Del fracaso material a la tiranía de la identidad
LA METAMORFOSIS DE LA IZQUIERDA
Del fracaso material a la tiranía de la identidad
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Hay una tragedia recurrente en la historia política contemporánea: cuando los grandes dogmas económicos de la izquierda colapsan bajo el peso de su propia ineficiencia, sus promesas de redención social se transforman en estériles ejercicios de ingeniería ideológica.
Incapaces de resolver la natural y compleja diferencia entre ricos y pobres —un desafío que la realidad empírica se ha encargado de fracturar una y otra vez en cada experimento estatista—, las dirigencias progresistas han optado por un repliegue estratégico.
Abandonaron las fábricas, los talleres y la macroeconomía donde la pobreza que predicaban perdió por goleada, para refugiarse en los laboratorios de la cultura, encontrando en la creación artificial de nuevas «minorías oprimidas» el salvavidas perfecto para su supervivencia política y procura del poder.
El fenómeno no es casual ni espontáneo.
Es el producto de una mutación calculada que analiza con precisión el politólogo Agustín Laje: al agotarse el relato del proletariado frente a la burguesía, la izquierda necesitó inventar nuevos antagonismos para justificar su razón de ser.
Si ya no se puede prometer el paraíso económico planificando la producción con una burocracia armada, hay que fabricar el infierno de la opresión cultural en cada rincón de la vida cotidiana.
La invención de la fractura identitaria y la deformación del lenguaje
Para sostener este andamiaje, el progresismo contemporáneo ha tenido que subvertir los conceptos más básicos de la biología y la antropología.
El hito fundacional de esta estrategia radica en la separación artificial entre el sexo y el género.
Al desvincular la realidad material, biológica e inmutable del sexo y convertir al género en una entelequia completamente moldeable por el discurso político, se abre la puerta a un constructivismo radical.
Bajo esta óptica, la deformación de la realidad ha llegado a extremos insólitos como la imposición de eufemismos absurdos: la mujer ha pasado a ser definida mediante conceptos esotéricos como «la persona menstruante» o «cuerpos gestantes».
Al intentar diluir las diferencias biológicas en favor de la fluidez de género, este neoprogresismo termina consumando una ironía brutal: el movimiento que supuestamente venía a visibilizar a las mujeres termina borrándolas por completo como sujeto jurídico y biológico, mutilando el lenguaje y la identidad femenina en nombre de una corrección política abstracta.
El negocio del agravio y el control social
Lo más corrosivo de este planteo no es la discusión teórica en sí misma, sino su instrumentalización por parte del poder enquistado y bastardeado en su utilización humana positiva.
Al institucionalizar ministerios, secretarías y presupuestos millonarios dedicados exclusivamente a gestionar estas «nuevas identidades» y su jerga burocrática, la izquierda ha construido un gigantesco aparato de clientelismo moral.
Se financia activamente el conflicto social porque es lo único que legitima la existencia de esa misma burocracia.
En este esquema, las diferencias naturales entre el varón y la mujer —lejos de ser entendidas desde la complementariedad y la equidad para la armonía social— se patologizan sistemáticamente.
Todo orden tradicional, desde la familia hasta las instituciones más elementales, es etiquetado como una estructura de dominación que debe ser «deconstruida».
El resultado es una sociedad atomizada, atemorizada por la censura institucional y el señalamiento público de disidentes, donde disentir de los dogmas de la nueva corrección lingüística se castiga con el ostracismo civil.
El retorno a la realidad
Al final del día, esta deriva de la izquierda revela su cara más cínica: la huida sistemática de la solución de los problemas reales.
Mientras se gastan recursos públicos infinitos en batallas semánticas, ministerios y direcciones de ideología y manuales para rebautizar la anatomía humana, la pobreza real persiste, la inflación devora los salarios y la inseguridad destruye el tejido social en los barrios donde el Estado ya no llega. Pero, el poder de la izquierda avanza y se concentra, creando un dilema de falsa oposición: lo natural es una construcción, por tanto, relativizamos las diferencias ideológicamente, aplicando la castración al “enemigo”.
Una batalla disolvente de la armonía social autoconstruida que coloca al político ante el dilema de enfrentar a riesgo electoral barbaridades, o, tolerarlas, lo que implica rendirse ante las mismas.
La izquierda cambió la promesa de erradicar la pobreza por la de multiplicar los agravios a la realidad.
Y en ese camino, ha demostrado que su prioridad nunca es mejorar la vida de los más humildes, sino perpetuarse en el poder a través de la división artificial de la sociedad.
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