El conflicto institucional ya no enfrenta únicamente proyectos políticos, sino una creciente tensión entre la legitimidad democrática y actores corporativos que buscan condicionar las decisiones del Estado.
LA REPUBLICA FRENTE AL ASEDIO
El rencor como motor de la inercia de otra frustración
Por el Dr. Nelson Jorge Mosco Castellano
La historia de nuestra nación no se escribe con arrebatos, sino con la pausada y firme construcción de una convivencia civilizada.
Sin embargo, observo con profunda inquietud que, en el presente, nuestra capacidad de avanzar se encuentra asediada por un fenómeno insidioso.
No me refiero a la legítima discrepancia política, que es el oxígeno de la democracia, sino al asedio de un corporativismo que confunde su interés sectorial con el interés nacional.
Esta dirigencia gremial, instalada en una endogamia ideológica que le impide mirar más allá de sus propios dogmas, pretende, en un acto que roza, otra vez, el avasallamiento institucional, cogobernar al margen de la soberanía popular.
Lo que observamos hoy en el PIT-CNT (lo que debiera ser una central sindical de trabajadores) es una amargura que permea toda su retórica, una ponzoña ideológica frustrada que no descansa, pese a tantos intentos totalitarios fracasados.
Esta dirigencia, eternizada en sus sillones, vive obsesionada con un pasado que se niega a enterrar. Un pasado de enfrentamiento visceral que inundó desde fuera a una sociedad integrada.
Su problema no es solo la ineficiencia, ni siquiera su ceguera ante la tecnología; es un rencor venenoso y persistente contra las Fuerzas Armadas. Paradójico, porque fueron las que rescataron las instituciones democráticas de su propio intento de avasallamiento, que ha permitido que la izquierda gobierne.
Para estos sectores, las instituciones militares representan el recordatorio vivo de su derrota histórica. No les perdonan que hayan sido, en su momento, el dique de contención que impidió que su proyecto de transformación radical avasallara definitivamente el Estado, para convertirnos en una sociedad comunista bajo su propia égida dictatorial.
Ese rencor no es solo un recuerdo, es una brújula política.
Al no haber podido imponer su modelo por la fuerza de las armas hace décadas, hoy intentan imponerlo mediante la extorsión institucional y el bloqueo al desarrollo.
Sienten que tienen el derecho moral de co-gobernar, de torcer las decisiones del gobierno que los representa ideológicamente, comportándose como una aristocracia proletaria que busca vetar cualquier reforma que escape a su control.
Cuando se cuestiona la necesidad de modernizar, de incorporar herramientas de control del destino del dinero que el Estado le arrebata al trabajador, o adecuar el gasto público para que la dependencia de especuladores y prestamistas bajen su peso específico en las cuentas públicas, la respuesta negativa expone una resistencia feroz.
No es una lucha por el trabajador; y mucho menos por incorporar a los desempleados pauperizados que sus propuestas multiplican, es el miedo a que la luz de la transparencia exponga su verdadera naturaleza.
Tienen miedo a que un sistema objetivo y auditable demuestre con números lo que el ciudadano intuye con su bolsillo: que la estructura que ellos defienden se nutre de la opacidad y de una gestión pública que, lejos de ser accidental, parece diseñada para proteger privilegios sectoriales en contra de la gran mayoría de los uruguayos.
Establecen así una discriminación hiriente: existe el afiliado militante, el protegido del sistema, el candidato a un cargo político regimentado, y luego, existe el resto de los uruguayos, a quienes se les impone un aumento de la carga impositiva y una gestión ineficiente, deficitaria del Estado sin voz ni voto.
El co-gobierno que pretenden ejercer es, en esencia, una distorsión absoluta de nuestra arquitectura democrática.
Impone por diversas formas de violencia un «o haces lo que yo digo, o te paralizo el país».
Esa es la «democracia» que nos ofrecen: una donde ellos son árbitros, jugadores y los dueños de la cancha y la pelota.
Estamos atrapados en un fundamentalismo institucionalmente patológico.
Mientras el mundo avanza, nuestra dirigencia sindical quiere devolvernos a un modelo de corporativismo donde la decisión política discrecional, sea con el gobierno propio o ajeno, prevalece sobre la eficiencia técnica, sobre el sentido común y hasta el interés general del pequeño emprendedor, que no deja de ser un multiplicador de empleo.
El uruguayo promedio, el que emprende y trabaja, sabe que esto no puede seguir así.
La decadencia es, en gran medida, el resultado de haber sido tibios frente a estos poderes fácticos que, invocando al trabajador, terminan por ser sus verdugos, condenándolo a un Uruguay que no crece porque no puede respirar bajo el corsé que ellos mismos le han ajustado.
El cambio será, inevitablemente, un choque.
No habrá reforma sin fricción, porque nadie entrega el poder irracional voluntariamente.
Pero el camino es claro: la desarticulación por imposición democrática y control de esos centros de poder que creen que el Estado es un botín para su militancia y no una herramienta al servicio de todos.
Debemos recuperar la noción de que la República es de todos y que nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a secuestrar la voluntad de la mayoría para satisfacer un rencor acumulado o una agenda fundamentalista.
Es hora de una pedagogía política que explique, con absoluta franqueza, que la reforma en este cambio de época no es un ataque al trabajador, sino una reivindicación del ciudadano.
Debemos transformar la frustración en acción y el estancamiento en un movimiento hacia adelante.
Si logramos que la ciudadanía comprenda que la modernización institucional y la transparencia radical son las armas más poderosas contra el privilegio corporativo, habremos ganado la batalla por nuestro presente y el futuro de nuestra posteridad.
Porque, al final del día, el Uruguay que soñamos es uno donde el ciudadano —y no el burócrata ni el militante eternamente rentado— sea el protagonista de su propia historia.
No podemos permitir que el rencor de quienes no pudieron imponer su dictadura ayer, nos impida construir la libertad y la prosperidad de hoy.
Corporativismo y democracia
Poder sindical
Modernización institucional
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