Family preparing a barbecue with an unlit grill symbolizing chronic fiscal deficits.

El mito del asado sin fuego: cuando el déficit deja de ser un detalle

Presentar el déficit fiscal como un problema secundario puede resultar políticamente atractivo, pero termina trasladando sus costos a la inversión, el crédito y el poder adquisitivo de toda la sociedad.

EL MITO DEL ASADO SIN FUEGO: Cuando la Contabilidad se vuelve un Acto de Fe
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

La economía uruguaya, ese pequeño experimento social donde intentamos desafiar las leyes de la gravedad fiscal con la misma fe que un hincha en el último minuto de descuento, nos regala de tanto en tanto joyas de la dialéctica política.
La reciente postura del exlegislador frenteamplista y actual senador Leonardo Delgado, quien sugiere con aire casi mesiánico que el déficit fiscal es apenas una molestia menor frente a la nobleza de las prioridades sociales, no es una novedad, sino el déjà vu más persistente de nuestro ecosistema.
Es la eterna batalla entre el contador que nos recuerda que la tarjeta de crédito tiene un límite y el político que nos convence de que, si gastamos con suficiente amor, el banco eventualmente se conmoverá y borrará la deuda.
La Estética del Gasto y la Aritmética del Desastre
Si uno se pone las gafas de la frialdad académica —esas que Ignacio Munyo suele pulir con paciencia infinita—, el análisis técnico es tan aburrido como contundente: el déficit no es una opinión, es una resta.
Y cuando el resultado de esa resta es crónicamente negativo, la realidad empieza a pasar factura, aunque no aparezca en las pancartas de las manifestaciones.
El argumento de Delgado es seductor porque es moralmente superior.
¿Quién no querría ser el que prioriza a «la gente»?
El problema es que «la gente» es la primera en quedar desamparada cuando la macroeconomía se desmorona.
Como bien sabemos, cuando el Estado decide que el déficit es apenas una anécdota, el mercado suele decidir que el país es un riesgo.
Y un país que es un riesgo paga más intereses por su deuda.
Ahí es donde la ironía del sentido común se carcajearía desde la tribuna.
Imaginen la escena: estamos financiando el asado de hoy con el sueldo de los nietos de nuestros nietos, y nos sentimos unos filántropos.
La realidad es que, en esta orquesta, el déficit es el director de escena que, cuando se pone histérico, corta la luz en pleno concierto.
Cuando el Estado, con su déficit perpetuo, sale a buscar dinero para cubrir sus promesas, compite por el mismo crédito que necesita la pequeña empresa, la startup tecnológica o el comerciante de barrio.
Al ser el Estado el tomador de deuda más grande, empuja las tasas de interés hacia arriba.
Entonces, el resultado es una paradoja digna de un relato de izquierda: queremos ayudar a la gente con gasto público, pero al hacerlo, encarecemos el crédito para que la misma gente pueda progresar, emprender o comprarse una vivienda.
Es como intentar apagar un incendio tirándole nafta porque el envase tiene una etiqueta que dice «solución líquida».
La Inflación: El Impuesto que no vota el Parlamento
Si el camino elegido es la emisión —esa tentación de imprimir billetes como si fueran figuritas del Mundial—, el senador Delgado debería leerse un manual de historia económica antes de desayunar.
La inflación es el mecanismo más perverso de redistribución regresiva.
No hace falta una ley para implementarla; es un impuesto silencioso, invisible y sumamente eficaz para licuar los salarios de los trabajadores.
Aquí la ironía se torna trágica: el político que jura proteger a los más pobres termina siendo el arquitecto de su pérdida de poder adquisitivo.
Mientras el Estado celebra el aumento del gasto, la góndola del almacén ajusta sus precios.
Y al final del día, el déficit es la causa, la inflación es el efecto, y el pauperizado por el gobierno es la víctima.
El gran debate que nos debemos es si podemos seguir entendiendo la política social como un gasto de consumo inmediato o si debemos empezar a verla como una inversión con retorno.
Si el déficit es una constante en crecimiento, el Estado se queda sin «municiones» para atender la prioridad de la misma pobreza que multiplica.
Un déficit controlado no es un capricho de los economistas de Harvard; es una póliza de seguro político para seguir dilapidando los recursos urgentes que los más infelices necesitan.
Es la diferencia entre un Estado que puede responder ante la pobreza endémica, una pandemia o una sequía, y un Estado que tiene que pedirle permiso al FMI para comprar analgésicos para el “dolor” de los políticos por la pobreza que cultivan.
La retórica de que «cuadrar los números» es un ejercicio frío de insensibles economistas liberales carece de la comprensión básica de que los números son la gente. Un número en rojo es, en última instancia, una escuela sin calefacción ni insumos alimentarios suficientes, un hospital con insumos médicos faltantes o un puente que nunca se construyó para sacar la producción del trabajo, porque el dinero se esfumó pagando los intereses de una deuda generada por el cortoplacismo político.
El verdadero progresismo, término eufemístico, debería ser aquel que logre la mayor eficacia en el gasto, no el que abra irresponsablemente la canilla del déficit.
Gobernar con responsabilidad fiscal no es recortar derechos, es proteger el valor de esos derechos básicos en el tiempo.
Porque lo que hoy es un derecho precario, mañana es una promesa incumplida si no tenemos los recursos para sostenerlo.
La realidad, ese ente molesto que se niega a someterse a los deseos del Senador, tiene la curiosa costumbre de ser tozuda.
No entiende de discursos, no le importan las encuestas de opinión y no distingue entre derechas e izquierdas.
El déficit fiscal, cuando se vuelve crónico, simplemente rompe la estructura que sostiene nuestra convivencia.
El senador Delgado y otros utópicos vendedores de humo, deberían entender que no hay nada más «social» que una economía ordenada.
La ironía final es que, al despreciar la importancia del déficit en nombre de las prioridades sociales, se está construyendo el camino más rápido hacia la inestabilidad social de sus candidatos a ser pobres.
Como decía algún viejo sabio de nuestra política, el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones y presupuestos sin financiación.
Al final del día, gestionar un país no es un acto de magia, es un ejercicio de equilibrios.
Y, por más que la política intente convencer a sus votantes de que el asado puede salir gratis, tarde o temprano alguien tiene que pagar la cuenta.
Una lástima que, por no querer ver los números, terminemos todos comiendo solo el humo del asado.

Déficit fiscal
Responsabilidad del Estado
Inflación y crecimiento

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