Una reflexión sobre la cultura política que consolidó el estancamiento económico y social en Uruguay.
– La cultura política del estancamiento
– El subsidio como modelo económico
– El despotismo igualitario y la renuncia a la prosperidad
ARQUEOLOGÍA DE UN PAÍS EN VÍA DE SUBDESARROLLO
Válido para todos los países que soportan una casta
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Uruguay es un país absolutamente disfuncional para crecer económica y socialmente.
Adora profundizar su cándido subdesarrollo, una identidad nacional.
Un lugar en el que Marx (allí donde esté) festeja que la izquierda y la oposición, en conjunto, vayan concretando su utopía igualitaria miserable.
Y Gramsci (en el séptimo círculo) llora que la batalla cultural está en manos de inútiles, tibios, y conversos, que la han privatizado, estatizando el capital en una cooperativa capitalista oligárquica extractiva.
Cómo avanzar hacia el subdesarrollo cultural, mental, y económico es la tarea relevante que asumen los integrantes de esta casta dividida en los que tienen el rol circunstancial de hacer que gobiernan, y otros que juegan a oponerse, pero sin impedir que los otros hagan lo que quieran.
Para financiar la elección de la casta, se van sumando subcastas, que añoran un subsidio, una dádiva, un préstamo no reintegrable, una exoneración tributaria eterna, un mango de Rentas Generales.
Todos apuestan ingenuamente a salvarse; con consciencia y voluntad de que están perdiendo pie como todos los demás seres subdesarrollados.
Abandonar la moral, vivir del robo impune impúdicamente expuesto, que los escruchados votantes sigan pateándose el trasero los unos a los otros por haberlos puesto alternativamente a vivir de ellos, es un ritual constante que los uruguayos repetimos cada cinco años.
Uruguay desde 1920 ha cultivado una clase social autóctona, que reproduce con constancia su ineptitud para cualquier actividad productiva.
Inútiles sin referencia, que insertos en una lista sábana consiguen superar su condición de base anterior (la natural pobreza) convirtiéndose en parásitos de sus conciudadanos.
Esa cultura bien trabajada por el marxismo y el gramscismo lograron un caudal máximo-mínimo de votantes cultores de la dialéctica hegeliana, que en lugar de realizar el previsto proceso evolutivo, involucionaron.
Para construir la explotación del hombre (y la mujer) con el pensamiento único: la dictadura del más retrógrado.
Recibieron la tesis de Marx por ósmosis inversa; viven estancados en la antítesis (contradicción con la realidad) y, militan fanáticamente su propia síntesis (negación de la negación).
Hegel los reprendería por no avanzar hacia la reconciliación superior o Aufhebung.
Siempre en pugna, insatisfechos por no ser ricos (ni trabajar para ello), exigen cambios utópicos para superar su pobreza. Construyen SU derecho adquirido sobre el lomo de los que aún dejan trabajar, volviendo al futuro de la Edad Media, como siervos de la gleba.
Reclamando que roben a los otros que trabajan y mejoran, consiguen votantes adheridos (sólidamente pegados) que los seguirán votando, aunque propongan heladeras para congelar precios y salarios, aumentando la ilusión de los sindicalizados.
Es curioso cómo el tiempo, ese otro nombre del olvido, se ha ensañado con la llanura oriental.
Desde los años veinte, el Uruguay no ha hecho otra cosa que perfeccionar el arte de la carencia, elevándola a la categoría de patrimonio nacional.
Analicemos arqueológicamente esta proeza de la inmovilidad, bajo el rigor de nuestra propia fatiga de soportarla.
La Riqueza de las Carencias (según Smith)
Adam Smith, ese escocés que creía que el panadero no nos alimenta por amor sino por un egoísmo providencial, observaría con asombro que en estas tierras la Mano Invisible uruguaya no está ocupada en mover mercancías, sino en vaciar bolsillos ajenos con una elegancia burocrática casi religiosa.
Smith diría que el uruguayo ha descubierto un mercado inverso: donde otros compiten por la eficiencia, aquí se compite por el subsidio, la limosna, la subvención.
El «estado de naturaleza» no es la selva, sino la oficina pública.
Si el trabajo es la medida del valor del esfuerzo, el voto es aquí la moneda de curso legal para adquirir una esperanza que, por definición, no debe cumplirse nunca.
Alexis de Tocqueville, que temía más a la mediocridad de las mayorías que a la espada de los tiranos, vería en esta esquina del río de la Plata la confirmación de su peor pesadilla: un despotismo dulce.
El uruguayo no busca un gobernante, sino un preceptor que le asegure que su pobreza no es un destino, sino una injusticia por culpa ajena.
Prefieren ser iguales en la escasez que desiguales en la abundancia.
Es una forma de cortesía criolla: nadie quiere ofender al vecino prosperando demasiado.
El Camino de Servidumbre hacia la Rambla (según Hayek):
Friedrich Hayek, que veía en cada plan estatal una soga bien trenzada, encontraría en este «caudal permanente de votantes» la prueba de que el orden espontáneo ha sido reemplazado por un caos planificado.
El marxismo gramsciano no es aquí una ideología, sino una gramática.
Se educa en que el recorte del gasto de recursos ajenos es un pecado, y que el orden fiscal es una forma de la crueldad.
El votante de izquierda es como el personaje de un cuento que recorre un pasillo circular: siempre está a punto de llegar a la utopía, pero se detiene a pedir un acomodo para el camino.
Lamentablemente se están extinguiendo los imperialismos, quedan dos, y uno es comunista, una justificación menos a tanto esfuerzo por sobrevivir quejándose.
Al final, Uruguay no es un país; es una vasta biblioteca de leyes inservibles y una escueta realidad de hechos.
La “derecha” (o la que se pretende tal) propone el orden —esa forma del aburrimiento— y la izquierda propone la épica de la insatisfacción permanente.
El uruguayo, ese ser que habita entre el mate y la nostalgia, elige seguir votando al que le promete el paraíso para no tener que afrontar el purgatorio de las cuentas claras.
Como en los espejos cóncavos y convexos, todo se repite con diversas formas: el mismo reclamo, el mismo gobernante que incumple, y la misma mano que, al votar, prefiere la cálida seguridad del naufragio colectivo, antes que la fría incertidumbre de la libertad responsable de su propia vida.
Sigamos en el próximo con la arqueología.

Si no se cortan las raíces del árbol podrido ,de nada sirve podar ramitas
Cargos políticos y de confianza honorarios y solo a ciudadanos notables
No se paga mas por los votos obtenidos en cada elección ni por gastos de elecciones ni por secretarios en el Parlamento ni más pases en comisión por pedido de politicos
Nada de compras ni concesiones directas y secretas y permanentes
Solo se gasta lo que hay aprobado en cada presupuesto con egresos igual a ingresos