Political leader standing before theatrical masks symbolizing ideological transformation and strategic repositioning.

Las máscaras del poder: por qué Lula reniega hoy de la izquierda

El reposicionamiento discursivo de Lula reabre el debate sobre la relación entre pragmatismo político, identidad ideológica y conservación del poder en América Latina.

LAS MÁSCARAS PARA CONSERVAR PODER
Enfermedad de Hubris que la izquierda cultiva: el odio a la verdad
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

Lula y el arte de la metamorfosis
Hay en la política, como en el teatro de variedades, un truco viejo: el del prestidigitador que muestra una mano vacía para que el espectador, distraído por la supuesta transparencia de su palma, no note qué sucede en la manga.
Luiz Inácio Lula da Silva, el viejo sindicalista de São Bernardo do Campo, ha decidido hoy, a sus 80 años, que la «izquierda» es un traje que le queda chico, o quizás un ropaje que ya no convoca, no combina con la etiqueta de los grandes banquetes internacionales.
«Yo nunca fui de izquierda», suelta con esa sonrisa campechana, casi bonachona, ante la directora gerente del FMI, que desarma a los incautos en una charla casi secreta, pero que expandió adrede.
Y uno se queda mirando, atónito, pensando si el hombre padece de amnesia selectiva o si simplemente ha resuelto que la verdad es un artículo de lujo que ya no puede costearse.
Porque, ¿qué hacemos con el Foro de São Paulo? ¿Qué hacemos con aquel abrazo fundacional bajo el sol del Caribe, allí donde Fidel Castro —el gran arquitecto de la cárcel de hierro y rejas— le dio la bendición?
Aquello no era un club de lectura de la socialdemocracia europea.
Era una alianza estratégica, un pacto de “caballeros” del pensamiento único que buscaba, en sus albores, la consolidación de un eje que prometía el paraíso y terminó, como siempre, entregando la cartilla de racionamiento.
Dando directrices para atacar a cualquier opositor; destruir cualquier esbozo de libertad de pensamiento, y convocar a militar la mentira, por aquello de otro socialista, Goebbels: “Miente, miente que algo quedará, cuanto más grande es la mentira más gente la creerá”.
Lula dice no ser de izquierda.
Sin embargo, su biografía es un mapa de rutas compartidas con los entusiastas del desastre.
Ahí están las fotos, los archivos, la complicidad silenciosa con Hugo Chávez, aquel militar que confundió el país con su cuartel personal, y la condescendencia eterna con Nicolás Maduro, cuyo modelo de «gestión» parece ser el éxito de convertir la abundancia en la fila de un pan y dos huevos.
¿Y Zapatero?
Ah, el buen español, el mediador de oficio, el hombre que recorre los salones internacionales suavizando las aristas del autoritarismo con el barniz del «diálogo».
Todos ellos han sido, en algún momento, los socios de ruta de un Lula que hoy, sin embargo, nos quiere convencer de que él siempre fue un hombre de “centro”, o tal vez, de “derechas”, por aquello de que los extremos se juntan; un equilibrista del pragmatismo.
Es, en realidad, una maniobra de supervivencia.
Lula ha descubierto que la ideología es un estorbo para el gobernante que quiere durar.
Para el político sudamericano de pura cepa, el «centro» es ese lugar vago, esa niebla donde se esconden los votos que sostienen los presupuestos mientras en la oscuridad se sigue aplaudiendo la vieja liturgia revolucionaria.
Es la gran impostura: ser el estadista moderado ante los mercados y el mentor de la izquierda radical ante el camarada de turno.
No es una evolución.
Es un ejercicio de cinismo profesional.
El discurso «pos-ideológico» es un engaño calculado para desmovilizar a la oposición moderada y al sector empresarial, permitiéndole mantener las alianzas profundas del «socialismo del siglo XXI» mientras aparenta ser un líder institucionalista ante la opinión pública global.
Algunos observadores sugieren que no es necesariamente una mentira, sino un realismo extremo.
En esta visión, Lula sabe que para gobernar un país tan grande y diverso como Brasil, la retórica revolucionaria del siglo pasado es inviable electoralmente.
Por tanto, «abandona» la etiqueta de izquierda no porque haya cambiado sus convicciones, sino porque la etiqueta se ha vuelto un lastre que le impide construir las mayorías necesarias para conservar el poder.
Lo que genera el rechazo de quienes vemos una inconsistencia ética, es que mientras en el plano interno Lula se proyecta como un gestor moderado que busca consensos con el mercado y el sector productivo, en el plano de la política internacional ha mantenido una postura de defensa hacia sus aliados históricos (su reticencia a condenar las derivas autoritarias en Venezuela o Nicaragua).
Esta dualidad es la que permite que, por un lado, sea aplaudido en foros económicos como un estadista que garantiza estabilidad, y por otro, sea señalado por sus opositores como el principal valedor de un bloque geopolítico que ha erosionado las democracias en la región.
El Lula que hoy se desmarca de sus propias raíces no está buscando la moderación; está buscando el camuflaje necesario para que la historia —y sobre todo, el electorado— no le cobre las facturas de una región que, gracias a esos mismos amigos, hoy vive entre el exilio, la ruina y la nostalgia de la libertad.
Al final, cuando el telón caiga, no importará cuántas veces el prestidigitador diga que no es quien parece ser.
Los hechos son tercos.
Y el Foro de São Paulo, aquel monumento a la tozudez ideológica terrorista, sigue siendo la sombra que, por más que Lula intente caminar hacia el centro, siempre le pisa los talones.

Pragmatismo político
Relato e ideología
Poder y legitimidad

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