La interpelación parlamentaria expone el costo de diseñar un presupuesto con números inflados y la paradoja de una oposición que debe rescatar al ministro de sus propios correligionarios.
EL MINISTRO EN SU LABERINTO
Una interpelación de la oposición para evitar males mayores
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
No hay espectáculo más patético en la política que el de un tecnócrata acorralado intentando disfrazar de «error de cálculo» lo que a todas luces fue una estafa electoral planificada.
La izquierda uruguaya, devuelta al poder por una carambola de anomalías que el tiempo pondrá en su justo lugar de decadencia, ha decidido elevar la impostura a la categoría de ciencia económica.
Ahora, atrapados entre el abismo de la deuda real y el tsunami de mentiras que repartieron alegremente en campaña, ensayan una defensa cínica: nos dicen que un presupuesto es apenas una «estimación siempre perfectible», cuando se previó un crecimiento mentiroso sobre el que ya se gastó.
Vaya forma elegante de confesar que le mintieron en la cara a la ciudadanía para ganar una elección.
El reciente episodio parlamentario no fue una interpelación común.
Tradicionalmente, estas instancias buscan exponer los errores de un secretario de Estado para exigir su censura.
Esta vez asistimos a una paradoja tragicómica: la oposición tuvo que llamar al ministro de Economía no para derribarlo, sino para ofrecerle un salvavidas de sensatez; una oportunidad para que, de una vez por todas, confesara el estado ruinoso de las finanzas públicas tras haber diseñado un presupuesto con la ligereza de quien dibuja números en una servilleta.
Por tanto, las “locas pasiones de gastar y gastar” de sus correligionarios que lo presionan frente a un castigo estadístico de la opinión pública, son imposibles de atender.
La obscena ligereza del voluntarismo
Todo nace de un pecado original e imperdonable.
Diseñaron un cálculo de crecimiento tan artificial, tan groseramente inflado, que solo servía para un propósito: habilitar al Poder Ejecutivo a gastar de manera licenciosa y complacer las ventanillas de su clientela política.
Prometieron el oro y el moro a sabiendas de que las arcas no resistían y no había margen de aumentar la presión fiscal.
Y hoy, cuando la música se apaga, cuando la matemática elemental exige el inevitable recorte, el ministro se encuentra de frente contra sus propias huestes que le exigen cumplir el “programa”.
Esos sectores radicalizados, ciegos ante cualquier asomo de realismo económico, que no dudan en movilizar el aparato sindical para terminar de vaciar una caja fiscal que ya solo contiene telarañas.
Lo que quedó expuesto en el Parlamento es de una gravedad institucional severa.
Se dilapidó la oportunidad de gobernar con seriedad, postergando la inversión pública estructural —aquella que verdaderamente permite al sector productivo competir y hacer crecer toda la economía—.
Una vez más, la prodigalidad estatista hunde al propio Estado, dejándolo incapaz de generar recursos genuinos.
Prometieron con la certeza impune de que, si las cosas salían mal, el relato siempre encontraría un eufemismo técnico para justificarse.
Su plan siempre fue el mismo: esquilmar un poco más a los únicos que sostienen la economía, los que producen y trabajan en libertad, mientras ellos se lavan las manos argumentando que las proyecciones fallaron por «factores exógenos».
Entre el abismo y el relato incumplible
El ministro habita hoy su propio laberinto, tironeado por una izquierda desquiciada que parece dispuesta a dinamitar el grado inversor con tal de no pagar el costo político de su propia frustración.
Perder esa confianza internacional significaría quedar a la intemperie, sin los casi 7.000 millones de dólares anuales que los mercados nos prestan bajo el supuesto de que somos un país serio, no una república bananera que gasta lo que no tiene.
Ante este panorama, la conclusión del jerarca fue tan triste como cobarde: achicar el Estado es imposible; dejaría a la intemperie a una cantidad de compatriotas.
Lo dice quien se postula como el protector artificial de los más débiles, pero que en los hechos actúa como el guardián de una maquinaria devoradora de recursos.
En cualquier país con lógica y decoro parlamentario, semejante confesión de parte habría ameritado una moción de censura fulminante.
Hablamos de uno de los pocos técnicos en un gobierno de diletantes, que prefirió la comodidad del cargo y le siguió la corriente a una campaña irresponsable que repitió hasta el cansancio que los recursos estaban y que no había que aumentar impuestos.
Esa ficción duró lo que un suspiro.
Apenas asumido el nuevo equipo económico, Gabriel Oddone tuvo que salir a desmentir el libreto de campaña, enviando a su subsecretario a explicarle a la interna frenteamplista la verdad más amarga: el proyecto de la izquierda, tal como se vendió en los comités, es sencillamente incumplible.
No era «perfectible», ministro; era una flagrante falsedad.
La trampa de la verdad rehén
La situación deviene en una ironía trágica para la República. La oposición se ve obligada a interpelar al ministro para forzarlo a decir la verdad, para que admita que el rey está desnudo.
Pero, al mismo tiempo, la oposición no puede censurarlo.
El remedio sería infinitamente peor que la enfermedad: removerlo implicaría abrirle la puerta a un dogmático radical, a un emisor de consignas prefabricadas que no dude en sostener que lo político-electoral está por encima de las leyes de la gravedad y de la propia realidad.
El ministro sigue atrapado en su laberinto de números falsos y promesas rotas.
Su coartada de la «estimación perfectible» es el monumento al cinismo de una gestión que prefiere ajustar la realidad a sus dogmas antes que admitir que gobierna a base de mentiras.
De NO VOY A AUMENTAR IMPUESTOS a una camioneta mal habida; de un presupuesto falseado, a se permite gastar lo que no se va a dejar crear.
Presupuesto y gasto.
La paradoja parlamentaria.
El grado inversor.
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