Cuando la aritmética parlamentaria obliga a los principios a practicar contorsionismo político.
ESTOS SON MIS PRINCIPIOS;
SI NO LE GUSTAN…TENGO OTROS (G. Marx)
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
Dicen los manuales de autoayuda que entrar en política es como un voluntariado para limpiar almas, solo que en lugar de una manguera te dan un lanzallamas y te tiran de cabeza en una piscina olímpica de lodo radiactivo.
La teoría es hermosa: uno llega con los botines impecables, la frente en alto y un manual de ética republicana impreso en papel de arroz.
Pero la práctica es más bien un episodio de “The Walking Dead” con canchitas de fútbol 5: apenas rozas la puerta del Parlamento, las leyes de la física se curvan, el aire se vuelve espeso y el único objetivo es ver quién se roba el último sándwich de miga antes de que se arme la trifulca.
Porque el barro no es solo suciedad; es un estado de típico de esa materia.
Es ese lugar mágico donde los ideales se derriten como helado de crema a pleno rayo de sol, y donde la coherencia ideológica dura exactamente lo mismo que un contrato de streaming con cláusula de reserva.
Pero la verdadera cumbre del arte contemporáneo —esa que haría llorar de emoción al mismísimo Groucho Marx, el genial filósofo de la incongruencia de apellido ilustre que nos legó aquello de «Estos son mis principios; si no le gustan… tengo otros»— se alcanza cuando la alta política se cruza con las olimpiadas de contorsionismo y fuga en masa, despidiendo ese inconfundible y denso olor a azufre.
Pensemos en el cuadro clínico: por un lado, tenemos a un sector político cuya columna vertebral está tan rectilínea y tiesa que parece soldada con titanio de submarino nuclear.
Sus líderes crecieron bebiendo leche recién ordeñada al ritmo de marchas castrenses, rindiéndole culto diario al orden militar, a la bota limpia y al odio visceral, eterno e innegociable hacia todo lo que huela a tupamaro, guerrilla urbana o fogón marxista (del otro Marx, claro, no del humorista).
Su manual de supervivencia prometía que jamás, bajo ningún concepto, cruzarían la calle de la mano de los enemigos jurados de la civilización.
Hasta que, claro, llegó el día de la Asamblea General y el caso Cardama.
El tablero electrónico marcaba un empate diabólico.
La lucha en el barro amenazaba con quedar «en tablas» y la aritmética del poder —esa caprichosa diosa de los porotos parlamentarios— exigía un pacto fáustico.
El dueño circunstancial del sillón necesitaba desesperadamente salvar las papas del fuego y evitar el papelón, pero los suyos eran insuficientes, requería votos ajenos para prender el horno.
¿Qué hace entonces el adalid del orden militar, el intransigente guardián de la moral occidental y cristiana?
¿Se planta con el sable láser de la república, mira fijo a los ojos a los exguerrilleros enemigos de su infancia y grita un “¡Jamás!” que haga temblar los vitrales del Palacio Legislativo?
¡Por favor, qué poca imaginación!
Ante el terror supremo de tener que pulsar el botoncito verde al lado del archienemigo de toda la vida —y que se le queme la estampita de la patria en el bolsillo—, los próceres desataron su superpoder oculto: la técnica de la abducción voluntaria.
Dos legisladores, poseídos por una repentina e implacable urgencia cósmica del orinal, o una necesidad imperiosa de ir a buscar el auto que quedó mal estacionado en el Purgatorio, decidieron votar con los pies.
No cruzaron la vereda a los gritos, no traicionaron a cara descubierta; simplemente se evaporaron de la sala con la destreza de un demonio de medianoche.
Puuf. Desaparecieron.
Se hicieron humo, dejando tras de sí una espesa estela de azufre y chamuscado de principios.
Y claro, con su graciosa huida, dejaron la sala con el número justo para que el bloque de los exguerrilleros y su pléyade de adoctrinados de último momento.
Recibiendo loas de los que su propio sector insultó con epítetos cuasi soeces en todos los idiomas, dialectos y lenguajes de señas conocidos por la humanidad— y permitiendo, casualmente -o no tanto- que ganara la votación cursando el Disco.
¡Una obra maestra de la alquimia infernal!
Le regalaron el triunfo al enemigo íntimo, le salvaron la plana al bando que tildaron de corrupto hasta el hartazgo, y encima se volvieron a casa oliendo a azufre pero con la conciencia tan ligera como un colchón inflable pinchado, diciendo con una sonrisa angelical: «¿Nosotros? ¿Votar con ellos? ¡Están locos!
Si nos fuimos al baño justo en ese momento».
Es un número digno del aquelarre falluto parlamentario.
Darse vuelta sin anestesia ya es viejo, hay tantos panqueques odiadores de sus otras líderes; lo de hoy es desaparecer en el aire como un holograma mefistofélico para que la culpa la cargue el vecino, mientras el ambiente queda cargado de ese inconfundible tufo hipocresía.
Al final, en el fondo del pantano, los extremos no solo se tocan: firman contrato con el diablo, se reparten el botín comprometido, y se van a tomar un café juntos.
Demostrando que la única patria por la que realmente matan estos pichones de “mártires” es por asegurarse una banca mañana, aunque haya que lamer chinelas viejas y uñas revenidas.
Coherencia política
Aritmética parlamentaria
Principios y poder
Continué leyendo en Orden Global y Geopolítica
Apoyá la continuidad de Perspectiva Liberal
Perspectiva Liberal es un espacio editorial independiente. Si valorás este trabajo y querés colaborar con su continuidad, podés hacerlo mediante un aporte voluntario a nuestra cuenta Prex.
Cuenta Prex: 13440

