Hacia un Estado basado en evidencia y limitado en su poder
LA ARQUITECTURA DE LA LIBERTAD RESPONSABLE
Hacia un Estado basado en evidencia y limitado en su poder
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
La historia del desarrollo institucional es, en esencia, la crónica de una tensión perpetua: la pulsión del poder político por expandir su radio de acción frente a la resistencia de la libertad individual.
En América Latina, y particularmente en el Cono Sur, esta tensión ha basculado históricamente hacia la improvisación y el sobredimensionamiento estatal.
El resultado es conocido: un andamiaje normativo voluble, opaco y generador de incentivos perversos que asfixia la iniciativa privada y diluye la responsabilidad ciudadana.
Superar este estado de cosas exige articular un puente firme entre la teoría económica rigurosa, el análisis institucional y una comunicación social eficaz que traduzca estos conceptos complejos en mejoras tangibles para la calidad de vida de las personas.
Los cimientos teóricos: el orden espontáneo frente a la soberbia constructivista
Para comprender por qué el modelo actual de gestión pública colapsa en la ineficiencia, es imperativo abrevar en los pensadores que han desentrañado con mayor enjundia las leyes de la cooperación social.
La dispersión del conocimiento y la crítica al estatismo:
Desde la Escuela Austriaca, Ludwig von Mises y Friedrich Hayek demostraron que la información económica vital —las preferencias de los consumidores, los costos reales, la escasez y lo que multiplica recursos— no se encuentra centralizada en los escritorios de los ministerios, sino infinitamente fragmentada en la mente de millones de individuos.
Esos que todos los días miden sus recursos, ahorran algo, arriesgan parte en lo que deciden les es importante, y mueven la economía.
Pretender que un comité político o una burocracia planifique el destino de la sociedad equivale a ignorar el funcionamiento de ese orden espontáneo del mercado: oferta y demanda. El que crea, amplía, o cierra empresas privadas por efecto simplemente de su voluntad libre.
Cuando el Estado interviene por fuera de su rol de árbitro imparcial, destruye el sistema de precios, deja de valer una cosa o servicio por aquella libre elección de lo que conviene y es necesario, y genera escasez y distorsión subsidiando lo innecesario, multiplicando lobbies e, inevitablemente, corrompiendo el normal desarrollo de destrucción creativa de Schumpeter.
Se destruye lo que los consumidores no necesitan para su calidad de vida, o para usarlo como base para emprender por obsoleto, y se crean nuevas ofertas mejores, por las que las personas sacrifican sus recursos porque, libremente, les interesa adquirirlas.
Esa libre elección es la que ha traído la calidad de vida actual al mundo y restringido la pobreza, no por desborde, sino por oportunidades.
El monopolio legal y los derechos individuales:
En la misma línea, la claridad conceptual de Ayn Rand recordó que el Estado es, por definición, el monopolio legal de la fuerza.
Su justificación ética y práctica se agota en la protección de los derechos individuales frente a la agresión externa o interna (justicia, seguridad y defensa).
Toda expansión más allá de este perímetro transforma al aparato público en un mecanismo de expoliación legalizada.
Así como la intervención en el proceso productivo ha dejado a millones en el desabastecimiento, la pobreza extrema, y la tiranía de la fatal arrogancia.
Instituciones inclusivas y el rigor regional:
En la economía institucional moderna, Daron Acemoglu y James A. Robinson han aportado la evidencia empírica definitiva: las naciones prosperan no por sus recursos naturales, sino por sus instituciones adecuadas.
Los países que consolidan contrapesos al poder político (instituciones inclusivas y respetuosas del individuo) maximizan el bienestar, mientras que aquellos dominados por élites extractivas se hunden en el estancamiento.
A nivel regional, pensadores lúcidos como Ramón Díaz advirtieron incansablemente que el desarrollo en el Río de la Plata requería moneda sana, seguridad jurídica y el fin de los privilegios corporativos que parasitan el erario.
Todo lo contrario de lo que venimos haciendo desde 1950. Año en que como señala el economista Isidoro Hodara, en “Algún tiempo pasado fue mejor, el futuro puede serlo”, los uruguayos empezamos a comprar “OCIO”.
La propuesta de reforma constitucional: un cambio copernicano
Las ideas anteriores no deben quedar en el plano de la especulación académica; exigen una traducción jurídica operativa.
La propuesta de una reforma constitucional profunda para el año 2029 no es una utopía, se levanta como la herramienta insustituible para blindar el porvenir de la sociedad frente a la inercia del populismo y la improvisación.
Esta reforma se sustenta en tres ejes fundamentales:
La consagración de la libertad responsable como principio interpretativo:
Se trata de invertir la carga de la prueba normativa. Todo lo que no afecte el orden público o los derechos de terceros debe estar constitucionalmente permitido; y así hay que asegurarlo de la “veleidosa probidad de los hombres”. Se erradica así el paternalismo estatal que asume al ciudadano como un menor de edad tutelado por políticos y burócratas.
El mandato de evidencia técnica y evaluación de resultados:
Ninguna política pública de envergadura para salir de esta debacle debe aprobarse sin un estudio ex-ante de costos, beneficios y externalidades elaborado por cuerpos técnicos independientes objetivos, y que se expongan ante la ciudadanía midiendo sus resultados.
Asimismo, se deben incorporar cláusulas de caducidad (sunset clauses): si una intervención estatal no demuestra mediante métricas transparentes haber cumplido los objetivos que la justificaron, decae automáticamente. La improvisación deja de ser gratuita.
Transparencia radical y rendición de cuentas:
El uso de herramientas tecnológicas modernas —como la trazabilidad basada en blockchain y la auditoría algorítmica— debe garantizar que cada centavo de los impuestos del contribuyente sea fiscalizable en tiempo real. La mala praxis deliberada o la gestión basada en la desidia deben acarrear consecuencias directas sobre el patrimonio de los funcionarios responsables.
Hacia una mejor calidad de vida en sociedad
Comunicar esta visión a la ciudadanía requiere abandonar los tecnicismos oscuros y apelar a una verdad elemental: un Estado limitado es la garantía más sólida de la dignidad humana.
Cuando se sustituye la arbitrariedad por la regla técnica, y el asistenciamiento clientelar por la libertad responsable, el horizonte social cambia radicalmente. Las familias recuperan la previsibilidad para planificar su futuro, el ahorro deja de ser castigado por la inflación o la presión fiscal confiscatoria, y los recursos públicos se destinan a lo esencial con máxima eficiencia.
La reforma constitucional hacia un Estado transparente, técnico y limitado no es un capricho doctrinario; es la condición sine qua non para que la ciudadanía deje de ser rehén del cortoplacismo político y recupere el control soberano de su destino. Hay que intentarlo, las urgencias del cambio de época lo exigen para evitar este camino de decadencia colectiva.
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