El fin de los imperios no trajo orden, sino nacionalismos inestables y tensiones étnicas que aún persisten
La Primera Guerra Mundial fue un enfrentamiento entre imperios y no una guerra ideológica entre imperialistas y antimperialistas.
Los imperios vencidos fortalecieron a los vencedores.
Así, mientras en 1913 el Imperio Británico tenía en 611 millones de súbditos y cubría una extensión de 28,5 millones de km2, pasó a tener en 1920 entre territorios anexados y protectorados pasó a 639 millones de súbditos y 34,45 millones de km2.
De las ruinas imperiales surgieron regímenes nacionalistas
Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania se separaron del Imperio Ruso.
Y del Imperio Austríaco: Checoslovaquia, Austria, Hungría y Yugoslavia.
Las fronteras de los nuevos estados fueron creadas siguiendo consideraciones estratégicas.
No se tuvieron en cuenta aspectos étnicos ni culturales.
Por eso los nuevos estados contenían numerosas minorías disidentes.
Los serbios habían luchado contra los croatas y los eslovenos.
Los vencedores de la contienda bélica entendieron conveniente crear el «Reino de los serbios, los croatas y los eslovenos.
La intención era construir un estado tapón que actuara como barrera contra rusos y alemanes.
Como el rey de esa organización política era de la dinastía serbia, el tono del gobierno estaba fuertemente inclinado hacia esa etnia.
Y el orden lo mantenía la policía serbia.
Después de todo, los serbios se contaban entre los vencedores.
El Rey Alejandro permitió cierta autonomía a los croatas, hasta que en 1929 declaró una dictadura real y cambió el nombre del estado por Yugoslavia, con la consiguiente discriminación serbia hacia las otras etnias.
La nueva situación extremó el ya estricto control policial, que limitaba la libertad de prensa, de expresión y de reunión.
En 1934, Alejandro fue asesinado en una visita a Francia, por un nacionalista búlgaro al que no eran ajenos los croatas ni Hungría ni Italia.
Lo sucedió el príncipe Pedro que concedió a los croatas, para gran furor de los serbios, una considerable autonomía en lo que dio en llamarse Banovina (provincia) de Croacia.
Según el historiador australiano Glen St John Barclay, en la Banovina coexistían 850.000 serbios (ortodoxos), 150.000 musulmanes y 3.500.000 croatas (católicos).
Estos últimos tenían cuentas pendientes con los serbios y los discriminaron como había sucedido a la inversa antes de 1939.
De acuerdo con Barclay el explosivo auge del nacionalismo, que surgió con el reparto de Versalles se catalizó, cuando el presidente Wilson declaró que cada nación debía tener su propio estado.
Pero la realidad era que los estados formados para los derrotados eran multirraciales.
Veamos el caso del Imperio Otomano, que aplicaba una práctica conocida como «millet».
Consistía en conceder autonomía religiosa a las diferentes confesiones.
Así, cristianos ortodoxos, armenios y judíos tenían su propio millet.
Allí, la autoridad era ejercida por el líder religioso de la comunidad, quien respondía frente al sultán.
Esto abarcaba asuntos legales, educativos y por supuesto, religiosos.
No se les aplicaba la sharía.
Debían, eso sí, lealtad al sultán y pagar determinados impuestos adicionales.
Si bien los miembros de los millets no tenían el estatus de los musulmanes, se les entendía «protegidos».
Esto permitía a los sultanes administrar una numerosa población con un mínimo de intervención y además, lo que era más importante y novedoso, promovía una coexistencia pacífica.
La organización no era geográfica, sino confesional.
Los millets no tenían un territorio propio, sino que se distribuían entre la población.
Y eso, ¡funcionaba!
Simplemente bastaba decir a las autoridades con qué millet se sentía identificado cada uno.
El Imperio Otomano poseía un grado de tolerancia nada frecuente para la época.
Esos tres millets mencionados no eran los únicos, sino los más numerosos
El siglo XIX fue agregando otros.
Hacia 1907 el censo reunía unas veinte categorías de millets, incluyendo entre otros: valacos, cosacos, búlgaros y yazidíes.
El historiador japones Mayasuki Ueno, en cambio, no tiene una idea tan idílica del tratamiento de este tema.
Según Ueno, los otomanos permitieron cierta libertad religiosa, para evitar ser vistos como negadores de los derechos históricos de los no musulmanes.
Los británicos se proclamaban protectores de los cristianos, y su opresión les daba excusa para intervenir en la interna otomana.
Tal vez no fuera el paraíso, pero los no musulmanes lo pasarían mucho peor.
Nota – La imagen coloreada por IA representa una reunión de no musulmanes en el Imperio Otomano
Versalles rediseña el mapa sin criterio cultural
Estados nuevos nacen con conflictos internos
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Comprender el orden global exige mirar cómo se construyó desde sus errores.
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