Children’s comic book in a library with a concealed cartridge beneath the table.

José Mujica y el cómic de un gran destructor

La transformación del prontuario político en fábula infantil como estrategia de hegemonía cultural y amnesia histórica.

EL CÓMIC DE UN GRAN DESTRUCTOR
El mejor alumno de Gramsci
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano

La amnesia de diseño: Cuando el relato infantil enmascara el olor a plomo quemado.
Hay una ingeniería de la anestesia cívica que opera con la precisión de un relojero suizo y la paciencia de un tejedor de sotana.
No se contenta con la conquista de los claustros universitarios ni con la colonización de los ministerios; ambiciona algo más íntimo, más quirúrgico: la tutela de la inocencia.
En la interminable guerra cultural que Antonio Gramsci diseñó como paso previo a la ocupación del poder sin violencia explícita —esa paciente demolición de los cimientos morales y republicanos desde las superestructuras—, el último y más preciado trofeo es la mente del niño.
Para lograrlo, la factoría del relato oficial ha perfeccionado un género tan sutil como falaz: la literatura infantil de adoctrinamiento biográfico.
Bajo la coartada de la ternura, del «abuelo bueno» y de la épica romántica de la fogata y el poncho, se construye un artefacto de ocultamiento masivo.
Se nos presenta un universo de fábula donde la violencia homicida, el asalto a instituciones democráticas, el secuestro y la extorsión son borrados del mapa de la memoria como por ensalmo.
En su lugar, aparece el mito edulcorado, el relato purificado que esconde meticulosamente la realidad del plomo, la pólvora y el terrorismo urbano.
Y hasta del gobierno que enterró al país dilapidando el dinero público, tal como lo señaló el sucesor presidencial, del propio partido de izquierda del personaje “apapachado”.

La metamorfosis del prontuario en fábula
Tomemos cualquier producto de esta factoría de la ingenuidad guiada.
El mecanismo es siempre el mismo: se toma una biografía manchada por la clandestinidad armada, por las cárceles del pueblo, por el asesinato de un peón rural como Pascasio Báez o por el estrangulamiento institucional de la República, y se la somete a un baño lustral de cartón piedra.
Los asaltos bancarios para financiar la subversión antirrepublicana se convierten, en el relato para infantes, en simples travesuras de Robin Hood que robaba para tomar el poder.
La ocupación violenta, como aquella infausta jornada en Pando que dejó un saldo trágico de sangre uruguaya inocente, costo marginal, se desdibujan hasta parecer excursiones escolares un tanto desorganizadas.
Las ejecuciones selectivas y el plan sistemático de aniquilación de adversarios, la extorsión postsecuestro, se omiten con la misma naturalidad con que se oculta el delincuente debajo de la cama.
No es un olvido casual; es una amnesia de diseño.
El objetivo gramsciano por excelencia no es buscar la verdad histórica, sino esculpir el sentido común de las nuevas generaciones.
Si al niño se le enseña desde la cuna a venerar al victimario como si fuera un prócer de la sencillez hogareña, cuando sea ciudadano será incapaz de discernir entre la ley que lo protege y la patota, entre el estado de derecho y la prepotencia armada.
Se vacía el lenguaje de contenido penal y se lo llena de una afectividad tramposa.
Frente a esta edulcoración sistemática resuena con absoluta vigencia la lúcida descripción del expresidente Jorge Batlle, quien definió con precisión quirúrgica que Mujica «es un destructor, un vil y peligroso destructor» que no construye nada y cuya vida se ha especializado en arrasar cuanto toca.
Batlle recordaba cómo esa pulsión destructiva operó primero intentando derribar las instituciones por las armas —reconociendo el propio fracaso de la revolución armada que desencadenó indirectamente la dictadura— para luego continuar socavando los hábitos de conducta social, el decoro republicano, el idioma mediante el uso sistemático de expresiones soeces para degradar la comunicación, y la confianza pública en la autoridad con la permanente contradicción de su discurso.
Esa profunda distorsión de la verdad es la que hoy se intenta inocular, con barniz de cuento infantil, en el espíritu de los más jóvenes.
Este método de ingeniería mental infantil no es una ocurrencia bucólica de la ribera oriental; forma parte de un manual de adoctrinamiento continental perfectamente estandarizado.
Es exactamente el mismo recurso que se despliega en el norte caribeño con aquel esperpento propagandístico conocido como las aventuras de “Superbigote”, la historieta diseñada para convertir al dictador Nicolás Maduro en un superhéroe justiciero y caricaturizar la realidad del hambre, la represión y el colapso institucional.
Allá es el monigote con capa y superpoderes que enfrenta villanos imperiales imaginarios para ocultar las mazmorras reales de El Helicoide; aquí es el muñequito del abuelito bonachón y austero que toma mate en una chacra mal habida, despojado de todo prontuario subversivo, de la pólvora y de la sangre derramada en los años sesenta.
Cambian las latitudes y los disfraces estéticos, pero la matriz totalitaria es idéntica: reemplazar la historia real por el cómic de bronce, transformar al victimario en héroe de matiné y secuestrar el criterio de las nuevas generaciones mediante la anestesia de la historieta militante.
La hegemonía del disfraz.
Ese blanqueamiento sistemático de la violencia es la victoria póstuma de la estrategia insurreccional.
Cuando las armas de fuego fracasaron en el terreno militar de los años sesenta y setenta, la mutación cultural tomó el relevo.
Ya no se trataba de copar comisarías con fusiles robados, sino de copar las bibliotecas infantiles con moralejas donde el revolucionario fracasado reencarna en una entrañable mascota cívica.
Se esconde el prontuario porque exhibirlo desnudo espantaría a cualquier espíritu con un mínimo resto de decencia republicana.
Por eso se lo disfraza de literatura.
Se cambia el amor por “la 45” por la acuarela y la extorsión y el secuestro por la poesía barata de la austeridad impostada.
Para comprender con rigor absoluto la arquitectura de este fenómeno cultural y político, es indispensable desglosarlo a través de los conceptos que explican su profunda eficacia operativa:
La “Batalla Cultural” y la “Hegemonía” salieron de los esfínteres mentales de un comunista, que luego de ver la masacre de Stalin, desde la cárcel a la que lo introdujo otro compañero socialista, luego fascista, il Duce Benito Mussolini.
Antonio Gramsci redactó en hojillas de fumar la estrategia metódica orientada a conquistar los valores, el lenguaje y el sentido común de una sociedad desde las superestructuras culturales y educativas, consolidando un dominio ideológico previo a la toma o ejercicio del poder político.
El proceso de mistificación y hagiografía, deliberado, de despojar a una figura pública de su complejidad histórica y de sus actos criminales o violentos para erigirla como un prócer incuestionable, exento de cualquier crítica y blindado por una leyenda dorada.
El eufemismo y la construcción narrativa alterando sistemáticamente del léxico oficial, sustituyendo términos jurídicos rigurosos por etiquetas edulcoradas (como calificar de «preso político» a quien delinquió bajo un régimen democrático o de «época oscura» al período de subversión armada) para alterar la carga moral y legal de los hechos.
Todo en procura de una socialización política temprana: la introducción calculada de mensajes ideológicos en los estadios formativos de la infancia con el propósito de condicionar las percepciones cívicas futuras, logrando la normalización y validación de conductas al margen del Estado de Derecho.
Frente a esta ofensiva sutil que pretende inocular en los más chicos la naturalización del delito político convertido en leyenda dorada, la única trinchera que va quedando en pie es la lucidez crítica.
Desmontar la fábula, arrancar el velo hagiográfico y mostrarles a las nuevas generaciones que la libertad no se defiende aplaudiendo a los violentos de ayer, sino honrando el imperio inexorable de la ley y el respeto sagrado al prójimo.
Lo demás es, sencillamente, el cuento gramsciano del buenismo ideológico, para ocultar el destino final de los pueblos engañados: la esclavitud.

Amnesia histórica de diseño
Hegemonía cultural infantil
Blanqueamiento de la violencia

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