El ingreso permanente y las expectativas racionales como marco para analizar gasto, impuestos, deuda y credibilidad fiscal en la gestión económica uruguaya.
DE HALL A ODDONE
Por Nelson Jorge Mosco Castellano
Las expectativas rotas: Un análisis desde la teoría de Robert E. Hall frente al laberinto fiscal uruguayo
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
La reciente concesión del Premio Nobel de Economía a Robert E. Hall y Michael Woodford ha vuelto a colocar sobre la mesa una verdad incómoda para los hacedores de política económica: la macroeconomía y la microeconomía (dos caras de la misma moneda) no funcionan mediante decretos voluntarios ni ilusiones contables, sino a través de las decisiones individuales que toman hogares y empresas en función de sus expectativas.
La piedra angular del modelo de Hall —el célebre «paseo aleatorio» (random walk) del consumo y la hipótesis del ingreso permanente— demuestra que los agentes económicos racionales no responden a los anuncios optimistas del gobierno, sino a la credibilidad real de las reglas de juego.
Llevar este marco teórico a la realidad de la gestión económica liderada por Gabriel Oddone expone una preocupante disonancia.
Lejos de consolidar un escenario de estabilidad, las recientes decisiones fiscales evidencian un círculo vicioso donde el aumento tributario, lejos de corregir los desequilibrios estructurales, profundiza la incertidumbre, castiga el ingreso permanente de la ciudadanía y alimenta un déficit crónico sostenido por mayor endeudamiento.
El error de cálculo y la falacia del ingreso permanente
Uno de los flancos más criticados de la actual conducción económica radica en el reiterado incumplimiento de las metas de crecimiento proyectadas presupuestalmente, que lejos de corregir el incumplimiento, lo agravó con más gasto.
Un error de cálculo que, lejos de ser amortiguado con prudencia fiscal, se extiende peligrosamente hacia la próxima Rendición de Cuentas, y crece, crece.
Desde la óptica de Robert E. Hall, cuando un gobierno yerra sistemáticamente en sus proyecciones macroeconómicas y recurre a aumentos tributarios para tapar baches presupuestales, genera lo que en teoría se denomina un shock de información negativa.
Las familias y las empresas perciben que el Estado carece de un ancla fiscal creíble en un tope de deuda nacional.
Ante la certeza de que el ingreso futuro es incierto y que la voracidad fiscal se incrementará mañana para financiar ineficiencias de hoy, los agentes económicos contraen su consumo discrecional y postergan la inversión.
La pretensión de compensar la caída de la actividad o los desvíos de caja mediante incrementos de impuestos ignora la premisa halliana: exprimir a los contribuyentes cuando el ingreso permanente se encuentra bajo presión destruye el incentivo al ahorro y desacelera aún más el producto interno bruto.
El aumento del gasto en contra de la realidad
La paradoja más agónica de la política económica actual del ministro “liberal de izquierda”, es el persistente incremento del gasto público a contracorriente del incumplimiento de las metas de crecimiento.
“No existe un mandato político para un recorte drástico del gasto público”, Gabriel Oddone.
Y no solamente no recortó el gasto público impúdico, sino que lo acrecentó.
Y lo morigeró: “No hay recursos suficientes para expansiones ilimitadas de gasto, y las restricciones obligan a administrar con rigor las cuentas públicas, equilibrando demandas sociales con la viabilidad fiscal”.
Igualmente concurrió al “Diálogo Social” y adhirió a la confiscación por el Estado del ahorro de los trabajadores en las AFAPs para la jubilación.
Dinero que ya gastó en financiar la deuda pública, como se lo advirtió posteriormente el mercado, que lo convocó al realismo ampliado, permitiendo a las AFAPs que inviertan en el exterior.
En cualquier modelo económico fundamentado en la microeconomía de la estabilización, un desvío a la baja en el crecimiento del producto exige una contención proporcional del gasto para preservar la solvencia del Estado.
Sin embargo, persistir en la expansión del gasto mientras los ingresos reales se desmoronan frente a lo presupuestado destruye la confianza intertemporal.
Bajo el enfoque de la equivalencia ricardiana y los postulados de Hall, los ciudadanos y los mercados financieros saben perfectamente que el gasto corriente desfinanciado no es un «estímulo», sino una factura impaga que se trasladará al futuro en forma de más impuestos o mayor inflación.
El resultado directo de esta asimetría es la pérdida de certidumbre institucional.
El refugio del endeudamiento: Una hipoteca sobre las expectativas
Al no cumplirse las proyecciones de crecimiento y persistir la rigidez al alza del gasto, el bache fiscal se maquilla inevitablemente con una herramienta: el crecimiento del endeudamiento público. Además del impuesto inconstitucional de la inflación que quita poder adquisitivo presente y futuro.
Para la teoría de las expectativas racionales, endeudarse para sostener desequilibrios corrientes sin reformas estructurales creíbles equivale a dispararse en el pie.
Los inversores nacionales e internacionales evalúan el riesgo país no por los discursos ministeriales, sino por la consistencia entre la trayectoria de la deuda y la capacidad real de generación de riqueza de la economía.
Cuando el endeudamiento crece porque las proyecciones presupuestales fracasan y el gasto no se ajusta, el riesgo de un futuro ajuste forzoso (el famoso «colapso de expectativas») se dispara.
La política económica de Gabriel Oddone enfrenta hoy el escrutinio severo de la realidad económica.
La insistencia en exprimir fiscalmente a una economía que no crece, sumada a la incapacidad de ordenar el gasto y a una inercia de endeudamiento creciente, demuestra que se están ignorando las lecciones más elementales de la ciencia económica moderna, recientemente laureadas en la figura de Robert E. Hall.
Mientras las proyecciones presupuestales sigan siendo sistemáticamente erróneas y se intente gobernar a base de parches tributarios y sorpresas fiscales, la certidumbre —ese bien público invisible pero indispensable para que la economía respire— seguirá ausente.
Sin credibilidad en las reglas macroeconómicas, no hay Rendición de Cuentas que alcance para disimular un rumbo extraviado.
Y peor aún, cuando se reconoce el rojo mal calculado, y se insiste en aumentar el gasto en lugar de ordenar las prioridades por el interés público general; no el político.
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