se ponen de moda, y vemos manifestantes españoles, que nunca pisaron las tierras que descubrió Colón, condolerse por la suerte de Maduro y manifestarse pidiendo que lo repongan en el cargo que detentaba.
Y detentar está usado en su exacto sentido de tenedor injusto.
Después fue la bandera Palestina, y ahora la de Irán o ambas juntas, enarboladas por los que jamás vivieron en la opresiva y belicosa teocracia iraní.
Esos mismos que invocan el derecho internacional, hicieron un estruendoso silencio, cuando el régimen masacraba a su pueblo.
Curiosamente, no hay venezolanos ni iraníes en esas manifestaciones.
Demostraciones que se realizan fuera de los territorios de Venezuela o de Irán, porque en esos países no solo están prohibidas, sino que son objeto de represiones brutales.
Países que, al igual que Cuba, han entrenado, financiado, armado y exportado terroristas.
¿Será verdad que, a veces, hay que hacer la guerra para obtener la paz?
Pero no todas las guerras son justas.
Y si es así, ¿cuándo puede considerarse que una guerra es legítima?
Sin duda, un tema muy vigente a desarrollar.

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