Late-19th-century vineyard near Montevideo with replanted vines, drainage channels and windbreaks reflecting agricultural experimentation in Uruguay.

Francisco Vidiella, el hombre que tuvo que desaprender Europa

El comerciante catalán que arrancó su propio viñedo, volvió a empezar y demostró que Uruguay podía crear una industria del vino

Por Santiago H. Pereira Testa

Francisco Vidiella no fundó la vitivinicultura uruguaya porque supiera cómo producir vino.
La fundó porque tuvo el valor de reconocer que buena parte de lo aprendido en Europa no funcionaba en estas tierras.
Arrancó casi todo lo que había plantado, volvió a comenzar y convirtió su fracaso en un conocimiento que luego compartió con el país.


UNA RED CATALANA EN EL RÍO DE LA PLATA


Hace pocos días, al reconstruir la historia de Carrau, apareció ante mí el extraordinario entramado de familias catalanas que durante el siglo XIX conectó el Mediterráneo con el Río de la Plata.
Comerciantes, armadores, navegantes y pequeños empresarios llegaban respaldados por relaciones familiares que les permitían comenzar a trabajar, obtener mercadería, conseguir crédito y reducir los riesgos de aventurarse en un país desconocido.
Francisco Vidiella perteneció a ese mundo.
Había nacido en Montroig, Tarragona, el 21 de febrero de 1820.
Su padre, Josep Vidiella, era un liberal que debió abandonar Cataluña como consecuencia de las persecuciones producidas durante la primera guerra carlista.
Francisco llegó al Uruguay con su familia en 1837, cuando tenía diecisiete años.
Los Vidiella mantenían vínculos anteriores con los Ferrés y los Carrau de Vilassar de Mar.
Francisco inició su trayectoria empresarial dentro de esa red comercial catalana, que ya vinculaba personas, capitales y mercaderías a ambos lados del Atlántico.
La familia se instaló primero en Salto, donde abrió una casa de comercio.
Desde allí extendió sus operaciones hasta Uruguayana, en Brasil, aprovechando el tráfico fluvial y el intercambio regional.
En 1857 Francisco se trasladó a Montevideo.
Participó primero en la firma Escalada-Vidiella y luego constituyó Vidiella y Cía., dedicada principalmente a la importación de productos catalanes y españoles.
También creó agencias de la Lotería de la Caridad en distintas ciudades y pueblos del interior.
Cuando comenzó su aventura vitivinícola ya no era un inmigrante recién llegado.
Era un comerciante experimentado que había formado capital, conocido mercados y aprendido a organizar redes de distribución.


EL COMERCIANTE QUE DECIDIÓ PRODUCIR


En 1873 Vidiella viajó a Europa.
Recorrió establecimientos agrícolas y bodegas de España, Portugal y la región del Rin.
Volvió al Uruguay con libros, revistas especializadas, contactos técnicos y numerosos sarmientos cuidadosamente clasificados.
También regresó con una convicción.
Uruguay podía producir el vino que hasta entonces importaba.
Adquirió un campo próximo a Colón, junto a la vía del Ferrocarril Central, y comenzó a plantar viñas y olivos.
No se trataba de una quinta destinada al entretenimiento de un hombre rico.
Era una inversión productiva de gran escala, concebida para demostrar que la vitivinicultura podía convertirse en una industria nacional.
Vidiella introdujo variedades procedentes de España, Francia, Italia, Alemania, Portugal, Chile, Argentina y Estados Unidos.
Llegó a experimentar con noventa y cuatro clases de cepas.
Estudió tratados europeos, reunió una de las primeras bibliotecas especializadas en vitivinicultura existentes en Uruguay y registró meticulosamente el comportamiento de cada planta.
Pero la realidad comenzó a contradecir a los libros.
El suelo retenía demasiada humedad.
Los vientos castigaban las plantas.
Los pastos crecían de una manera que los manuales europeos no contemplaban.
Muchas cepas producían mal y algunas técnicas consideradas correctas en Francia o España resultaban perjudiciales en Uruguay.
De las primeras cincuenta y siete variedades ensayadas, apenas ocho respondieron satisfactoriamente.
Vidiella había invertido una fortuna y el viñedo se encaminaba al fracaso.
DESAPRENDER PARA INNOVAR
Podía haber abandonado.
Podía haber culpado al clima, al suelo o a los trabajadores.
Podía incluso haber mantenido las plantaciones improductivas para disimular el error.
Hizo exactamente lo contrario.
Reconoció que estaba equivocado.
Construyó drenajes para retirar el exceso de agua y levantó barreras vegetales con cañas y eucaliptos para proteger las viñas del viento.
Observó durante ocho años el comportamiento mensual de las plantas y llevó registros destinados a comprender qué variedades podían realmente adaptarse al suelo oriental.
Finalmente tomó la decisión más difícil.
Arrancó casi todo el viñedo y volvió a plantarlo.
En 1880 escribió una frase extraordinaria: “En materia de vinicultura las costumbres europeas son funestísimas en este país”.
No estaba rechazando el conocimiento europeo.
Estaba haciendo algo mucho más inteligente.
Lo estaba sometiendo a la realidad.
Comprendió que innovar no consistía en copiar correctamente una técnica extranjera, sino en transformarla hasta que respondiera a las condiciones locales.
Después de numerosos ensayos seleccionó la Folle Noire, una variedad francesa que primero llamó Peñarol y que terminaría siendo conocida como uva Vidiella.
EL CONOCIMIENTO COMPARTIDO
Vidiella no guardó celosamente sus resultados.
Publicó observaciones en la revista de la Asociación Rural del Uruguay, institución de la cual fue socio fundador.
Preparaba además un tratado práctico sobre vitivinicultura adaptado a las condiciones climáticas del país.
Vendió y en muchos casos donó sarmientos para que otros productores pudieran comenzar sin repetir sus errores.
Su establecimiento se convirtió en una verdadera escuela de observación y experimentación.
En 1883 realizó la primera vendimia exitosa de su granja de Colón.
La vitivinicultura había dejado de ser una posibilidad teórica.
Uruguay podía producir vino en escala industrial.
Francisco Vidiella murió el 25 de febrero de 1884.
Había podido disfrutar apenas un año del resultado de casi una década de estudio, inversión, fracasos y perseverancia.
Sus descendientes continuaron la empresa y la uva que llevaba su apellido se propagó por el sur del país.
En 1891 se inauguró en Villa Colón un monumento realizado por Juan Luis y Nicanor Blanes.
Fue el primer monumento levantado en Uruguay para homenajear a un civil.
No recordaba a un gobernante, un militar ni un héroe de guerra.
Recordaba a un empresario que había creado conocimiento mediante el trabajo.

El capital como instrumento

Vidiella no concibió la fortuna comercial como un punto de llegada, sino como una herramienta que podía arriesgarse para crear una actividad productiva nueva.

La innovación como corrección

Su mérito no estuvo en trasladar mecánicamente conocimientos europeos, sino en reconocer sus limitaciones y adaptarlos a una realidad diferente.
El conocimiento como patrimonio colectivo
Al vender y donar plantas, publicar resultados y preparar un manual práctico, transformó una experiencia empresarial privada en una capacidad productiva disponible para todo el país.

EL HOMBRE DETRÁS DE LA ESTATUA

Francisco Vidiella pertenece plenamente a esta serie porque representa una forma esencial de construir un país.
Primero comerció.
Después acumuló capital.
Finalmente arriesgó lo conseguido para resolver un problema que todavía no tenía respuesta.
Su verdadero legado no fue solamente una cepa ni una bodega.
Fue demostrar que el fracaso deja de ser una derrota cuando se convierte en conocimiento.
De Lafone a Jodal procura recuperar la historia de quienes invirtieron, produjeron, innovaron y crearon el Uruguay que todavía habitamos.

Capital productivo
Innovación adaptativa
Conocimiento compartido

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3 thoughts on “Francisco Vidiella, el hombre que tuvo que desaprender Europa”

  1. Muy interesante la comparación. Harriague y Vidiella llegaron desde orígenes distintos, pero compartieron algo esencial: observar antes de imponer, experimentar, perseverar y aprender a trabajar con las condiciones de esta tierra. Quizás allí esté una de las claves de aquellos pioneros: no pretendieron simplemente trasladar un modelo europeo, sino adaptarlo hasta hacerlo uruguayo. Y la referencia a Fordlândia es especialmente sugerente, porque muestra justamente el contraste entre intentar dominar un ambiente y comprenderlo. Al final, como decís, el resultado de esa paciencia y esa adaptación todavía podemos disfrutarlo en una buena copa de vino.

  2. María del Carmen Flores Latorre

    Un vasco francés y un catalán. Con algunas diferencias que los llevan a ser muy semejantes, ambos acariciados o moldeados por los Pirineos. En Uruguay se desarrollan en la misma época, con la misma pasión. Para mí no hay uno u otro, ni un antes o un después. Ambos obteniendo a través de la perseverancia, el éxito, trabajando al norte y al sur. Ambos observaron la tierra, el ambiente, el cambio de la planta y sus necesidades de adaptación. No se pelearon con la naturaleza, se adaptaron y buscaron el resultado, se amigaron con esta. Tal vez si Henry Ford se hubiese inspirado en ellos (tal vez ni sabía de sus existencias), la historia del caucho sintético y toda la infraestructura armada, podría haber sido un éxito y no hoy una ciudad fantasma.
    Pero así es la naturaleza, si nos amigamos con ella y la respetamos, se logra una coexistencia equilibrada, donde reina la calma y el disfrute, saboreando una buena copa de vino. O un vaso que era la práctica Canaria de hace medio siglo.

  3. Una pregunta para quienes conocen la historia del vino uruguayo.
    ¿Era Vidiella el personaje adecuado para continuar esta serie?
    ¿O antes deberíamos haber hablado de Pascual Harriague?
    Se han recibido varios aportes al respecto…

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