Una sátira sobre el alineamiento político, la soberanía comercial y las presiones geopolíticas que condicionan las decisiones de Uruguay.
CONMIGO O SINMIGO
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Todo comenzó con un error de dicción en una tribuna fervorosa del año mil novecientos ochenta y tres, cuando un caudillo de voz aguardentosa proclamó ante las masas que la victoria llegaría «conmigo o sinmigo».
Esta célebre frase fue dicha por el político argentino Herminio Iglesias en 1983, durante su campaña como candidato a gobernador de la Provincia de Buenos Aires por el Partido Justicialista.
La frase exacta que pronunció fue: «El peronismo triunfará conmigo o sinmigo», incurriendo en un famoso desliz lingüístico (redundancia) al aplicar erróneamente la estructura de la palabra conmigo a la preposición sin.
En su momento, los gramáticos se rasgaron las vestiduras y los diarios de la época se mofaron del desliz, incapaces de ver que aquel lapsus no era un simple tropiezo de la lengua, sino el bautismo involuntario de la más pura filosofía totalitaria.
Aquel neologismo grotesco encerraba, en realidad, la síntesis perfecta del dogma político: la anulación absoluta del otro.
O estás dentro del aparato, o el aparato prescinde de ti, pero tu existencia misma queda confiscada bajo la tutela del Líder.
Cuarenta años más tarde, en las oficinas del Ministerio de la Verdad y la Alineación Hemisférica, los tableros de control ya no miden toneladas de arrabio ni metros de tela, sino grados de docilidad ideológica.
Las pantallas muestran un mapa de la gran llanura sur, donde un pequeño país en forma de cuña insiste en mantener la ridícula pretensión de que su brújula apunta al norte lusitano propio.
¡Ilusos!
La Geometría del Espíritu Colectivo ha decretado que las brújulas solo tienen dos polos: el Este inmaculado y el Oeste impuro, y en el medio solo existe el abismo del libre albedrío.
Llevado a ese escenario, la lógica de «conmigo o sinmigo» se materializa en la exigencia de alineamiento político y en la presión sobre los recursos y ventajas comerciales del gobierno uruguayo de izquierda en beneficio de la geopolítica del gigante norteño, y su presidente Lula que requería mostrar a sus agobiados productores cárnicos que les conseguía una escapada prestada.
En clave de sátira política, la escena se leería así:
—¿Y si el Frente Amplio no se alinea del todo o prioriza los intereses de los productores uruguayos frente al coloso del norte?
—No importa: el acuerdo se hace conmigo o sinmigo.
Más allá del juego político, la realidad institucional y comercial terminó marcando un límite estricto: por más gestiones e intenciones políticas de auxiliar a los productores brasileños por Orsi, a prepo, ante el agotamiento de su propio cupo, Beijing frenó la maniobra y dejó en claro que las cuotas y los aranceles preferenciales no se trasladan libremente entre socios del Mercosur, protegiendo la disponibilidad de sus autorizaciones de cupos, no negociables, para la exportación uruguaya.
La consigna que resuena en los altoparlantes de la Plaza del Consenso Obligatorio actualiza aquel viejo tropiezo con toda su crudeza: «El rebaño marchará conmigo o sinmigo».
No hay términos medios en el Ministerio de Ganadería, contento con que las vacas se exportan, a buen precio, sin afectar su estado mórbido.
Pretender comerciar con un bloque con pretensiones hegemónicas mientras se simpatiza con las ruinas del otro es un crimen de doble pensamiento.
Los burócratas del aparato institucional diplomático continental, cuyas cuentas bancarias y discursos encendidos sobre la pobreza ajena contrastan con la opulencia de sus alojamientos en hoteles cinco estrellas, exigen una rendición incondicional.
El Estado no es un instrumento para administrar la vida de los ciudadanos; es un templo donde la soberanía nacional debe ser sacrificada en el altar de la entelequia progresista que se desmorona a pedazos tanto a este como al otro lado del océano.
En uno por el voto democrático.
En el otro, por la presión anunciada en 2015 por Michel Houellebecq, en “Sumisión”:
“A Europa no le faltan muchas generaciones para convertirse en una población musulmana”.
Un predominio que se está logrando gracias a la inmigración descontrolada (“la temida invasión”) o “al vientre de nuestras mujeres que nos darán la victoria”.
Los hechos son tercos, y la realidad económica no resiste.
En las calles de las capitales europeas, los ciudadanos comunes observan cómo los sistemas de bienestar se desploman bajo el peso de su propia burocracia ampliada al éxtasis insoportable que iza banderas extranjeras de odio.
Mientras los ideólogos de cátedra, vulgares ladrones de vidas ajenas, continúan exportando recetas de miseria hacia el sur; nuestro sur.
En América Latina, el tendal de economías asfixiadas, monedas pulverizadas y sociedades agobiadas por la dependencia estatal es presentado por la propaganda oficial como un “triunfo de la justicia social”.
Si la realidad contradice al relato, peor para la realidad.
En esta nueva fase de la Gran Partida, la libertad de elegir con quién comerciar o qué alianzas convenir se convierte en un delito contrarrevolucionario; o un ejercicio costoso de libertad y soberanía.
O se acepta mansamente el cupo regalado, el arancel digitado, y la tecnología de marca ideológica, y la tutela de los mandamases regionales que hacen agua por los cuatro costados, o se es rotulado de traidor al dogma.
La disyuntiva es implacable.
En el gran tablero global, donde los imperios caen (como históricamente se ha dado) y los relatos se pudren en su propia soberbia, la consigna del poder centralista ideologizado sigue resonando en los pasillos del Palacio:
O estás con nosotros, o estás contra nosotros… pero como el disenso de Herminio es ficticio, no existe, si no estás con nosotros, estás en el error, y por lo tanto, marchas igual: conmigo o sinmigo.
El psico pateo nos conduce por el camino impuesto; y el costo, a nuestro pesar, lo pagaremos con creces por asociarnos con tiranos.
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