El testimonio de Leydis Aguilera expone el contraste entre las instituciones extractivas de la dictadura cubana y una tradición uruguaya fundada en la libertad individual.
UNA DIPUTADA CUBANO-URUGUAYA
Explica en el Parlamento libre la diferencia entre un gobierno dictatorial y su sufrido pueblo, entre el exilio obligado y la libertad
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
¡Cómo nos cuesta entenderlo!
Uno anda por la calle, ve este bendito Uruguay —este rincón del mundo donde todavía nos damos el lujo de discutir sobre la tasa de interés, el impuesto a las transacciones o si la regla fiscal mide el endeudamiento o el gasto— y se olvida de lo que pasa a dos pasos.
Nos distraemos. Creemos que la libertad es como el aire: está ahí, se respira gratis, viene con la cédula y nadie nos la puede tocar. ¡Pobre de nosotros si nos descuidamos!
Miren lo que es la vida de Leydis Aguilera.
Véanla bien.
Es el testimonio descarnado de lo que pasa cuando a la política se le ocurre la genial idea de estatizar hasta el alma de la gente.
Lo dice con conocimiento de piel, arriesga a su familia al decir lo que piensa, pero, igual lo dice claro y fuerte: EN CUBA HAY UNA DICTADURA.
Una tiranía que adoctrinó a su pueblo, y está siendo vencida por la desesperación. Una dictadura que tiene presos políticos por manifestar que están hartos de su gobierno.
Porque acá es donde se cruzan Daron Acemoglu con la mismísima realidad de las tiranías del siglo XXI.
¿Qué nos enseña Acemoglu con esa economía política de las instituciones extractivas?
Que los países no fracasan por el clima ni por la mala suerte; fracasan por las instituciones.
Y cuando las instituciones son extractivas, cuando el poder se concentra en una camarilla, en una nomenklatura que usa el Estado como su estancia personal, el resultado inevitable es la destrucción del ser humano.
Lo que vivió Leydis —ingeniera en telecomunicaciones especializada en alta tecnología y aparatología médica— no es una anécdota lejana de burócratas aburridos; es la radiografía perfecta del sistema extractivo llevado a su paroxismo totalitario.
¿Qué hacía el régimen cubano con ella y con miles como ella?
Extraerles el fruto de su esfuerzo, confiscarles el salario, apropiarse de su trabajo altamente calificado mediante contratos de esclavitud moderna disfrazados de «misiones solidarias», y secuestrarles la libertad de movimiento.
Le robaron hasta el derecho a elegir su propio destino.
Y miren la paradoja brutal de la educación y el esfuerzo.
En la Cuba comunista, para acceder a la universidad había que pasar por una exigencia feroz, por exámenes de ingreso implacables y filtros constantes donde no se le regala nada a nadie.
Pero ojo: ese rigor hipermeritocrático estaba al servicio de una máquina de adoctrinamiento y servidumbre.
¡Y miren el contraste con nuestro país!
Aquí, en nuestras universidades públicas, con la excusa de la gratuidad mal entendida, hemos construido un sistema paternalista donde un estudiante puede pervivir eternamente en los pasillos, cursando materias durante décadas a costo del contribuyente, sin recibirse nunca y dedicándose pura y exclusivamente al activismo y al sindicalismo estudiantil.
¡Un lujo corporativo insostenible que termina castigando al que labura y paga sus impuestos para mantener facultades convertidas de escaleras de ascenso laboral, en agencias de colocación política!
Por eso duele tanto ver la increíble vigencia de ese comunismo vernáculo, de esa izquierda local y corporativa que, con una mueca de superioridad moral insoportable, se pasa la vida dando cátedra de derechos humanos mientras protege, alcahuetea y justifica por bajo cuerda a la dictadura cubana.
¡Esa es su matriz ideológica!
Son incapaces de levantar una sola voz genuina para reivindicar los derechos del pueblo cubano, de los presos políticos, de los jóvenes que huyen en una balsa o de profesionales como Leydis a los que tratan como ganado.
Prefieren guardar un silencio cómplice o fabricar coartadas geopolíticas para defender a los tiranos con tal de no contradecir su dogmatismo vetusto del que se aprovechan para trepar sobre sus conciudadanos.
Frente a eso, uno mira nuestro sistema, con todas sus imperfecciones, con sus nostalgias estatistas que cada tanto vuelven a la carga como fantasmas molestos, y dice: ¡Despertemos, muchachos!
En Uruguay, por gracia de nuestra tradición institucional —esa que levantó el país sobre bases liberales que sembró Artigas, de respeto a la ley, a la propiedad y a la dignidad del individuo—, el Estado es (o debería ser) un árbitro imparcial, no un dueño de esclavos.
Aquí el ciudadano nace libre y se hace responsable de sus actos.
Nadie le dice qué tiene que pensar, qué libro leer, a qué precio vender su esfuerzo o a qué puerto puede viajar.
La libertad de opinión no es un permiso que otorga el jerarca de turno; es un derecho sagrado.
Lo profundamente contrastante es ver cómo algunos por acá todavía, luego de tantos holocaustos causados, coquetean con los espejitos de colores del colectivismo.
Nos quieren vender el relato de que el Estado lo resuelve todo, de que la planificación centralizada va a traernos la panacea, cuando la realidad nos grita en la cara que el colectivismo es la antesala de la miseria material y moral.
El colectivismo arranca quitándote el fruto de tu trabajo y termina expropiándote la conciencia.
Daron Acemoglu lo demuestra con números y con historia: las naciones prosperan cuando tienen instituciones inclusivas que garantizan los derechos de propiedad, la competencia y la libertad económica y política.
Jorge Batlle nos lo decía en cada esquina con esa pasión irrefrenable: el motor del Uruguay es el individuo libre, el que arriesga, el que produce, el que estudia con rigor y el que no le pide permiso al comisario ni al comité de base para triunfar.
Leydis Aguilera nos vino a recordar, desde el fondo del dolor y de la tiranía, que la libertad no se negocia ni se regala.
Su pasaje por nuestro Parlamento como diputada del Partido Nacional nos grita:
“Cuidemos lo nuestro. Defendamos nuestras instituciones con uña y dientes frente a los mercaderes de la servidumbre, porque la línea entre una democracia que tolera y respeta al ciudadano y una mazmorra totalitaria es mucho más delgada de lo que nos creemos”.
¡A ponerse las pilas, uruguayos!
¡Arriba los corazones y a defender la libertad!
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