Family managing household expenses under the burden of expanding public spending

El delirio del gasto infinito: cuando el déficit deja de importar

Minimizar el déficit fiscal puede aliviar tensiones políticas de corto plazo, pero termina afectando el crecimiento, la inversión y el bienestar de toda la sociedad.

EL DELIRIO DEL GASTO INFINITO
Cuando el Déficit se Convierte en un Artículo de Fe
Por el Dr. Nelson J. Mosco Castellano

Hay una forma muy uruguaya de entender la gestión pública: el optimismo mágico.
Consiste en creer que si declaramos una prioridad como «social», el presupuesto automáticamente ajusta los recursos y el gasto por generación espontánea
Como si el Estado fuera un ente dotado de una varita mágica que transforma las intenciones políticas en bienes tangibles.
La izquierda, en su última incursión dialéctica, nos ha regalado la premisa de que el déficit fiscal es, en esencia, una trivialidad contable.
Sacamos 10 millones de dólares del Instituto Nacional de Colonización, que acaba de gastar 32,5 en comprar una estancia a repartir entre seis colonos, y para no ofenderlo, le prometemos un fideicomiso que oportunamente le devolverá el dinero para que vuelva a dilapidarlo.
Para el ministro de Economía, los números son apenas un ruido molesto que intenta acallar la música de las prioridades políticas que debe atender para no generar roces con las calenturientas cabecitas del PCU, y a los recién llegados al MPP confundidos de que una banca convierte sus deseos en prodigalidad electoral.
Desde la trinchera del análisis técnico, uno se siente tentado a preguntar: ¿en qué universo paralelo la escasez ha dejado de existir?
Porque si algo nos enseñó la ciencia económica, es que cada peso que el Estado gasta —más allá de su capacidad real de ingreso— tiene un costo de oportunidad.
Y no es un costo abstracto; es, llanamente, el costo de lo que no se hizo; lo que aún no se creó.

La Contabilidad como Ética
Los economistas que saben sumar y restar suelen recordarnos, con la precisión de quien disecciona un problema en una pizarra, que el déficit no es una entelequia de tecnócratas con traje gris y lentes de intelectuales.
Es una señal de alarma.
Un Estado que gasta sistemáticamente más de lo que recauda porque el percutido contribuyente no pudo generarlo porque el Estado no lo deja, es, en términos llanos, un Estado que está hipotecando el futuro de sus ciudadanos para financiar la fiesta del presente. Y eso lo sienten mucho más los jóvenes, que ven un negro nubarrón en el horizonte.
Es la ironía nacional, largamente cultivada, como quien cuida un jardín de cactus, es que el político que se golpea el pecho defendiendo «la gente» es, en realidad, el responsable de que «la gente» tenga menos hoy, y endeude al mañana.
Al financiar el exceso de gasto con deuda, el Estado encarece el costo de vida y el costo de emprender. No deja emprender, no deja capitalizarse al individuo, y le arranca el futuro del bolsillo, preventivamente, para que necesite “un nuevo derecho”.
Cuando un legislador dice que el déficit «no importa tanto», o el ministro se aviene a “transar” con aumentar un gasto sin recursos, haciendo un viejísimo juego de la mosqueta, está ignorando que cada punto de déficit es un mensaje al mercado que dice: «No sabemos gestionar, así que pagaremos más caro el riesgo de que nos presten».
Y ese riesgo lo termina pagando el trabajador formal que los impuestos le quitan la mayor parte del salario, y el informal que paga el consumo básico más caro: cuando la inflación le gana a su sueldo.

El Espejismo de la «Prioridad Social»
El gran truco del prestidigitador político es convencer al público de que el gasto es el fin en sí mismo; y un “sí se puede” ceder a la presión de querer mejorar en la encuesta a costo del encuestado.
«Gastar en salud, o en la jubilación mínima» es una frase que suena bien. Pero si ese gasto se financia con un déficit que dispara la inflación remando para llegar al “rango meta” del BCU, ¿de qué sirve si los alimentos y los medicamentos se vuelven inalcanzables?
La verdadera prioridad social debería ser la eficiencia del gasto, no el volumen del cheque.
Aquí es donde la modernidad nos da una bofetada de realidad: el Estado uruguayo,
burocrático y pesado, sigue atrapado en modelos del siglo XX.
Mientras algunos discutimos la implementación de sistemas de auditoría mediante blockchain y el despliegue de agentes de IA para transparentar el destino político de cada centavo, otros siguen atrapados en la narrativa del déficit que se corre a piacere como una herramienta de “justicia”.
La tecnología no es un lujo; es la herramienta definitiva que transparenta la honestidad cuando se han burlado todos los controles humanos.
Si pudiéramos auditar cada proceso público con algoritmos inalterables, descubriríamos que una buena parte del déficit no es «prioridad social», sino un agujero negro de ineficiencias, duplicidades, corruptelas, nepotismo, militancia, y falta de gestión.

El Desplazamiento: El Estado es el Invitado que se toma todo el vino
No hay mayor acto de desprecio por el emprendedor, el trabajador, el pasivo, y el empobrecido por un Estado elefantiásico que el déficit crónico.
Cuando el Estado se convierte en una aspiradora de crédito, desplaza al sector privado.
Es decir: le quita el aire al que genera el verdadero empleo genuino y el salario justo para alimentar una estructura estatal que, está más interesada en su propia supervivencia que en el bienestar del ciudadano víctima propiciatoria de la pobreza, la inseguridad, y los servicios esenciales que nuestros representantes se empeñan en deshacer.
Es el cuento de la buena intención: gastamos para que la gente tenga trabajo, pero el gasto genera tal distorsión del destino público del dinero, que ahoga a las empresas que crean esos trabajos.
Es una danza macabra de corto plazo donde el gobernante de turno gana un aplauso hoy, a cambio de una crisis mañana de la que buscará un culpable externo.
La retórica de que «cuadrar los números es de derechas» y «gastar es de izquierdas» es un anacronismo que ya no resiste ni un examen escolar de gestión.
¿Qué tiene de «derecha» no robarle el ahorro a la gente mediante la inflación? ¿Qué tiene de «izquierda» mantener un aparato estatal ineficiente que devora los recursos que deberían ir a la educación o a la seguridad?
La verdadera política social es la que logra resultados con los recursos disponibles. Es la que entiende que el equilibrio fiscal es la base sobre la que se construye la confianza.
Un país confiable es un país que atrae inversión, que crea empleo y que, por lo tanto, necesita menos asistencialismo porque su gente es autónoma.
La próxima vez que escuchemos que «el déficit no importa tanto», recordemos que esa frase es el prefacio de casi todas nuestras crisis históricas.
Si queremos un Uruguay que avance, que aproveche la tecnología para ser más transparente y que realmente priorice el bienestar de sus habitantes, debemos dejar de ver los números como enemigos.
Los números son la realidad, y la realidad, como diría cualquier economista con los pies en la tierra, no se derrota con un discurso, se gestiona con buena fe e inteligencia.

Déficit fiscal
Gasto público
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