La amplificación de la inteligencia transforma la evolución consciente, propuesta por González Pecotche hace décadas, en un desafío estratégico para la civilización del siglo XXI.
La soberanía cognitiva: el próximo paso de la evolución humana
Por Santiago H. Pereira Testa
Durante milenios, el progreso humano consistió en ampliar nuestra capacidad para transformar el mundo.
La piedra, la agricultura, la escritura, la imprenta, la ciencia, la revolución industrial, la informática e Internet expandieron sucesivamente nuestro poder sobre la realidad.
Todas esas herramientas tenían una característica común: actuaban principalmente sobre el mundo exterior.
La inteligencia artificial introduce una diferencia inédita.
Por primera vez, la humanidad ha desarrollado herramientas capaces de colaborar directamente con los procesos mediante los cuales pensamos, aprendemos, analizamos información, organizamos conocimientos y producimos nuevas ideas.
No estamos simplemente frente a una nueva revolución tecnológica.
Estamos frente a la primera gran tecnología destinada a amplificar la propia inteligencia humana.
Y ese hecho cambia el eje de la discusión.
Durante siglos nos preguntamos cómo construir mejores instituciones, mejores tecnologías y mejores formas de organización social.
Hoy comienza a resultar igualmente importante preguntarnos qué clase de inteligencia será la encargada de utilizar ese nuevo poder.
Las instituciones siguen siendo indispensables, pero poseen un límite que ninguna reforma puede superar.
Una ley puede prohibir el fraude, pero no crear honestidad.
Una universidad puede transmitir conocimientos, pero no garantizar comprensión.
Una empresa puede definir objetivos, pero no producir responsabilidad.
Las instituciones crean condiciones.
Las personas determinan los resultados.
Mientras el cambio histórico avanzaba lentamente, esa diferencia podía compensarse con el tiempo.
Hoy la aceleración científica y tecnológica supera crecientemente la velocidad con que evolucionan nuestras estructuras educativas, políticas y culturales.
Sin embargo, el problema no es la tecnología.
La historia demuestra que las grandes crisis aparecen cuando el poder disponible crece más rápido que la capacidad humana para orientarlo responsablemente.
La energía permitió construir ciudades y fabricar bombas.
La biología produjo vacunas y armas biológicas.
La física abrió el camino hacia la energía nuclear y hacia la destrucción nuclear.
La herramienta nunca decide.
Siempre decide quien la utiliza.
La inteligencia artificial lleva esta realidad a un nivel completamente nuevo porque amplía directamente nuestras capacidades cognitivas.
A partir de ahora, el recurso verdaderamente escaso dejará de ser el conocimiento.
Comenzará a ser el discernimiento.
Vivimos, además, una paradoja inédita.
Nunca existió tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan difícil comprender.
Durante siglos el problema consistía en acceder al conocimiento.
Hoy consiste en distinguir lo esencial de lo accesorio, integrar perspectivas dispersas y construir criterio propio.
La abundancia de información no garantiza comprensión.
Incluso puede dificultarla.
Por eso la educación del siglo XXI ya no podrá limitarse a transmitir contenidos.
Deberá formar personas capaces de formular mejores preguntas, evaluar evidencias, establecer relaciones, integrar conocimientos y desarrollar juicio independiente.
Pensar dejará de significar simplemente producir respuestas.
Significará orientar inteligentemente la enorme capacidad de respuesta que proporcionarán las nuevas herramientas.
Esta transformación conduce inevitablemente a una cuestión todavía más profunda.
El ser humano no sólo piensa.
También puede observar sus propios pensamientos.
Puede advertir un prejuicio antes de actuar.
Puede reconocer una emoción antes de dejarse dominar por ella.
Puede revisar críticamente las ideas que surgen en su propia mente.
Ninguna inteligencia artificial puede realizar ese trabajo interior.
Puede ofrecer información.
Puede detectar patrones.
Puede proponer hipótesis.
Puede colaborar con el análisis.
Pero no puede sustituir el proceso mediante el cual una persona comprende, juzga y decide.
Precisamente aquí conviene recordar una idea formulada muchas décadas antes de la aparición de la inteligencia artificial.
Carlos Bernardo González Pecotche, creador de la Logosofía, sostuvo que el ser humano podía participar conscientemente en su propia evolución mediante el conocimiento de sí mismo y la observación deliberada de su vida mental.
Durante mucho tiempo aquella propuesta pudo interpretarse como una reflexión filosófica sobre el desarrollo individual.
Hoy adquiere una dimensión completamente distinta.
La inteligencia artificial no crea la evolución consciente.
La convierte, por primera vez en la historia, en una necesidad estratégica para la civilización.
Cuando las herramientas comienzan a amplificar directamente la inteligencia humana, el desarrollo consciente deja de ser únicamente una aspiración personal.
Comienza a transformarse en una condición necesaria para gobernar responsablemente un poder cognitivo sin precedentes.
De esa nueva realidad surge el concepto de soberanía cognitiva.
La soberanía cognitiva no significa pensar aislados ni rechazar la colaboración con otras personas o con sistemas de inteligencia artificial.
Tampoco significa desconfiar sistemáticamente de toda influencia externa.
Significa conservar el gobierno consciente sobre nuestros procesos de comprensión, juicio y decisión mientras interactuamos permanentemente con inteligencias humanas y artificiales.
Su fundamento no reside en saber más.
Reside en comprender mejor.
Una persona cognitivamente soberana puede equivocarse.
Pero procura que sus conclusiones sean el resultado de un proceso consciente de observación, análisis y reflexión, y no simplemente de la repetición, la presión social o la delegación automática del pensamiento.
Esta capacidad, que durante siglos perteneció principalmente al terreno de la filosofía, comienza a convertirse en una necesidad práctica.
Cada vez más decisiones estarán mediadas por algoritmos, asistentes inteligentes y sistemas capaces de recomendar, seleccionar e interpretar información.
Cuanto mayor sea esa capacidad de asistencia, mayor será el valor de quienes conserven la facultad de examinar críticamente aquello que reciben.
La inteligencia artificial no elimina la responsabilidad humana.
La incrementa.
Toda amplificación aumenta la importancia de aquello que amplifica.
Si amplifica comprensión, multiplicará comprensión.
Si amplifica prejuicios, multiplicará prejuicios.
Si amplifica discernimiento, fortalecerá la inteligencia colectiva.
Si amplifica la confusión, acelerará también sus consecuencias.
Por eso el desafío decisivo del siglo XXI ya no consiste únicamente en desarrollar tecnologías más sofisticadas.
Consiste en desarrollar seres humanos capaces de gobernarlas con mayor lucidez.
Tal vez el próximo gran paso de la evolución humana ya no dependa exclusivamente de nuevos descubrimientos científicos.
Dependa, sobre todo, de nuestra capacidad para desarrollarnos al mismo ritmo que el poder que hemos puesto en nuestras propias manos.
Si esa transformación llega a producirse, la inteligencia artificial no será recordada únicamente como una revolución tecnológica.
Será recordada como el acontecimiento que obligó a la humanidad a descubrir que el territorio más importante que aún quedaba por explorar no era el espacio, ni la materia, ni la información.
Era la propia conciencia humana.
Tal vez la inteligencia artificial no inaugure simplemente la era de las máquinas inteligentes.
Tal vez inaugure la era en que la humanidad comprenda que su principal responsabilidad ya no consiste en crear más inteligencia, sino en desarrollar la conciencia necesaria para gobernarla.
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