Cuando el gasto público y la ideología desplazan la eficiencia, la economía y la confianza social pagan el precio
EL ALTO COSTO DE LA FATAL ARROGANCIA
Cuando la ideología legitima el ejercicio del poder abusivo en democracia
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
La fatal arrogancia de la izquierda oculta el capitalismo de Estado en el falso interés social.
Con el argumento de que sabe mejor que la persona cómo gastar el dinero en interés de la sociedad, comete abuso económico como pandemia posmoderna.
Burla todos los mecanismos institucionales para que el ciudadano sepa en qué se gasta su dinero, cuándo se gasta mal por incapacidad, corrupción, el costo individual de dilapidar en falaces argumentos para repartir lo que nos saca.
La fatal arrogancia de la izquierda nunca es porque el gasto público no abuse de recursos que le quitan a quien los ganó legítimamente, sino por aumentar la recaudación para gastar más.
La coalición de izquierda, junto con la dirigencia sindical de su misma ideología, han promovido la discusión sobre instalar un impuesto al 1% más rico, y destinarlo a la “primera infancia” a la que no llega los millones de dólares que dilapidan.
Paradójicamente, las primeras acciones del gobierno de izquierda fueron gastar 32 millones de dólares en homenajear al líder ideológico.
Si bien Yamandú Orsi y su ministro de Economía, Gabriel Oddone, han dicho que «no es parte de las ideas» impulsadas por esta administración, la izquierda insiste.
En la última sesión de la Mesa Política de la izquierda se puso en consideración un informe elaborado por la Uteco (Unidad Temática de Economía de la Comisión Nacional de Programa socialista; todos proclives a la estatización del capital privado.
El informe tiene lineamientos para avanzar hacia una «sociedad igualitaria, fraterna y solidaria», en realidad, una fraternidad y solidaridad impuestas desde el poder.
La cuestión de aumentar impuestos es un tema central de la discusión programática ideológica en términos de eficacia y eficiencia de recaudar más.
De manual comunista: no son anticapitalistas sino capitalistas concentrados en el Estado cuando gobiernan.
Nunca hablan de eficacia, eficiencia, orden del gasto público. No importa que son los particulares los que pagan lo que ellos gastan, y les cuesta ganarlos trabajando.
En gobiernos de izquierda se profundiza el dispendio sin control efectivo, permitiéndole apropiarse del dinero ajeno con la falacia utópica que procuran interés social.
En ninguno de los sistemas marxista-comunista-socialista se ha logrado resolver la pobreza, aunque han confiscado todo el capital privado.
Reducen los sectores productivos, que van desapareciendo, y con ello alimentos y medicamentos, por lo que TODOS sufren una planificación estática que concentra y gasta mal los recursos, menos el poder.
Según Milton Friedman existen cuatro formas de gastar el dinero basadas en quién es el dueño del dinero y quién se beneficia.
El uso del dinero ajeno en otros tiene la mínima eficiencia de todas (gasto estatal).
El que gobierna no sufre en su bolsillo, en su patrimonio personal los efectos del malgasto. A medida que crece la intervención del Estado se amplifica la necesidad de recursos privados; y se hace imposible controlar gastos impropios.
En una fuente de gasto público que se aplica con fatal arrogancia, parece que nunca se agotan los recursos que pagan otros, los que tienen restricciones de ingresos y se funden.
La izquierda es la mayor propulsora de subir de impuestos gastando el dinero de otros; confisca por la supuesta superioridad de aplicarlos mejor que su legítimo dueño.
El mercado competitivo privado obtiene ganancia sirviendo al consumidor con bienes y servicios de mejor calidad al menor precio posible (competencia); la corporación política busca el redito electoral, o la financiación espuria de supuestas necesidades presupuestales diseñadas sin riesgo propio.
Un gobierno de izquierda impone regulaciones pesadas y gastos sin medir consecuencias.
Pedirle a un gobierno estatista que implemente auditorías digitales es como pedirle a un mago que explique sus trucos en medio de la función: se acaba el encanto y empieza la responsabilidad.
La tecnología es el único fiscal que no teme a los traslados, no acepta cargos para sus parientes y tiene la mala costumbre de recordar siempre dónde quedó el dinero.
Si la izquierda gobernara con la misma eficiencia con la que bloquea la transparencia, hoy hubiéramos superado la competencia con Suiza, en lugar de comprando estancias conmemorativas.
Los supuestos de izquierda expuestos son: colocar militantes en lugar de personas formadas, redistribuir en lugar de ordenar el gasto, aumentar la carga tributaria, para gastar en recuerdo del líder, anular contratos de obra pública financiados con recursos privados para que el Estado domine todo, seleccionar al proveedor con criterio ideológico.
Se gastan 800 millones de dólares, supuestamente, en atención de crisis sociales, que no llegan a los más infelices, con excusas obscenas, se gasta en seguridad, pero no se controla el aumento de homicidios, la dirección criminal desde las cárceles, y se miente excarcelar más o menos personas que aumenten la situación de calle.
Apostamos a sobrevivir económica y socialmente a un modelo de planificación centralizada que gasta sin medida y ataca a la soberanía de las instituciones, en un contexto donde el simbolismo político prima sobre la eficiencia técnica.
Este año y medio de gestión refleja una transición hacia el «Estado militante y adoctrinador», donde se rompen las lógicas de cooperación público-privada en favor de una visión ideológica confesional.
El aumento de la carga tributaria para financiar este gasto inútil y burocrático choca con la realidad del bolsillo ciudadano y la confianza del prestamista.
La historia demuestra que la redistribución sin orden fiscal tiene una luna de miel corta.
El daño institucional y la pérdida de oportunidades (como proyectos de infraestructura ya financiados, ruptura ilícita de contratos y costo de gestión inepta que facilita la corrupción) son difíciles de revertir.
Dependerá del convencimiento de que la izquierda gobernó mal, se apropió de un dinero que malgastó, y haya, lamentablemente, mucha gente viviendo peor.
Históricamente, el «sentido común» de las mayorías suele ser más reactivo que proactivo: la gente no vota por un sistema ideal, sino que vota contra los resultados tangibles de una mala gestión.
En este 2026 la teoría del control estatal choca con la realidad operativa. Para que ese malestar se canalice hacia un cambio liberal y moral, el debate deba centrarse en tres ejes que la población percibe directamente:
El Despilfarro como Inmoralidad
Cuando el ciudadano ve que se compran estancias de 32 millones de dólares (como María Dolores) o se nacionalizan proyectos de infraestructura para inflar la burocracia, mientras los servicios básicos de personas en situación de calle o la seguridad empeoran, la discusión deja de ser técnica y pasa a ser moral.
El argumento liberal aquí es potente: «Cada peso gastado en simbolismos o en militancia es un peso que se le robó al trabajador vía impuestos o inflación».
La «revolución moral» consiste en reinstalar la idea de que el dinero público es dinero privado en custodia, y que su mal uso es una traición a la confianza ciudadana.
Uruguay ya tiene una presión tributaria alta. Si el gobierno actual insiste en aumentar la carga tributaria para sostener un gasto ineficiente, generará una asfixia en el sector productivo que se traducirá en: menos empleo privado; aumento de precios por costos impositivos y regulaciones; desmotivación del emprendedor frente al militante «acomodado».
El «estado de ánimo» electoral suele cambiar cuando la clase media y los sectores populares sienten que están trabajando para mantener una estructura que solo les sirve a los que detentan el poder, los vigila y los castiga.
Estado vs individuo
Gasto público
Ideología y poder
Este análisis forma parte del eje temático de Orden Global y Geopolítica
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